Historia de la Mujer – Mujeres célebres de la Antigüedad III


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             El capítulo tercero de Mújeres Célebres de la Antigüedad obra del historiador Antonio Pirala fue publicado por la revista madrileña dedicada al publico femenino: El Correo de la Moda el 24 de Agosto de 1853 dentro de la Sección: Instrucción. Historia de la mujer. Lo repoducimos íntegro respetando la ortografía original.

 

MÚJERES CÉLEBRES DE LA ANTIGÜEDAD :  BERENICE Y CLEOPATRA

Fieles á nuestro propósito, proseguimos la grata tarea de reseñar las mujeres más notables que nos ofrece en todo la historia de los antiguos pueblos.

Muy celebrada por los poetas la reina Berenice, preciosos monumentos han transmitido su nombre, rodeado de gloria esplendente. Si aquellos han podido exagerar sus alabanzas, éstos son imparciales y elocuentes testigos de su genio. Y no se distinguió únicamente por su protección á las bellas artes; los juegos olímpicos de la Grecia la coronaron varis veces vencedora, y la mitología y astronomía han perpetuado su cariño conyugal.

Berenice tenia la mas hermosa cabellera que se conocia entre las mujeres de Egipto, y amaba tanto a su esposo, que cuando hizo una espedicion a Siria, se la ofreció á los dioses triunfante.

Volvió en efecto victorioso, y Berenice cortándose el pelo, lo depositó en el altar de Venus. Poco tiempo después desapareció esta ofrenda, é irritado el rey Ptolomeo Evergetes contra los sacerdotes a quienes estaba confiada la custodia del templo, queria hacerles morir. Entonces Conon, hábil astrónomo, se le presento y le dijo: <Señor, levanta los ojos al cielo y mira las siete estrellas cercanas á la cola de dragon: ellas forman la cabellera de Berenice, que los dioses han arrebatado del templo para colocarla allí como una constelación, conocida desde entonces con el nombre de cabellera de Berenice.

Treinta años antes de Jesucristo pasó á la posteridad una mujer extraordinaria, la artificiosa Cleopatra, llamada por Horacio fatal prodigio. Dicho se está con esta calificación, que no presentamos por modelo de virtud a esta mujer extraordinaria, pero la presentamos por modelo de grandeza y de talento. En medio de sus extravíos, la historia hace justicia á las altas cualidades de la reina mas célebre de Egipto. Grande, hasta en sus faltas, la mujer que cultivaba las letras y protegía las ciencias en medio de sus placeres y en el estruendo de los combates, que reedificó la famosa biblioteca de Alejandría, que hablaba fácilmente siete idiomas, y que desarmó con sus atractivos á Julio César y Antonio, haciéndoles sus esclavos, bien merece la demos un lugar en esta ligera revista de las mujeres mas notables. Han pasado diez y nueve siglos, y admira todavía el mundo el esplendor y fausto de Cleopatra.

Hija de Ptolomeo XI, subió al trono con su hermano, á los diez  y siete años. Esta comunión en el sólio fue causa de guerras memorables por la ambición del ayo del hermano de Cleopatra, que disputó á esta su parte de autoridad. Julio Cesar, en calidad de árbitro, y á nombre de Roma, tutora en aquel tiempo del Egipto, citó ante si a los dos hermanos, previniéndoles que nombrasen abogados que alegasen su derecho. Cleopatra se fió, mas que en la elocuencia de su defensor, en sus atractivos y talento, y tomó una resolucion atrevida. Dejó su ejército, y llegando en un esquife al pie del castillo de Alejandría, donde se hallase César, hizo que la envolviesen en un lío de telas, que logro introducir en el aposento del héroe de Farsalia. Cleopatra, sin tener aquella belleza estraordinaria y sorprendente que ha hecho por sí sola la celebridad de otras mujeres, poseia tantas gracias, tanto ingenio y encantos, que si hemos de creer a Plutarco y á otros escritores respetables de la antigüedad, era muy difícil sino imposible, resistir al imperio de sus hechizos. El vencedor de Pompeyo no supo libertarse de los artificios de aquella mujer admirable; y el mismo que, momentos antes pensaba tal vez en hacer del Egipto un pro-consulado mas del Imperio romano, el que podia considerarse ya como dueño de la mayor parte del mundo, se hizo en breves horas esclavo de su cautiva. En vano intentó la paz, dominado como estaba el hermano y esposo, según costumbre del pais, por su perceptor y ayo citado. Entonces se incendió la famosa biblioteca de Alejandría, á cuyo rico depósito del saber se comunicó el fuego de la escuadra Egipcia; entonces dio César un gran ejemplo de valor y de su amor á la historia. En el combate naval de Faros, destrozado su bajel, arrojóse armado al agua, y armado salió a la ribera. <Jamás, dice un historiador moderno, se halló en mayor peligro ni tuvo mayor serenidad de animo, porque al mismo tiempo que luchaba con una mano contra el agua, llevaba en la otra levantado en el aire el borrador de sus Comentarios.> Desplegando César sus grandes talentos militares, venció, y olvidando sus glorias, entregóse á los placeres y fiestas con que le retuvo la voluptuosa Cleopatra. Vencedor después del rey del Ponto, asoció en Roma á Cleopatra al culto de la divinidad, haciendo colocar su estatua al lado de la de Venus. Muerto por el puñal asesino Julio César, Casio, favorecido por Cleopatra, fue vencido por Marco Antonio, decidiéndose la suerte de la república. Citada por éste la reina para que se justificase, es muy curioso el medio que adoptó de sincerarse para que no le demos a conocer á nuestras lectoras.

Embarcóse con numerosa y brillante comitiva, y partió, no á presentarse como rea, sino a vencer a Antonio. La popa de su galera deslumbraba con el oro: eran de púrpura sus velas, y guarnecidos de plata los remos. Bajo un pabellón formado con telas y brocados de oro, Cleopatra, vestida como Venus, estaba rodeada de las mujeres mas hermosas de su córte con el traje de las Gracias y las Ninfas. El aire resonaba con melodiosos acentos, á cuya cadencia vogaban los remeros: el viento llevaba á larga distancia el suave olor de preciosos aromas. Todos los habitantes de Tarso, acudieron á ver este magnífico espectáculo, y adoraron á Cleopatra como á una deidad, quedándose solo Antonio. Invitóla á un banquete; contestóle que él debia visitarla; fue, y perdió su voluntad. La reina desplegaba en sus banquetes la mayor suntuosidad, y regalaba á los oficiales romanos los vasos de oro y de plata que adornaban las mesas. En vano pretendió rivalizar Antonio: Cleopatra se dejó decir que gastaria dos millones en un festin, y como el triunviro lo dudase, hizo disolver en vinagre una perla, valuada en un millón, y la bebió, impidiendo Antonio que repitiese la operación con otra igual, de peso de ochenta quilates, enviada después al Capitolio para el adorno de Venus. Marco Antonio, olvidó al lado de la reina sus deberes, y la sacrificó su gloria y los intereses del Imperio. Nunca el Egipto fue tan poderoso y opulento, merced á Antonio. Centro entonces de las riquezas del Asia y del Arica, y capital del Oriente Alejandría, todos los reyes y principes se postraban ante el esplendente trono de su reina, y la ofrecian tributos en cambio de las órdenes que se dignaba darles. Antonio era su primer esclavo: fascinado mas que cada vez por aquella mujer, olvidó á Roma, y ofreció a su amante el imperio del mundo. Octavio partió de la Ciudad a hacer entrar en razon á Antonio, y se trabó una lucha formidable, en que tomaron parte por uno ú otro todos los pueblos conocidos. La memorable batalla de Accio, que dio Antonio por complacer á Cleopatra, que tomó parte en ella, decidió la suerte de entrambos, dándose ambos la muerte. <Mi fin es dichoso, pues que muero en tus brazos,> la dijo Antonio, á pesar de haberle abandonado. Después de honrar con la grandeza con que todo lo hacia la memoria de Antonio, y de un festin espléndido con que obsequió á sus amigos, acostóse ricamente vestida y adornada, y haciéndose morder por un aspid, cuando fue Octavio á que sirviese de ornamento á su triunfo, se halló con un cadáver.

Una reina tan altiva no podia ser esclava de la altiva Roma.

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5 pensamientos en “Historia de la Mujer – Mujeres célebres de la Antigüedad III

  1. Me parece increible que alguien que se tiene por tan culto no sea capaz de escribir casi una frase sin alguna falta ortográfica.
    Deberíamos ser un tanto más considerados y respetuosos con nuestro tan hermoso extendido idioma rico en vocabulario y en reglas gramaticales.
    Agradeceria a la persona que ha “colgado” este artículo lo edite en Word y haga las correcciones pertinentes.
    Gracias de antemano por cuidar nuestros ojos.

    • En primer lugar indicarle que no suelo responder a los comentarios y que no suelo aprobar aquellos que no aportan nada al post que he insertado. Pero en este caso y dado que Vd. se ha permitido emitir juicios de valor que me afectan personalmente, debo indicarle que esto sólo debe hacerse cuando se tiene conocimiento y base para ello y Vd., desde luego no tiene: ni lo uno ni lo otro. En segundo lugar indicarle que desgraciadamente Antonio Pirala, político e historiador autor del artículo, falleció en 1903 y que, por tanto le es de todo punto imposible someter el mencionado texto a las correcciones de Word; y añadir que aunque viviera, en la actualidad, tampoco se lo recomendaría dados los desaguisados que esto puede producir. Finalmente indicarle que cuando se comenta un post, éste debe haberse leído, de esta forma se hubiera Vd. dado cuenta de que en su Introducción indico y hago hincapié en todos estos datos añadiendo que respeto la ortografía original; es decir me limito a transcribir el texto tal y como se publicó en la revista El Correo de la Moda en 1859; momento en el que se ajustaba a todas las convenciones ortográficas de la época. Por otro lado esto sucede en todos los post de este tipo que inserto en mi Web. Entendería que Vd. hubiera comentado que, en su opinión, le parece más correcta la publicación de este tipo de artículos una vez corregidos según las convenciones ortográficas actuales; pero como ya le digo esto es cuestión de opiniones.
      Un saludo.
      Virginia Seguí

seguicollar

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