GLORIA MELGAR (1859-1938). I. Por Virginia Seguí


LA INDUSTRIA EN ESPAÑA. PANORAMA GENERAL 

La situación industrial española a finales del siglo XVII puede calificarse de desoladora; por lo que no es de extrañar que la implantación de una industria moderna, capaz de producir artículos en cantidad y calidad suficientes para abastecer el consumo interno e incluso capaz de dedicar a la exportación los excedentes, fuera otra de las aspiraciones de los reformistas españoles; en este sentido la, ya citada creación, de la Junta General de Comercio, tuvo una finalidad clara: fomentar, proteger el comercio y a la industria española.

Pese a estos antecedentes reformistas, la realidad es: que quienes acometieron la tarea de revitalizar la industria española fueron los gobiernos de lo sucesivos monarcas de la dinastía borbónica que fieles a su filiación, al asumir el poder en España y plantearse soluciones para el problema español, no hicieron más que acometer medidas y reformas enraizadas con la tradicional política económica llevada a cabo por sus antepasados en Francia. Felipe V, el iniciador de la dinastía, a pesar de las dificultades que encontró para consolidar su posición, desde el principio de su gobierno tomó medidas en este sentido. A su Secretario: José del Campillo le debemos la implantación en España del tradicional sistema colbertiano.

Fernando VI y, en especial, Carlos III, profundizaron en el tema acometiendo la tarea con entusiasmo, influenciados, además, por las nuevas ideas fisiocráticas, smithianas y las teorías enciclopedistas.

Acordes con su condición de ilustrados los propios monarcas dieron ejemplo con su actuación personal y como jefes del Estado promulgaron leyes tendentes a favorecer la creación de un tipo de fábricas; capaces de producir en España, los productos que hasta entonces se venían importando de otros países. El origen francés del proceso y de las medidas adoptadas por los monarcas españoles está claro, coincidiendo en esta apreciación la práctica totalidad de los especialistas consultados.

El Estado toma la iniciativa al acometer de manera sistemática y planificada la implantación de este tipo de industrias o manufacturas, su intención era crear una infraestructura industrial básica; al hacerlo intentaba, también, en convertirse en ejemplo o modelo a seguir por los particulares; para que aquellos que tuvieran posibilidades inviertan involucrándose en el proceso. Los inversores debían tener capacidad de plantearse la siguiente cuestión: sí el Estado funda fábricas y éstas son rentables qué me impide imitar su ejemplo. Era un sistema de invitación a la participación, no explícito, con el que se pretendía modificar la mentalidad dominante del español de la época, que no veía con buenos ojos la realización de este tipo de actividades  consideradas indignas y que las miraba con desconfianza y desprecio.

Era necesaria una industria capaz de producir los artículos y productos que hasta ahora se habían importado y que desestabilizaban la balanza de pagos de la Hacienda española. Los Borbones aprovecharon las Instituciones ya existentes con competencias en el tema, reforzaron y potenciándolas e incluso ampliaron sus competencias, colocando al frente de ellas personajes de su total confianza; esto es lo que sucedió con la Junta de Comercio.

Por tanto, el proceso de fundación de fábricas o/y manufacturas subvencionadas por el Estado borbónico comenzó pronto y tuvo continuidad:

“La primera, fundada en 1718, era de tejidos de lana de estilo holandés y estaba en Guadalajara. Pronto se creó una sucursal cerca de Madrid, en el Real Sitio de San Fernando (trasladada a Brihuega en 1768). En las décadas siguientes se establecieron fábricas de tapices en Madrid, de espejos y cristal en San Ildefonso de la Granja, de sedas en Talavera de la Reina. Carlos III llegó a España de Nápoles acompañado de artesanos italianos para establecer una fábrica de porcelanas que instaló en el Buen Retiro. También construyó una segunda fábrica de paños de alta calidad en Segovia. Otras manufacturas reales, diseminadas por el país, fabricaban papel, cerámica, espadas y  medias.”

Continuaron las fundaciones tanto estatales como de algunos particulares que siguieron su ejemplo, y en 1785 existía en España un tejido industrial esperanzador; no obstante, el proceso no estuvo exento de dificultades ya que esta nueva política de modernización y renovación sistemática, del comercio y la industria, que llevaron a cabo los sucesivos gobiernos borbónicos chocaba, como ya se ha apuntado, con el tradicional papel desempeñado por los Gremios; que controlaban este tipo de actividades en cada una de las ciudades, monopolizando prácticamente todo el sistema productivo. A pesar de que en un principio Felipe V era proclive a la actuación gremial y favoreció, incluso, sus actuaciones, finalmente el enfrentamiento fue inevitable ya que los Gremios no estaban dispuestos a perder su poder y estaba claro el mantenimiento de su estructura y funcionamiento no era compatible con la nueva sociedad que se estaba formando y su actitud, hacia la política económica del gobierno y la implantación de las nuevas fábricas por él promovidas, fue obstruccionista,

Los Gremios, en estas fechas, habían alcanzado un gran desarrollo y sus competencias no se circunscribían sólo a las actividades productivas sino también de control en la distribución y comercialización de los productos. Tenían capacidad, a través de sus ordenanzas, de dictar normas de obligado cumplimento, que impedían a los ciudadanos el libre desarrollo de actividades artesanales, artísticas y comerciales. Por tanto, los responsables de los sucesivos gobiernos borbónicos, también, deberán afrontar la tarea de desmontar este sistema de poder que los Gremios, a lo largo de los años, habían logrado imponer; no hay que olvidar sus fuertes vinculaciones con los poderes eclesiásticos circunstancia que agravaba aún más la situación. 

Desde las más altas instancias del Estado se llegó, incluso, a pedir su  total supresión, medida que, por su radicalidad, requirió tiempo y constancia. Los Gremios, aunque, con cada vez mayores dificultades, consiguieron mantenerse y, durante bastante tiempo actuaron, de forma paralela o simultánea a las acciones gubernamentales; simultaneidad que provocará conflictos de competencia y que será la causante de la ineficacia de muchas de las acciones tomadas por ambos.

Los Gremios no desaprovecharon la nueva normativa que emanaba del Estado tendente a facilitar y fomentar la creación de todo tipo de industrias, sino que intentaron aprovecharla al máximo, en un intento mantener sus parcelas de poder intactas, por tanto, también fundaron fábricas de artículos de lujo en diversas ciudades españolas.

El proceso, a pesar de los intentos por parte de Estado y de algunos particulares que se unieron al mismo, no consiguió sus objetivos plenamente; si bien, sí se puede hablar de un aumento en el número de fábricas en toda la geografía española, la realidad es que este aumento no significó su modernización, al no ir acompañado de una modificación de los conceptos básicos de la producción industrial de artículos, al seguirse usando para ello los sistemas tradicionales. Aumenta la cantidad de lo producido pero esto se debe, básicamente, al crecimiento general de la actividad industrial: “Las fábricas, de hecho, tanto las debidas a la iniciativa privada como las de fundación regia, no suponían una transformación de las técnicas al uso ni de los procedimientos de producción“.

La verdadera modernización de la industria española, tardará en realizarse y deberá pasar por una transformación más profunda de las mentalidades.

Desgraciadamente las escasas mejoras conseguidas mediante este proceso no se mantienen durante el XIX. La invasión del territorio español por el ejército francés, tenía entre sus múltiples objetivos: la destrucción del tejido industrial español, y puede decirse que éste, básicamente, se cumplió; como consecuencia de ello, una vez finalizada la guerra, el proceso de industrialización debió reiniciarse partiendo, nuevamente, prácticamente de cero.

Por otro lado la finalización de la Guerra de la Independencia no significó la estabilidad del país, lo que habría propiciado la reanudación de las actividades industriales o comerciales sino que el país se sumió en una serie situaciones prebélicas o en muchos casos claramente bélicas; debido por un lado a las pretensiones del infante Carlos María Isidro al trono a la muerte de Fernando VII y por otro a los intentos de los liberales españoles de conseguir el poder político, por lo que puede decirse que a mediados del siglo XIX industrialmente hablando, España se encontraba en una situación aún peor que la conseguida a finales del siglo anterior.

Tanto el Estado como las Instituciones, sobre todo las más involucradas en estos temas, eran conscientes del problema; y aunque cabría esperar una evolución de las mentalidades la verdad es que los planteamientos que encontramos, respecto a ellos, no difieren mucho de los postulados ilustrados vigentes ya en el s. XVIII, teniendo que esperar por lo menos hasta mediados de siglo para  ver algún cambio sustancial.

La importancia de la industria española y sus sistemas de producción interesan para nuestro estudio por varias cuestiones; primero la incidencia que todo este tipo de industrias tuvo en el trabajo femenino; segundo por las tareas formativas, en general, y más concretamente de educación artística que se acometen en las propias fábricas en un intento de instruir a sus operarios, no sólo como trabajadores sino también como ciudadanos, lo que hoy día se denominaría formación integral, esta cuestión se  abordaba como básica y necesaria para conseguir buenos resultados en términos de producción, y vincula claramente el arte y la industria.

Estudiamos la obra de una artista que realiza su producción sobre porcelana, aunque ella lo haga de forma individual, nos parece coherente interesarnos por cuestiones como: ¿Se realizaba en España de forma individual o en establecimientos fabriles el tipo de obra que ella realizaba? ¿Existía tradición en España de trabajar sobre este tipo de soporte?, etc., todo ello nos dará unos conocimientos básicos y necesarios  para acometer el análisis de su obra con criterios comparativos reales.

Centrándonos en el panorama renovador, de esta primera etapa, en lo que podríamos denominar “industrias artísticas” debemos comenzar citando ésta se inicia con la creación de las Reales Fábricas; a la iniciativa de Felipe V debemos el establecimiento de la Real  Fábrica de Tapices de Santa Bárbara y La Real Fábrica de Vidrio de San Ildefonso de la Granja, Carlos III fundó La Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro, Fernando VII  la Real Fábrica de la Florida que pretendía emular a la del Buen Retiro que había sido destruida durante la Guerra de la Independencia.

Las expectativas reales de convertirse en ejemplos a seguir, no se cumplió y dentro de la categoría de fábricas creadas por iniciativa particular los ejemplos son escasos, no obstante, hay algunas excepciones como es el caso del Conde de Aranda quien fundó, siguiendo la iniciativa real, en Alcora, localidad alicantina, una fábrica de porcelanas que puede ser considerado el mejor ejemplo dentro de esta categoría.

Podríamos citar más manufacturas o fábricas, el Anexo I contiene un mapa que las  recoge, prácticamente, en su totalidad. Nosotros nos centraremos en las dos que nos interesan al realizar una producción del mismo tipo que la de nuestra artista: La Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro y la Manufactura creada en Alcora por el Conde de Aranda. En ellas vamos a centrarnos estudiando algunos datos, básicos, sobre su fundación, funcionamiento y producción.

BIBLIOGRAFÍA

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López Torijo, Manuel. Educación y Sociedad en la Valencia Ilustrada.Ed. Nau Llibres. Valencia.  1986

Pitarch, A. José y De Dalmases Balañá, Nuria. Arte e Industria en España, 1774-1907. Ed. Blume. Barcelona. 1982

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