Historia de la Mujer – LAS CELTAS Y LAS ELEAS


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      En esta sección nuevamente un artículo del historiador Antonio Pirala publicado en el número 21 de fecha 8 de junio de 1853 de la revista El Correo de la Moda, como continuación de sus textos destinados a la educación de la mujer.
LAS CELTAS – LAS ELEAS

Continuando la historia de la Mujer, esa magnífica epopeya de la humanidad, hojeando las antiguas crónicas, los libros de los más célebres escritores, hallamos en Plutarco, ese sublime historiador del hombre, que tan bien ha sabido pintarnos hasta los sentimientos más recónditos del corazon, escelentes paginas consagradas á las Celtas, heroinas de la paz, como las Argivas lo fueron de la guerra.

El nombre de Celtas era una denominación tan general, que casi comprendia á los habitantes de todo el continente europeo, y con el cual el griego Eforo, que fué el inventor, ni tuvo ni pudo tener alguna consideración al origen y las lenguas de los pueblos, cuya existencia le era desconocida. Esta denominación, llegó á ser con el tiempo un hombre genérico, bajo el cual se comprendian los otros pueblos del mismo continente á mediada que se les conocia.

Los hombres de una región céltica, cuando mas necesitaban armonizar entre si, porque se aprestaban á pasar los nevados Alpes para internarse en Italia, se destrozaban crudamente por asuntos domésticos, estando tan escitadas sus pasiones, que les dividieron en partidos. Aumentando su furor, se hacia inminente la guerra civil, esa calamidad de los pueblos, infortunio de la humanidad.

Armáronse los vecinos, los amigos, los parientes, los hermanos, los padres, los hijos, unos contra otros, mirándose todos como encarnizados enemigos. Prontos estaban para la pelea: solo se aguardaba la señal para blandir el arma homicida y derramar con ella la sangre de un objeto querido, quizá la del mismo autor de la vida del asesino, que así olvidaba sus deberes por atender á sus pasiones bárbaras, inhumanas, á esos impulsos del orgullo y de la vanidad que ciegan al hombre, que le hacen renegar de su especie, y adulterar la bondadosa magnificencia de su ser.

Cuando tal era el estado de aquellos hombres, comprende la mujer su mision. Sin tener la debilidad de participar de las pasiones de aquellos á quienes estaban sometidas, sienten en su mente una inspiración sublime, en su alma la resolución de un hecho grande, en su corazon el heroísmo del sacrificio, al que se prestan si los hombres desoian sus ruegos  les ofendia su mediación; y en el momento en que uno y otro bando iban á chocarse, y se iban á abrir alli millares de sepulturas, conquistando el vencedor una corona sangrienta, cuyas manchas rojas nunca se limpian, y un duelo eterno, se presentaban en el campo sus mujeres, y á fuerza de súplicas, lágrimas y caricias aplacan el furor de los guerreros, les hacen deponer las armas y reconciliarse.

¡Magnífico cuadro, que quisieramos ver colocado en el sitio más público de cada pueblo!

Hé aquí a la mujer ejerciendo su verdadera misión; hé aquí á unas mujeres que se presentan en medio de un campo de guerreros enemigos en el momento de ir á destrozarse; y sin llevar otras armas que las invencibles que la naturaleza ha dado á la mujer, sin emplear mas que súplicas elocuentes, lágrimas sinceras y caricias bondadosas, atraen al corazon de aquellos ásperos guerreros los nobles sentimiento de la generosidad, de la amistad; y los que iban á matarse, se abrazan.

¡Lástima que la historia no nos trasmitiese las palabras de aquellas Celtas, aquellos ruegos elocuentes, porque nacian del íntimo sentimiento que abrigaba un corazon; porque cuando el corazon siente, sabe la boca espresarse!

Súplicas, lágrimas y caricias: hé aquí un magnífico discurso, en el que se encierran todas las reglas oratorias. Las súplicas son el magnífico exordio que prepara el ánimo; las lágrimas, la proposicion que conmueve, y las caricias, el epílogo que decide, que consigue la mocion de afectos.

Los Celtas conocieron la trascendencia que tendría su encono, y reanudaron sus amistades; no olvidando en medio de su gozo á quienes debian tanto bien. Al restituirse al seno de sus familias, llevan á las mujeres en triunfo.

Desde entonces fue costumbre entre los Celtas, que siempre que deliberaban sobre algun importante asunto referente á la paz ó á la guerra, asistian sus mujeres al concurso, y cuando se suscitaba entre vecinos diferencia, se dirimia también según el parecer de las suyas.

No podia reconocerse mejor su prudencia, su juicio, su discreción. Pero aun fueron mas allá: en un pacto que los Celtas hicieron con Anibal, se lee este artículo famoso:

“Si algun Celta se quejase de haber recibido injuria de algun cartagineses, sean jueces los magistrados de Cartago, ó los generales que estuvieren en España; pero si algun cartagines recibiese de los Celtas alguna manera de daño, JUZGUÉNSELO LAS MUJERES DE LOS CELTAS”

Este articulo nos presenta un rayo de luz para descubrir que el heroísmo de los Celtas tuvo lugar en España, en la antigua Celtiberia.

Y no era solo en este punto donde la mujer era tan dignamente considerada. Los cartagineses y los galos hicieron un tratado, por el cual sometian sus diferencias á la decisión de las mujeres.

Los Eleos, creyéndose ultrajador por los Pisanos, y habiendo pedido en vano satisfacción al tirano de Pisa, convinieron con los habitantes de esta ciudad en dejar la decisión á diez y seis mujeres nombradas por cada una de las diez y seis ciudades.

El éxito no pudo ser mas plausible: de sus resultas se establecieron un colegio especial de mujeres para presidir los Juegos Eleos y adjudicar el premio al mas digno.

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