GLORIA MELGAR (1859-1938). XI. Por Virginia Segui


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La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Su fundación tiene una finalidad clara: crear un órgano facultativo del que puedan emanar directrices en los diferentes aspectos del arte, lo que significa, a la vez, un control del arte y de los artistas. Asumiendo tareas educativas en aulas abiertas para formar artistas, algunos de ellos se convertirán en la élite; dada la capacidad limitada de sus aulas y por tanto la imposibilidad de impartir directamente educación artística a todos y cada uno de los ciudadanos que lo solicite, será necesaria la existencia de escuelas provinciales, que colaboren en la educación artística de la juventud,;en ellas se formaran los jóvenes de la zona, seleccionado entre ellos los que tengan mejores cualidades para la práctica de las Bellas Artes, que serán premiados con una pensión que les permitirá ampliar estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, o incluso en el extranjero, Roma o París.

Los orígenes de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se relacionan  con <la restauración y el desarrollo de las Bellas Artes y se afirma que fue establecida para fomentarlas y devolverles la lozanía y galanura de sus mejores días>, el interés por crear este tipo de establecimientos desde el momento en que los Borbones ocupan el trono español es evidente y forma parte de la lucha que se establece, desde el propio gobierno, en contra la estructura gremial; era necesario crear  un órgano facultativo del que pudieran emanar directrices en los diferentes aspectos del arte lo que, a la larga, significaría obtener el control del arte y de los artistas. Parece que, al principio, había otros asuntos más importantes que atender que impidieron su creación, pero era una aspiración que compartían gobernantes y artistas ilustrados.

En el ánimo del arquitecto Juan de Villanueva  estuvo el pensamiento de fundar este tipo de establecimiento en Madrid en un intento de reanimar el desaliento que existía en las Artes, las Letras, la Industria y el Comercio. El sistema mediante el que se pretendía reanimar la Pintura y la Escultura no era otro que crear una institución que organice la enseñanza artística. Superado el proceso bélico, otro artista, el miniaturista Francisco Antonio Menéndez, se interesará también por esta empresa y en 1726 expone al gobierno la necesidad de que Madrid, a semejanza de otras ciudades importantes como Roma, Florencia o París; cuente con un establecimiento que facilite a los ciudadanos una sólida enseñanza artística de la que hasta ahora carecen. No obstante todavía no había llegado el momento oportuno de fundarla, seguía habiendo asuntos más urgentes que atender. El escultor Juan Domingo Olivieri retomó el tema y supo aprovechar momentos de mayor desahogo económico consiguiendo del gobierno la creación de una Junta preparatoria precursora de la Academia, poco después se aprobaban los estatutos y el sistema de enseñanza. La enseñanza artística comienza ya en estos momentos, desde la propia Junta. 

Aunque al parecer los primeros estatutos tienen deficiencias, ya que sus creadores no dejan claras las competencias y organización de la Academia y la escuela dependiente de ésta, lo que provoca cierta confusión. Las escuelas que se organizan parecen más privadas que públicas, los profesores aún no asumían las características especiales que requería la enseñanza desde una Academia de Bellas Artes.

En los primeros momentos las dificultades económicas impidieron que las enseñanzas tuvieran la extensión que hubiera sido deseable dada la categoría del establecimiento. A pesar de que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se crea en 1752, las enseñanzas se establecen con anterioridad, pues hay constancia de que en 1745 ya se impartían clases y de que en julio del mismo año se obtuvo, para establecer sus dependencias, la Real Casa de la Panadería. En estos nuevos locales se replantearon las clases que se consideraron necesarias distribuyéndolas como mejor permitió el edificio. Las enseñanzas que se impartían estaban incompletas, faltando asignaturas importantes; también, había dificultades con los modelos e instrumentos necesarios, libros de texto, etc. Y los estudios de Arquitectura no estaban, todavía, bien definidos. Todo esto se achaca a:

“Escasa la experiencia, y nunca destinados los profesores á la enseñanza elemental como un establecimiento público la requiere, tampoco se ordenaron los cursos académicos de la manera más oportuna, y aun las clases abiertas al público se limitaron á una tentativa emprendida sino con desaliento, á lo menos sin toda la resolución que pudiera asegurar su buen éxito”.

Respecto a las enseñanzas artísticas impartidas por la Academia hasta la reforma del Plan de Estudios de 1819, cabría decir que eran bastante limitadas, reduciéndose casi exclusivamente al aprendizaje del dibujo del cuerpo humano, las técnicas de pintura y escultura seguían aprendiéndose en el taller del maestro, en cierta manera esto supone todavía, la pervivencia del antiguo sistema gremial. Los estudios se estructuran en niveles, sin periodicidad determinada.

Se comenzaba el aprendizaje por la Sala de Principios, ésta a su vez estaba dividida en otras: Principios y Extremos, ésta era a la que se entraba cuando se comenzaban los estudios con muy poca preparación, debido a esto, estaba muy masificada; cuando el profesor creía que el alumno había adquirido la madurez suficiente en el tema, pasaba a la sala siguiente: la Sala de Cabezas, donde volvía a comenzar el proceso, finalmente se pasaba a la Sala de Figuras. La enseñanza en estas clases estaba impartida por los Tenientes Directores y ayudantes nombrados al efecto.

El enfrentamiento con el natural no llegaba hasta que el alumno no accedía la Sala del Yeso, en ella habría que enfrentarse a la propia interpretación de la realidad, sin traducciones intermedias.

La Sala del Natural era el máximo nivel a que se podía llegar, y lo hacía un número muy escaso de alumnos, el tiempo de permanencia en ella podía ser de varios años, estaba dirigida por los Directores. Los alumnos copiaban del natural: modelos varones vivos.

Durante el siglo XVIII, la docencia artística estuvo basada en: “[…] muchos y buenos modelos de las estatuas antiguas; libros de los autores más clásicos, que derechamente tratan y dan reglas de nuestras artes; maestros que enseñen estas reglas, y premios para animar a la Juventud.”

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando  no tenía capacidad para asumir las enseñanzas artísticas a nivel estatal, por lo tanto era necesaria algún tipo de organización que supliera esta deficiencia, de este modo se habían ido creando, en las diferentes provincias, muchas de estas escuelas artísticas en su mayoría por iniciativa de las diferentes Sociedades Económicas de Amigos del País, esto determinará que, en cierta manera, vayan desarrollándose y creciendo de manera desigual, sin criterios comunes, cada una en la medida de sus posibilidades y necesidades; varias de ellas llegarán a tener pretensiones de convertirse también en Reales Academias, algunas lo conseguirán, entrando así en competencia con la de San Fernando. La de San Fernando procurará asegurarse su preeminencia y salvaguardar sus intereses restringiendo, lo más posible, estas pretensiones y a principios del siglo XIX, conseguirá que se tomen medidas, mediante la publicación de la normativa correspondiente, para controlar la proliferación de este tipo de iniciativas y evitar que la situación se repita.

Una Real Orden 31 de enero de 1816, determinará la dependencia de las Escuelas de dibujo provinciales de la Real Academia de San Fernando, en abril del mismo año se creará una comisión que presidida por el Duque del Parque, estudiará las condiciones que deben cumplir las escuelas de dibujo provinciales de nueva creación. Esta Comisión emite un informe contestando a varias preguntas formuladas por una de las Juntas Ordinarias de la Academia. Establece; primero que, mientras que las Escuelas de Nobles Artes que aspiren a Academias no demuestren sus adelantamientos y tengan dotación suficiente para mantener las obligaciones que esto conlleva, no debe haber más Academias que las cuatro existentes, de: Madrid, Valencia, Zaragoza y Valladolid.

El segundo punto establece que las nuevas escuelas de Dibujo deben depender directamente de las Sociedades respectivas, según la R. Orden de 31 de enero de 1816, pues así quedará asegurado que su establecimiento se hará en los pueblos y lugares que más convenga a la industria además de ser más permanentes que si erigen por subscripciones arbitrarias o a cargo de particulares reunidos accidentalmente como sucede con el caso de Logroño. Se asegurará, también, así las buenas relaciones entre las Escuelas y la Academia, lo que redundará en su buen funcionamiento, ya que habrá consenso en cuanto a planes de estudio, profesorado, dotaciones, etc. Para la parte artística las Reales Sociedades, cuando tengan asignados al menos 20 reales anuales, deben dirigirse a la Real Academia de San Fernando, para que ésta les asista en lo necesario. Determinando que la asistencia de la Academia no puede, por su naturaleza, extenderse más que a la parte facultativa: prescribiendo el método de estudios, aprobando los dibujos y modelos de la escuela, proporcionando los mejores profesores, examinando los estatutos o reglamentos con que hayan de gobernarse, etc.; pero no le incumbe mezclarse en el señalamiento de arbitrios ni cuestiones de orden económico.

De esta manera la Academia de San Fernando consigue una situación de preponderancia respecto al resto de Academias y Escuelas, controlando el nivel de enseñanza artística que en ellas se imparte.

Y como ya hemos visto establece en sus propios locales las enseñanzas artísticas, con dos objetivos básicos, las enseñanzas van encaminadas en dos sentidos, por un lado se trata de seleccionar, de entre los jóvenes asistentes a las diferentes clases, a los mejor dotados para la práctica artística, a estos se les ira premiando, concediendo pensiones para que estudien en el extranjero, etc., una vez perfectamente formados en sus disciplinas se les nombrará académicos y asumirán también labores docentes y serán la élite artística del país. Pero a las aulas de la Academia también asistían una serie de jóvenes cuya intención era, mas modesta, se trataba de conseguir una formación artística que les permita desempeñar un oficio o profesión ya fuera individualmente o mediante la incorporación a las distintas fábricas que se estaban fundando.

La Academia había organizado, en principio, todas las enseñanzas en los locales de la Real Academia de Bellas, existiendo horarios nocturnos que favorecían  la asistencia, a ellas, de los artesanos y aprendices. Se tiene constancia de que en un momento dado, a principios del s. XIX, comienzan  a surgir problemas con estas clases ya que, al parecer, había altercados entre los jóvenes, tanto en las aulas y patios de la propia Academia como en las calles adyacentes; un informe de Pedro Franco establece una de las causas de estos incidentes es el horario de clases, ello obliga a estudiar el asunto, la comisión encargada del caso establece la necesidad 1º) de modificar los horarios, impartiéndose desde entonces por la mañana; y 2º) de trasladar las escuelas a otros locales, ampliando, además,  su número de manera que <repartidos por diferentes parages de Madrid> solucionen la acumulación de jóvenes alumnos en un mismo lugar

El principal problema que se plantea es de orden económico, pues la Academia no posee los fondos necesarios para sufragar los gastos que el establecimiento de estas escuelas supondría. Finalmente el Infante D. Carlos se ofrece a sufragar de su bolsillo los gastos de una de ellas, concretamente las que se establecería en el antiguo convento de la Merced y la Academia correrá con los gastos de la que se situará en la calle Fuencarral. Al mismo tiempo que se trasladan las clases de ubicación se modifican los horarios, poniéndolos a partir de ahora desde las 6 a las 8 de la mañana, horario adecuado a los calores del verano, que permitirá acudir a los jóvenes a sus trabajos si los tuvieren y evitará altercados.

Los locales que se habilitan como escuela de las Nobles artes en la calle Fuencarral no se abren hasta febrero de 1818, el anuncio que se hizo público informando del comienzo de las clases es del 17 de diciembre de 1817, y esta redactado en los siguientes términos:

“La Rl. Academia de Sn. Fernando abre al publico es estudio de la calle Fuencarral desde el dia 2 de enero del año proximo. No solo se daran en el desde las 11 á  la 1 del dia y en las dos primeras horas de la noche, las lecciones y estudio de la aritmetica y geometria de dibujantes, los principios de dibujo hasta la figura, la Perspectiva y el Adorno, sino tambien en las noches la geometria practica para los artesanos. Ademas de la enseñanza del adorno a los discipulos matriculados, tan util para la perfeccion de todas las artes y oficios, habrá una Coleccion de Estampas y Diseños de buen gusto para que los maestros plateros, ceramistas y demas que deseen o necesiten tomar algunas ideas o modelos para las obras que tengan que executar, puedan concurrir a verlas, examinarlas y tomas sus apuntes á fin de que la industria nacional consiga por este medio toda la perfeccion de que es capaz cuando va dirigida por el estudio de las nobles artes” Fdo. Martin Fernz. De Navarrete.”

Un escrito de Custodio Moreno de noviembre de 1818 da cuenta a Martín Fernández de Navarrete  de que se han matriculado para el próximo curso un total de 864 discípulos repartidos entre los diferentes turnos de día y noche.

El mismo legajo contiene los contratos de inquilinato y las cuentas de pago de las rentas anuales, hasta julio de 1824. Aunque desde 1823 ante las continuas rebajas que está sufriendo la asignación general de la Academia, ésta se ve en la necesidad buscar soluciones que le permitan mantener abiertas las escuelas, por ello entra en conversaciones con el Ayuntamiento Constitucional solicitando que éste sufrague los gastos de profesorado e inquilinato de las mismas, además de los locales de La Merced, Fuencarral y otros, que dedicados a la litografía, se han establecido en la calle del Turco. También se menciona en este oficio de 22 de julio de 1823  el de  Fuencarral incluye ambos sexos, existiendo dos ayudantas, y dos vigilantes.

En principio estas enseñanzas comprendían las tres Nobles Artes; respecto a las enseñanzas del grabado sabemos que, al parecer, la Real Academia de San Fernando asume pronto la necesidad de su difusión y pese a que, sus primeros estatutos no lo mencionan, desde su fundación, el 12 de abril de 1752, se nombra Director de Grabado en Dulce a Juan Bernabé Palomino, quien, al parecer, impartía las clases en su propio taller; Palomino desempeñó el cargo hasta 1777. La enseñanza de este arte en las aulas de la Academia fue complicada por la falta de espacio, según se desprende del informe que en 1753 emitió y presentó al Rey la Junta de la Academia:

“[… ] <era evidente la necesidad de promover el estudio de este Arte> para la que ya existían los profesores, <pero que no pudiéndose practicar las lecciones de Grabado en las horas de la noche, en las cuales franquea la Academia las de las tres Artes, solicitaba se establecieran seis plazas, cada una dotada con 150 ducados anuales, ya que eran <muchos los pobres y jóvenes que por necesitar adquirir con el trabajo del día su alimento, no pueden aplicarse a estudiar la del grabado>.”

Las enseñanzas del grabado no estuvieron incluidas hasta los estatutos de 1757, en ellos ya se contempla la existencia dos Directores encargados de su enseñanza, se deduce también que sus clases estaban establecidas en los locales de la Academia, pues los estatutos indican que estos dos Directores deberán encargarse también de: “[…] cuidar de que los alumnos asistan todas las noches a los estudios de la Academia, y que presenten a fin de cada mes obras ó labores en que se exerciten informando a la Junta Ordinaria del adelantamiento, atraso o inaplicación que notaran en sus discípulos […].”

A los premios ya existentes de las disciplinas que se impartían se añaden ahora las pensiones de los estudios de Grabado y pronto se verá la necesidad de crear un premio extraordinario de grabado para equipararlo al estudio de las tres Nobles Artes.

En 1777, a la muerte de Palomino, Manuel Salvador Carmona, antiguo alumno y pensionado en París es nombrado Director de Grabado. En una carta a, de 1778, dirigida a Antonio Ponz explica sus métodos de enseñanza; el proceso tiene tres fases fundamentales, la primera de ellas es el aprendizaje de la técnica del dibujo, cuando esta fase esta completada y se dibuja con soltura se considera que el alumno esta preparado para pasar a la segunda fase que consiste en: copiar las obras de grabadores destacados como: Edelinck, Drevet, Nanteuil, Audran y Mason. La creación propia o tercera fase llegará cuando se domine la copia  de los maestros a la perfección. Aconseja también a los alumnos el uso de manuales especializados, citando expresamente el de A Bosse, traducido al español en 1761 por Manuel Rueda.

Cuando Bernardo de Iriarte fue nombrado Viceprotector de la Academia en marzo de 1792, se produce una reorganización de los estudios generales y Manuel Salvador Carmona redacta un informe solicitando, a la Academia, la necesidad de exponer en una sala de la Institución obras maestras del grabado, de manera que los principiantes puedan ver buenos modelos, además de reiterar la necesidad de que los alumnos estudien con el manual traducido por Rueda.

No obstante, hay constancia de que a principios de siglo, ni los profesores ni los alumnos de grabado están conformes con la enseñanza que, de esta disciplina, se imparte en la Academia; al menos, esto es lo que pone de manifiesto un informe que, sobre el tema, emite el Marqués de Espeja, en 1803, en el que podemos leer:

“Los profesores han tomado la costumbre de formar a sus alumnos en sus talleres. La Academia no estaba al corriente de la evolución de esta disciplina, no veía otro remedio a esta situación que una vigilancia más estrecha ejercida por los consejeros, tanto sobre los discípulos como sobre los profesores.”

El 25 de noviembre de 1844 se aprueba el Plan de Enseñanza de las Bellas Artes, mediante este plan se crea la Escuela de Bellas Artes y, supondrá para la Academia el comienzo de la pérdida del control de las enseñanzas artísticas, ya que, en poco tiempo, quedara desligada del control Académico. Para estas fechas, mediados del siglo XIX, el Gobierno de la nación no quiere que otros organicen ninguna parcela de la educación, y dicta las normas necesarias para incorporar la enseñanza de las Bellas Artes a los Planes de Estudio generales, de esta manera, podrá asumir competencias directas sobre estas enseñanzas. A partir de ahora el profesorado de la Academia será nombrado por el Gobierno: “Todos los profesores de las artes serán nombrados por el Gobierno a propuesta de la Academia. La gracia e los honores y graduación de director no daran opción alguna a las plazas de la enseñanza, conservándose sólo los derechos adquiridos”

Los estatutos de 1846 contemplan todavía el control, que sobre la Escuela de Bellas Artes, mantiene la Academia además de reservarse el derecho de elegir a los directores de las enseñanzas; el grabado quedará incluido en la sección de pintura.

El Real decreto de 28 de agosto de 1850 que reforma el plan de estudio, contiene lugar un cambio de denominación de la Escuela de Bellas Artes que desde ahora pasará a llamarse Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado y la dependencia administrativa y académica del Ministerio de Instrucción Pública consumándose el desmenbramiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En 1854 se está planteando, también, las enseñanzas artísticas para niñas, hay varios académicos que no encuentran que éstas tengan mucho sentido, ya que son pocas las que asisten a ellas y piensan que la finalidad para la que fueron creadas no ha sido lograda; en este sentido envían un informe al Ministerio de Instrucción Pública, proponiendo que dada la escasa rentabilidad que tienen estas enseñanzas se sustituyan por nuevas enseñanzas de grabado. El Ministerio asumirá la petición, y con fecha 12 de diciembre de 1854 Luis Ferrant, comunica a la Academia que la reina se ha conformado con la situación y ha tenido a bien crear tres nuevas clases de grabado: al acero, en hueco y en madera. Así pues, los avances en la enseñanza del grabado ira en detrimento de las enseñanzas artísticas de la mujer.

Las enseñanzas de la escuela sobre grabado iban dirigidas, básicamente, al aprendizaje del grabado de reproducción, su situación era, según algunos documentos, precaria; aunque por parte del Ministerio de Instrucción Pública se intenta revitalizar, por un lado iniciando la publicación de algunas ediciones librescas de calidad que excitaran a los artistas en la creación de grabados y, por otro, con la creación en 1854 de dos nuevas clases de grabado que modernizaran los métodos e innovaran las enseñanzas; se trata de la clase de grabado en acero y la de grabado en madera. Esta última nunca llegará funcionar, ya que el concurso para cubrir las plazas de profesor quedó desierto y después no se volvió a conseguir dotación económica para ella.

La ley de Instrucción Pública de 1857 (Ley Moyano) afecta a la Escuela que fue desde ahora denominada: Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado dependiendo totalmente de la Universidad, publicándose un nuevo Reglamento provisional aprobado el 7 de octubre, así como el Reglamento definitivo que será de 9 de octubre de 1861.

Esta Escuela Superior de Pintura. Escultura y Grabado, será la futura Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid.

Respecto a la Arquitectura, había conseguido autonomía propia, sus enseñanzas mantendrán una dura pugna con la ingeniería, la polémica que se suscita en este siglo entre estas dos disciplinas, y la relación que dicha dicotomía tiene con la arquitectura moderna es un tema tratado por todos los estudiosos del tema.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Rabasf. Legajo. 25-3/1; Legajo 40-5/2; Legajo 22-12/1

Bedat, C. L’Academie des Beaux-Arts de Madrid, 1744-1808. Contribution à l’étude des influences stylistiques et de la mentalité artistique de l’Espagne du XVIIIe siècle. Toulouse. 1974

Caveda. José. Memorias para la Historia de la Real Academia de San Fernando y de las Bellas Artes en España. Imprenta Manuel Tello. Madrid. 1867

Contento Márquez, Rafael. “La formación del buen gusto. La enseñanza artística en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando” (s. XIII). En AA.VV. La formación del Buen Gusto. Facultad de BB AA de la Universidad Complutense de Madrid. Catalogo de la Exposición, 13-31 mayo. Madrid. 1996

Carrete Parrondo, Juan. La enseñanza del grabado calcográfico en Madrid. Ed. Urbis. Madrid. 1980

Estatutos de la Real Academia de San Fernando. Madrid. 1757

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