Historia de la Mujer – HELENA DE TROYA

helenastuck.jpgraptohelenagavin.jpghelenamurallastroyamoreau.jpghelenarossetti.jpgamoresparishelenadavid.jpghelenafatinlatour.jpg

        En esta sección un nuevo artítulo del periodista e historiador Antonio Pirala, dedicado a Helena de Troya, y publicado en la Revista <El Correo de la Moda> el 24 de junio de 1853, dentro del apartado: Historia de la Mujer. Instrucción. Se mantiene la ortografía original.

 Elena  

La celebridad de esta mujer es grande por su hermosura y por la guerra de que fue causa.

Sus gracias y los dones con que la enriqueció la Providencia, fueron una calamidad para el mundo.

No ha dado la fábula existencia á esta princesa de la Grecia. No por esto juzgamos exacta en todas sus partes la magnifica epopeya de Homero, cierta en su fondo.

Hija de Tyndaro, rey de Esparta, comenzó á ser admirada desde su niñez por su extraordinaria hermosura. Antes de la edad nubil, fue robada y conducida á Atenas por el famoso Teseo. Restituida, no fue obstáculo su impureza para que casi todos los príncipes griegos pretendiesen su mano. En tal conflicto aconsejado su padre por el prudente Ulises, y á fin de prevenir la violencia de un nuevo raptor, convocó á todos los pretendientes al templo de Minerva, y les obligó, bajo un solemne juramento, no solo á conformarse con la eleccion que hiciese Elena, sino á defenderla, y á su esposo, cualquiera que intentase ofenderles. Todos los príncipes lo juraron, y quedó elegido Menelao, hermano del rey de Micenas, Agamenon, casado con otra hija de Tyndaro, la terrible Clitemnestra. Tres ó cuatro años hacia que Menelao disfrutaba pacíficamente de la posesion de Elena y del gobierno de Lacedemonia, por muerte de Tyndaro, cuando arribó Páris, y le hospedó. Acompañado ó no de Eneas (porque no es esto tan verídico como la realidad de Elena) asi que vió el príncipe troyano aquel prodigio de hermosura[1], enamoróse ciegamente; y tanta debió ser su persuasiva, ó tan poco firme la fé conyugal de aquella reina, que á poco se fugaron juntos, llevándose las principales riquezas de Menelao.

Según los anales egipcios, dignos de crédito, no llegó Páris á Troya, contrariado por los vientos que le arrojaron á las costas de Egipto. Inmediato existia un templo consagrado á Hércules, con la inmunidad de libertar á los esclavos que le visitasen. Instruidos de esta circunstancia los esclavos de Páris, se acogieron, y acusaron á su señor. Conducido, y Elena, á Menfis, á presencia del rey: <Si no considerase, le dijo éste, como mi primer deber, el no dar muerte á estranjero alguno de los que se ven obligados por los vientos a arribar a mi reino, vengaria en tí, ¡oh el mas malvado de los hombres! la injuria que has hecho á los griegos cometiendo en el seno de la hospitalidad una maldad tan impía: yo te castigaria, porque no contento con haber profanado el tálamo de tu huésped, le robas á su mujer, seducida por tus astucias; y ademas, insaciable en tus crímenes, huyes cargado con los despojos de la casa en que se te ha recibido. Sin embargo, como mas que nada me importa no tener que reprenderme la muerte de uno de mis huéspedes, me limitaré á impedir lleves á esa mujer y las riquezas de que te has apoderado, teniendo á unas y otras en depósito hasta que se me pidan. En cuanto á ti, te concedo tres dias para salir de mis Estados.> Salió, y fue a Troya, que sitió Menelao, y tomó a los diez años, y como no encontrase allí á su mujer, dirigióse a Menfis, donde la recobró y sus riquezas.

La destrucción de Troya, á la cual concurrieron todos los príncipes griegos que habian jurado defender al que Elena eligiese por esposo, tuvo lugar, según el cálculo mas corriente, 1185 años antes de Jesucristo.

Menelao, según varios autores, quiso dar muerte a su esposa; pero aun cuando habian pasado catorce años, conservaba Elena sus fascinadores atractivos, y le faltó valor para vengar su resentimiento. Murió poco después, y Elena fue arrojada de Esparta, y huyó a Rodas, donde Polixena, reina de la Isla, la hizo ahorcar de un árbol, por celos, ó en venganza de la desgracia de su marido, muerto por su causa en la guerra de Troya.

Así acabó la mujer mas hermosa de la antigüedad. Funesta á todos los demas y á sí propia su belleza, no ambicionen las personas de su sexo fascinar a todos, no sea que hallen otro Páris.


[1] Los escritores antiguos aseguran que carecia Elena de la mas pequeña imperfección física. Paton, Natal, Casaneo, el Niverniense, y otros muchos elogian su belleza: Nevizano dice, que reunia Elena las treinta calidades que se requieren para que una mujer sea perfectísima en hermosura: Séneca, que Didymo, poeta y famoso gramático de Alejandría, dedico dos, de los cuatro mil libros que escribió, á encomiar los atractivos de la reina de Esparta. Finalmente San Agustin nos refiere, que solamente Sycoro, poeta griego, osó disputar la hermosura de la hija de Tyndaro; pero que los demas fingieron que los dioses le habian dejado ciego en castigo, y no quisieron confesar que tenia buena vista hasta que paso por la humillacion de cantar la palinodía.