ÁRTEMIS. Nacimiento y naturaleza. Por Virginia Seguí


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Ártemis y su hermano gemelo Apolo fueron el fruto de los amores incestuosos de Zeus y Leto que se unió al crónida aun sabiendo que sufriría la ira de Hera quien rugía colérica contra las parturientas que daban hijos de Zeus; especialmente contra ella, pues sabia que Apolo sería muy amado por su padre en detrimento de su hijo legítimo Ares; intentó impedir el alumbramiento y juró vengarse de quienes le prestaran ayuda o asilo, para impedirlo hizo que Ares vigilara los confines de la tierra desde la cumbre del monte Hemo, en Tracia y a Iris, la hija de Taumante, la puso a vigilar las aguas y las islas en lo más alto del monte Mimante en la costa minorasiática cerca de Quíos. Ambos desde sus posiciones amenazaban a las ciudades y regiones a las que se acercaba Leto, torturada por los dolores de parto, impidiendo así que la acogieran.

Leto pedía auxilio invocando afinidades, en Ftiótide, a las Ninfas Tesalides hijas del río Peneo, para que éste detuviera sus aguas y que los hijos de Zeus pudieran ver ellas la luz, o al monte Pelión en Tesalia, al que imploraba: <¡Oh Pelión, antro nupcial de Filira, no me rechaces tu, no me rechaces, pues hasta las feroces leonas depositan sus indefensas crías con frecuencia en tus laderas> pero las amenazas de Ares siempre se lo impiden. Entonces lo intentó en las islas pero tampoco ellas le acogieron, ni Equínades, ni Cercira, ni otras que eran siempre disuadidas por Iris.

Algunas fuentes citan a la isla de Ortigia como el lugar en el que, finalmente, fue admitida Leto, Estrabon identifica esta isla con un islote llamado Renía, allí pudo nacer Ártemis; quien luego ayudó a su madre en el parto de su hermano gemelo, que nacería en la errante isla de Asteria o Delos, como se llamó después. La identificación de Delos con Asteria se debe a que la primera recibiría ese nombre en memoria de la hermana de Leto que se arrojó al mar para no unirse a Zeus y que de esta manera, en cierta forma, ayudaría a su hermana acogiéndola y enfrentándose a Hera diciendola: <Haz de mí lo que quieras, pero no me voy a cuidar de tus amenazas. Ven, ven a mí Leto>, la titánida, agotada, reposó junto al cauce del río Inopo que crece cuando el caudaloso Nilo lleva su corriente en plenitud, ya que entonces se creía en la unión subterránea de ambos ríos. Luego Asteria pasaría a ser la isla de Delos, cambiando su naturaleza errante al quedar fijada al fondo del mar por unas columnas. Calímaco, en su Himno a Apolo, sólo nos relata el nacimiento de éste; pero Apolodoro en su Biblioteca Mitológica refiere también el de Ártemis.

La ayuda prestada a su madre, en el nacimiento de su hermano, hizo que las Parcas o Moiras nombrarán a Ártemís patrona de las parturientas, siendo desde entonces invocada por ellas cuando atormentadas por los dolores del parto llega el momento del alumbramiento.

Ártemis a diferencia de lo que sucede con sus hermanas, Afrodita y Atenea, tiene una infancia de la que se conocen detalles; es nuevamente Calímaco, en su canto a la diosa, quien nos los relata. Siendo aún muy niña y estando sentada en las rodillas de su padre, Zeus, se dirigió a el en tono infantil: <Dame, papá, una eterna virginidad, y muchos nombres, para que Febo no me aventaje. Dame también flechas y un arco. No, deja, padre, no voy a pedirte ni una faretra ni un gran arco; ya me fabricaran los Cíclopes en un instante los dardos y un arco flexible. Permíteme, sí, llevar antorchas y ceñirme una túnica con cenefa hasta la rodilla, para matar bestias salvajes. Dame también un coro de sesenta Oceaninas, todas de nueve años, todas aún sin ceñidor. Dame veinte ninfas Amníscides por criadas, para que cuiden bien de mis sandalias y, cuando haya terminado de disparar mis flechas contra linces y ciervos, de mis veloces perros. Dame todos los montes y una sola ciudad, la que tu quieras. Raro será que Ártemis baje a una ciudad […]>. Después de hablar así la niña quería acariciar el mentón de su padre, pero éste no se lo permitió y la contestó riendo: <Que las diosas me den hijos semejantes, y me preocuparé bien poco de las iras de Hera. Recibe, hija, cuanto has querido pedir, y mucho más que voy a darte yo. Treinta ciudades te concederé, y no sólo un recinto amurallado; treinta ciudades que no venerarán a otra divinidad que no seas tú, y serán llamadas de Ártemis. Compartirás con otros dioses otras muchas ciudades, tanto del interior como costeras, y en todas habrá altares y bosques consagrados a Ártemis. Y serás protectora de los caminos y los puertos.>

Poco después de esto la niña partió a Leuco, en Creta y desde allí al Océano, donde escogió a numerosas ninfas tal cómo había pedido a su padre con gran júbilo de Cérato y Tetis al enviar a sus hijas como compañeras de la Letoide.

Encontró a los Ciclopes en la isla de Melingúnide, actual Lípara, fabricando en los yunques de Hefesto un abrevadero para los caballos de Posidón, todos con un único ojo bajo la ceja que causaron terror entre las ninfas que la acompañaban, pero ella ya había estado sentada en las rodillas de Brontes, incluso le había arrancado un mechón del espeso vello que poblaba su pecho, y muy tranquila les dijo: <Cíclopes,¡ea!, fabricadme un arco Cidonio, y flechas, y una aljaba hueca para los dardos. También yo soy Letóyade, como Apolo. Y cuando mi arco cace una bestia solitaria o un animal enorme, se lo podrán comer los Cíclopes> y al instante quedó armada la diosa.

Sus artes de cazadora no estarían completas sin una jauría y por tanto fue a la Arcadia, al antro de Pan, en su busca, consiguiendo del Barbudo: <dos perros de color blanco y negro, tres de color rojizo y uno moteado, de los que son capaces de derribar a los propios leones, saltándoles a la garganta y de arrastrarles aún vivos hasta el cercado; te dio siete Cinosurides mas rápidas que el viento, las mas veloces para perseguir a los cervatillos y a la liebre que no cierra los ojos, las mejores para rastrear la guarida del ciervo y los cubiles del puercoespín, ideales para conducirte tras las huellas del corzo>.

Y ya en Creta, junto al monte Parrecio, consiguió domeñar dos parejas de los mejores ejemplares de ciervos que unció  a su carro de oro, y en él subió hasta la cumbre del monte Hemo, en Tracia, donde eligió el mejor de los pinos para construir su antorcha; encendiéndola en el monte Olimpo misia con un soplo de la luz inextinguible que despiden los rayos de tu padre, Zeus. A continuación probó sus artes de caza disparando su nuevo arco de plata; primero contra un olmo, luego contra una encina y por tercera vez contra un animal salvaje; finalmente contra una ciudad de malvados criminales. Las ninfas amisias cuidaban tus ciervas y las alimentaban con tréboles instantáneos de la dehesa de Hera, los mismos pastos donde pacían los cordeles de Zeus.

Son múltiples sus nombres, tal como prometió el crónida, y entre ellos el primero: Ártemis Partenia como doncella y virgen; Quitona por tu túnica apropiada para la caza y Hémera como amansadora o paciguadora; Muníquia como protectora de puertos. La doncella del arco de plata fue el miembro más joven de la familia olímpica y Ártemis era un título más de la triple diosa Luna. Pero en otros lugares, como en la ciudad de Éfeso, era adorada como Ninfa, una especie de Afrodita orgiástica con un consorte varón, siendo sus emblemas la palmera, el ciervo y la abeja.

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