Dafne, la ninfa peneide. Por Virginia Seguí


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         Una disputa entre Eros, el indómito e irrespetuoso hijo alado de la diosa del amor, y Apolo desencadenó la tragedia de Dafne, la bella hija del río Peneo. Los peyorativos comentarios de este último sobre capacidad y el uso del arco de Eros, provocaron su ira y sus deseos de venganza ¿qué mejor venganza que demostrar a Febo, en su propia carne, todo el poder de sus flechas? ¡Ah, si no hubiera pronunciado esas palabras!, pero aún podía oírlas y las tenía presentes en su mente: ¿que haces tú, pequeño insolente, manejando armas tan poderosas?; el hijo de Zeus y Leto no debería haberlas pronunciado, aunque sus proezas con el arco y la gran certeza de sus disparos contra las bestias salvajes o sus enemigos fueran famosas; pero su arte, aquél que Febo había menospreciado, su capacidad de encender pequeños amores con sus antorchas le daba más poder de lo que en apariencia pudiera parecer; y cuando una de sus flechas era certera, los sentimientos que inculcaban en el blanco controlaban todas sus acciones.

Pensando en ello buscó en su carcaj dos flechas de efecto contrario: una con punta dorada para hacer nacer el amor y la despuntada, con plomo tras el asta, que lo ahuyenta y descuidadamente, como quien lo hace sin querer, hirió a Apolo con la primera y a Dafne, la ninfa peneide, con la segunda. 
Apolo sintió clavarse en su cuerpo la flecha de Eros y el amor que hacia Dafne despertó en él fue tan fuerte y fogoso que consiguió mitigar su dolor. La ninfa solía recorrer el interior del bosque deleitándose en sus umbríos recovecos, mientras se dedicaba a la caza emulando a la diosa cazadora hija de Zeus; hasta ahora, pese a los reproches de su padre que le requiere un yerno y algún nieto, ha conseguido rehuir el matrimonio solicitando a su padre que la permita gozar de la eterna virginidad al igual que Zeus se lo permitió a Ártemis; la belleza y juventud de la ninfa parecen oponerse a su deseo y su anhelo se ve perturbado por su aspecto; pues pocas son tan bellas como ella.
Apolo que se siente enamorado desea poseerla, su amor le consume, la observa mientras se le acerca lentamente; viéndola caminar con su larga melena despeinada deseando recogérsela él mismo, pero ella le rehúye y se lanza a una veloz carrera, rauda como la brisa se escabulle en lo profundo del bosque, como huyen los corderos del lobo o los ciervos del león y las palomas del águila; Apolo la sigue temiendo que caiga en su huída y se lastime entre las zarzas, siendo él la causa de su dolor. Le pide que piense quién es el que la desea y que desista de su huída; no es un vulgar pastor quién la requiere sino el hijo de Zeus, el señor de Delfos, Claros, Tenédos y Pátara; el que amortiza versos y música, el que revela lo que ha sido, es y será; aquél que el mundo conoce por el sanador e inventor de la medicina y conocedor del poder de las hierbas; pero nada hacer parar a la hija de Peneo que corre temerosa dejándolo hablar sin fin; también así le parece hermosa, el viento deja al descubierto sus formas, el aire ciñe sus ropas y echa hacia atrás sus cabellos, su belleza crece en su huída. El joven dios la persigue como a una pieza de caza, ambos corren: él tras su presa y ella hacia su salvación, pero el amor da alas al dios y no le da tregua, se pega a su espalda, respira sobre sus cabellos y sus brazos parecen atraerla; ella palidece y casi sin fuerzas invoca las aguas del Peneo: “¡Ayúdame padre! ¡Si los ríos tenéis algún poder, haz que, trasformándose, desaparezca esta figura por la que he sido amada!” Apenas pronunciadas estas palabras siente apoderarse de ella una inusual torpeza, sus miembros se paralizan, mientras se recubren de fina corteza, sus cabellos adquieren verdor mientras se transforman en hojas y sus brazos en ramas quedando sus pies enraizados en la tierra; mientras el brillo de su rostro queda presente en sus hojas; la metamorfosis se ha consumado quedando convertida en un bello laurel. Aún así la ama Apolo que siente palpitar su corazón mientras se apoya en su tronco, abraza sus ramas y besa la madera, que aún rehúye sus besos, mientras el dios musita lentamente: “Si no puedes ser mi esposa, serás mi árbol. Siempre te llevaran, oh laurel, mi cabello, mi cítara y mi carcaj. Tú estarás cerca de los generales latinos cuando con alegría celebren sus triunfos y suban al Capitolio los largos cortejos. Allí serás también leal guardián ante las puertas de la morada de Augusto, y guardarás las coronas de encina; y al igual que mi cabeza conserva juvenil su larga cabellera, tu llevaras siempre perenne adorno de tus hojas.”    
Hasta aquí el relato de Dafne basado en las Metamorfosis de Ovidio.
Aunque existe alguna versión diferente de la historia de la ninfa. Robert Graves en su obra Los mitos griegos, basándose en Antoninus Liberalis, Estéfano de Bizancio y el propio Ovidio, relata que Apolo no siempre fue afortunado en el amor y que en una ocasión persiguió a Dafne, la ninfa montañesa, sacerdotisa de la Madre Tierra e hija del río Peneo en Tesalia, y que cuando ella gritó suplicando ayuda a la madre Tierra ésta la hizo desaparecer en un instante llevándosela a Creta, donde se la conoció con el nombre de Pasifae. La Madre Tierra dejó un laurel en su lugar, y con sus hojas Apolo hizo una guirnalda para consolarse.
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