Mujeres Artistas. Marietta Robusti II


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        A continuación el segundo capítulo del relato novelado: Marietta Tintorella, obra de la escritora francesa Mde. Eugenia Foa (1796-1853?), autora de obras históricas y morales para la juventud, colaboradora habitual de revistas parisinas como  ”Journal des enfants”, ”Journal des demoiselles” o ”Dimanche des enfants“; bajo el seudónimo de Maria Fitz-Clarence y/o d’ Edmond de Fontanes publicaba folletines en la prensa de la época. El original que transcribimos está publicado en la revista madrileña, dedicada al público femenino “El Correo de la Moda“, y traducida al castellano por la escritora asturiana Robustiana de Armiño Gomez, dada su extensión se publicará en varios números de la revista, comenzando con el 31 de la 2ª Época de 24 de agosto de 1853. Respetamos la ortografía original.

II. El secreto de una jóven

Era esta jóven de una hermosura sorprendente. Su talle esbelto y delicado, tenía la flexibilidad y el movimiento onduloso de la débil caña; sus hermosos cabellos negros, sujetos con agujas de oro, dejaban descubierta una frente de una puereza angélica; mas todas estas facciones tan perfectas, estaban desnudadas de esa frescura aterciopelada que pertenece á la infancia; una palidez melancólica, daba á su rostros de niña las apariencias del sufrimiento; sus bellos ojos azules, tristes y humedecidos, llevaban el sello del pesar; ese cuerpo tan jóven, se inclinaba hacia la tierra, y fatigado ya, parecia pedir á nuestra madre comun el descanso, que solo concede ordinariamente á los ancianos. Apenas distinguió á la señora Robusti y el Tintoreto, un ligero encarnado coloreó un momento su tez, pálida como la muerte.

–Y qué! esclamó con con un tono de voz tan dulce y tan lento, que parecia una armonia celeste; y qué! ¿está ya la cena dispuesta, y aun estais en conversación? Abuela mia, no teneis hambre? Os ha quitado el trabajo la gana de comer, padre mio?

— Te aguardábamos, Marieta, le dijo su padre, te aguardábamos; de donde vienes?

— Del palacio Grimani, padre mio, respondió la jóven con sencillez.

— Matietta! Marieta! Replicó Jacobo, tomando el camino del comedor; tu eres ya grande; las jóvenes mas bellas de Venecia te llaman la mas hermosa; tu estarás muy pronto en la edad de casarte, y la condesa de Grimani tiene un hijo de veinte años!

— Y bien; ¿qué mal hay en eso? Preguntó la señora Robusti, sentándose á la mesa; si el conde Grimani aprecia las cualidades de nuestra niña, pues que Marieta está ya en edad casarse, puede casarse con ella.

— Ciertamente, respondió el Tintoreto, descubriendo la sopera y empezando á servir el potaje; yo no soy de esos padres que contrarian la inclinación de sus hijos; mi hija puede casarse con un hombre del pueblo, o con un príncipe, si quiere; mas yo preferiría que se casase con un hombre del pueblo.

— Y yo preferiría un príncipe, dijo la vieja

— Un hombre del pueblo, que no se avergonzaria de llamarme padre; que no os despreciaria, madre mia, dijo el artista.

— ¡Un conde que diese á mi nietecita el nombre de condesa! Replicó la tintorera con orgullo.

— Un hombre del pueblo, que hiciese dichosa á mi hija.

— Un conde podria igualmente hacerla dichosa.

— Nadie debe salir de su estado, madre mia.

— Á nadie está prohibida la elevación, Jacobo

— Nadie debe elevarse, sino por el talento.

— ¿Pues qué, el talento eleva, Jacobo?

— Oh, madre mia! Dijo Marieta, que habia guardado hasta entonces un modesto silencio. ¿podeis decir vos, vos, la madre del Tintoreto, que el talento no eleva?

— Es noble su padre, gran necia? Dijo encolerizada la señora Robusti; ¿tiene títulos?… responde…

— No tiene la nobleza de los títulos, pero tiene la nobleza del talento y del génio, mi querida mamá, replicó la jóven, cuyo bello rostro se entusiasmaba mirando á su padre; Venecia se enorgullece de mi padre, le cita entre los ciudadanos mas célebres, y decir, decir, madre mia, ¿qué título de marques ó de conde podeis poner en parangon con el Tintoreto?

El Tintoreto habia dejado de comer para contemplar á su noble hija.

— Tá… tá… ta… dijo, la vieja veneciana meneando la cabeza, ¿qué es tu padre, Marieta? Un tintorero, hija mia, como tu abuelo, mi pobre Robusti, ¡qué delante de dios sea su alma! Mira pequeña, por mucho que Jacobo hace cuadros de apoteosis, de Apóstoles, de Adan y Eva, seducidos por la serpiente, no sale de su estado, no sale de los colores, los mezcla ni mas ni menos que su padre; pero entendámonos, es un poco menos que mi pobre marido.

— No hablemos de pintura ni de colores, mi buena madre, se apresuró á decir Marieta, que habia sorprendido una nube sobre la frente de su padre.

— Tienes razon, Marieta, hablemos de tu hermano, dijo Jacobo; al salir de mi taller he entrado en el suyo y no estaba en el. Sabes donde está?

— Marieta respondido con embarazo: no os inquieteis, padre mio, no reprendais á Dominiquino, habrá ido á pasearse… con algunos amigos.

— No es ninguna cosa mala, no es ninguna cosa mala, replicó Jacobo, no necesitas ponerte encarnada ni bajar los ojos por eso, hija mia, nada diré á Dominico… cuando se ha trabajado mucho es menester distraerse un poco.

— Pero… yo no estoy encarnada, dijo Marieta, cuya turbación aumentaba por instantes.

— Encarnada! Esclamó la buena abuela; más bien estás pálida que encarnada.

— Es verdad, replicó el padre; ¿estás acaso enferma, querida mia? Tienes pesares? Habla, tu eres una jóven modesta y prudente, esto basta para reconciliarme contigo.

— Pues qué me queriais mal? y por qué, padre mio? Preguntó la jóven con inquietud.

— Si, dijo Tintoreto, mirando fijamente a su hija; si, te queria mal, porque hay misterios en tu conducta.

— Misterios! interrumpió la Sra. Robusti.

— No me interrumpais, madre mia, si no he hablado antes sobre este asunto ha sido por no afligiros; no llameis esto misterio, si os parece; pero en fin, la conducta de Marieta es inexplicable desde algun tiempo; ya no la veo nunca ir y venir alegremente; ya no la veo correr por el jardin al salir el alba cogiendo ramilletes de flores ó canastillos de frutos; ya no la oigo cantar ni tocar el laud… Si no estás enferma, Marietta, si no tienes pesares, por qué estás pálida? Por qué te pones flaca de dia en dia? por qué en fin, has sufrido tal mudanza?

Un golpecito dado ligeramente en la puerta de la calle vino felizmente á cortar esta conversación, y á salvar á Marieta del embarazo de responder. Se levanto corriendo, y fue á abrir la puerta.

(Se continuará)

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