Mujeres Artistas. Marietta Robusti III


tancredoclorindadominicorobusti1585.jpgmariettarobustiautorretratoatrib.jpglamagadaneladominicorobusti.jpgjacoporobustiautorretrato1588.jpg      

                A continuación la tercera entrega del relato novelado titulado: Marietta Tintorella, obra de la escritora francesa Mde. Eugenia Foa (1796-1853?), autora de obras históricas y morales para la juventud, colaboradora habitual de revistas parisinas como  ”Journal des enfants”, ”Journal des demoiselles” o ”Dimanche des enfants“; bajo el seudónimo de Maria Fitz-Clarence y/o d’ Edmond de Fontanes publicaba folletines en la prensa de la época. El original que transcribimos está publicado en la revista madrileña, dedicada al público femenino “El Correo de la Moda“, y traducida al castellano por la escritora asturiana Robustiana de Armiño Gómez, dada su extensión tendrá varios capitulos, el que reproducimos a continuación publicó en el número 32 de la 2ª Época de 31 de agosto de 1853. Respetamos la ortografía original.

  III. El canónigo regular de San Ambrosio

              A la vista de un hombre, que llevaba el traje de los canónigos regulares de San Ambrosio, el Tintoreto y su madre se levantaron y saludaron respetuosamente al recien llegado. En cuanto á Marietta, esta visita la habia dejado aterrada; estaba inmóvil, dejaba á el eclesiástico á la puerta sin invitarle á entrar, y la puerta abierta sin pensar en cerrarla.

— Seáis bien venido, padre Ambrosio, dijo la señora Robusti deshaciéndose en cortesías; tomáos el trabajo de entrar y de tomar asiento; ¿si yo me atreviese a ofrecer á su excelencia una parte de nuestra cena?… Marietta, ¿dónde tienes la cabeza, que dejas á su excelencia en pié?, una silla, pronto, niña, una silla.

Marietta, habiendo logrado calmar su emocion, se esforzó en sonreir para reparar su aturdimiento, y cerrando la puerta despues que entró el canónigo, le presentó con gracia una silla cerca de la mesa.

— Descansad, padre Ambrosio, le dijo; ¿quiere vuestra excelencia un plato de sopa y un vaso de vino?

— Gracias, Marietta, dijo el padre Ambrosio, cuyo rostro severo parecia dulcificarse cuando hablaba con ella… sientese Vd., señora Robusti; continuad cenando señor Jacobo… yo habia venido…

— A vernos, como un buen vecino; interrumpió vivamente Marietta, que se esforzaba en ocultar bajo una alegria loca, la ansiedad que se dejaba ver en sus ojos y en todas sus facciones; sois bien cortés, bien amable, padre mio… Los canónigos de vuestra Orden son tan buenos, tan indulgentes… si no tuviese ya por confesor desde mi niñez al padre Pauli, que es un santo, solo en vuestra Orden elegiria un director para mi conciencia, padre Ambrosio.

— Una conciencia tan pura como la vuestra, debe ser bien fácil de dirigir, hija mia, respondió el canónigo; pero yo habia venido….

— ¿Es verdad que dirigís la de la condesa Grimani, padre mio? interrumpió de nuevo Marietta.

— Si, hija mia.

— Ha tenido bastantes pesares, replico Marietta, pero me parece que pronto se concluirán.

Cualquiera hubiera dicho que tenia miedo de dejar hablar al canónigo.

–¿Qué pesares? pregunto la señora Robusti, que hacia algunos momentos discurria desde su silla cómo tomar parte en la conversación.

–Por de pronto, su hija la marquesa de Donato, cuya salud ha estado en peligro tanto tiempo, que ya creian perderla… luego, los riesgos que corren á cada momento su marido el Dux de Venecia y su hijo Leopoldo en la guerra de la república contra los Uscones.

— Quién son esos? pregunto la tintorera.

— Son los vasallos del Austria, en Croacia, que ejercen continuamente la piratería en el Adriático; mas el ejército veneciano, acaba, según dicen, de quemarles todas las aldeas, y de pasar á cuchillo todos los habitantes.

— Todos? preguntó de nuevo la vieja con un sentimiento de horror.

— Excepto los que se han refugiado en las montañas, respondió Marieta

— Calla, calla, y ¿cómo es que estas tan instruida en los negocios de la república? Dijo Jacobo sonriendo con admiracion, al ver la elocuencia de su hija.

— Todo me lo ha contado esta mañana la condesa Grimani, respondió Marietta, casi avergonzada por la observacion de su padre.

El Tintoreto se dirigió al canónigo.

— Padre, yo os pido perdon en la charlatanería de esta niña, que os ha interrumpido ya dos veces en el momento en que vuestra excelencia iba a referirnos el motivo de su apreciable visita.

— Yo deseaba hablar á vuestro hijo Dominico, dijo el padre Ambrosio.

— Mi hermano ha salido, dijo Marietta, tomando vivamente la palabra; pero mañana, si lo deseais irá á visitaros; decidme a qué hora, padre mio, ira con toda exactitud; ¡oh! Dominico será exacto, yo respondo de él.

— Si tuvieseis la bondad de decirme para qué le quereis, preguntó el Tintoreto.

En el momento en que el padre Ambrosio abría la boca, Marietta se apresuró a preguntar.

— Es para hablarle del cuadro de la capilla de Sta.María Dell’Orta? Lo he adivinado, padre mio?… ya está concluido, ó casi concluido, solo faltan algunos puntos brillantes, y mañana ó pasado… vuestra capilla estará ya ornada con él; creed en mi palabra, añadió bajando la voz; y por Dios no hableis aquí de otra cosa, os lo suplico.

El padre Ambrosio se levantó

— Es en efecto lo que yo queria, al menos por ahora, añadió, apoyando sobre la última frase; la señorita Marietta tiene razon… pero si dentro de tres dias no se ha concluido el cuadro volveré, hija mia; la indulgencia grande es casi siempre una debilidad, y con ella se hace uno cómplice de muchas faltas que hubiera podido evitar con un poco mas de firmeza…. No digo esto por vos, hermosa niña… sin embargo, hareis bien en aprovecharos de este consejo, añadió retirándose con un reverente saludo.

— Y bien, ¿á qué ha venido aquí este hombre con su indulgencia, su caridad, su debilidad y sus preceptos? Dijo la tintorea apenas habia salido el canónigo

— Bath! el santo varon da sus consejos lo mismo que yo recorro la escala con mi voz… por entretenerme; mas… acabemos de cenar, añadió Marietta, como el que se halla aliviado de un gran peso.

(se continuará)

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