Mujeres Artistas. Marietta Robusti IV


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     Continuamos con las entregas del relato de Marietta Tintorella, la obra escrita por la autora francesa Mde. Eugenia Foa (1796-1853?), asidua colaboradora de las revisas parisinas el <Journal des enfants> o <Dimanche des demoiselles>, bajo el pseudónimo María Fitz-Clarence y/o Edmond d’Fontanes; en esta ocasion Robustiana de Armiño Gómez traduce el cuarto capìtulo que reproducimos a continuación, respetando la ortografía original y que fue publicado en el número 33 de la revista madrileña <El Correo de la Moda> el 8 de septiembre de 1853.

  IV. EL PASEO MATINAL

Todos dormian en casa del artista, aun el Tintoreto, siempre tan madrugador, bien es que el sol no habia salido todavia, cuando la puerta de la habitacion se abrió dulcemente, y Marietta pálida y hermosa como la blanca flor del escaramujo, apareció sobre el umbral.

— Ningun ruido! dijo escuchando con inquietud; ¡no he podido cerrar los ojos en toda la noche!… ¡oh, hermano mio… hermano mio, cuán culpable eres!

— Avanzó lentamente por el corredor, bajó la escalera, abrió la puerta, y salió prontamente á la calle. Al pasar en frente de la Iglesia de San Marcos, la bella Veneciana, se detuvo un momento; mas la imaginación de Marietta no contemplaba entonces la composición romanesca, y la arquitectura extraordinaria del edificio, ni su fachada larga; su base, que presenta sobre una linea cinco grandes arcadas, cerradas por otras tantas puertas de bronce, y de las que cada una está sostenida por veinte y cuatro columnas de mármoles orientales. Mas arriba, todo el largo de la iglesia está ornado por un balcon, en medio del cual, se elevan sobre un pedestal de mármol los cuatro célebres caballos griegos, que hemos visto en Paris en tiempo del Imperio, y que arrancados á Atenas, se han paseado sucesivamente por Roma, Bizancio, Venecia y Paris.

La pobre jóven no observaba tampoco la balaustrada de la galeria, horriblemente adornada de cabezas cortadas por la Inquisición; solo dudaba si entraria á orar ó si continuaria su camino, dejando su oracion para la vuelta; mas la piedad venció á la inquietud; echo á andar hacia una de las cinco arcadas y penetró en el interior de la iglesia; pasó haciendo la señal de la Cruz por delante de las paredes de mosaico, que representan figuras de santos sobre un fondo de oro, y fué á ponerse de rodillas delante del gran altar de Santa Sofia, que fué transportado de Constantinopla, con sus bellas columnas de mármol.

Luego que hubo cumplido su oracion Marietta se levantó y salió de la iglesia; dirigióse hacia el canal, y por un momento sus ojos contemplaron con inquietud las góndolas, que se deslizaban furtivamente sobre el agua. Las góndolas son de una forma graciosa y ligera: levantadas por popa y proa de un modo pintoresco: la proa está adornada con una grande hacha de hierro, armada de seis puntas de acero; el interior de la góndola, enteramente pintado de negro, está ocupado por una especie de pabellón, cubierto tambien de tela negra, y dentro del cual pueden sentarse cómodamente cuatro personas, sobre blandos y elásticos almohadones.

Al acercarse la joven veneciana, un gondolero, que estaba cantando una de esas lindas canciones tan alegres, tan populares en Venecia, interrumpió su canto para preguntarle si queria entrar en su góndola; Marietta hizo un gesto negativo con la cabeza, pasó adelante, y continuó su paseo por las calles; pues aunque todos los que no han estado en Venecia, se imaginan que en esta ciudad las casas están rodeadazas de agua, hay calles, aunque en verdad bastante estrechas, enlosadas con anchas piedras, guarnecidas á los lados con lindas tiendecitas; y si los coches no pasan nunca por ellas, es por la sencilla razon de que en Venecia no hay coches, y el que quiere pasearse toma una góndola, lo mismo que en Paris se toma un fiacre.

Marietta apresuraba su marcha con la mayor celeridad, y solo se detenia cuando alguna góndola se acercaba á la orilla para desembarcar una ó dos personas, lo que sucedia rara vez en una hora tan intempestiva; y después de examinar con inquieta curiosidad al viajero que desembarcaba proseguia su camino.

Una voz que la llamó por su nombre la hizo estremecer, y volviéndose súbitamente, se halló frente á con un jóven de estatura colosal, y cuyos vestidos en desorden, rostro encendido, y paso vacilante, demostraban bien claramente que ya se habia desayunado.

— Dominico! gritó Marietta, con un acento que encerraba en esa sola frase una letania de reproches.

— Y bien! sí, ya sé lo que quieres decir, Marietta, respondió el jóven, afectando una serenidad que desmentian sus alteradas facciones; yo soy un jóven malo, un tunante, un borracho, un perezoso, ¿no es verdad?

— Tú eres mucho peor que todo eso, Dominico, dijo Marietta con una profunda tristeza, eres muy mal hijo, y un mal hermano.

— Oh! en cuanto á eso, te desmiento, Marietta; todo lo que quieras, excepto eso; yo amo, respeto y venero á mi padre; y á tí; hermana mia, á tí, te amo mas de lo que tú crees.

— Si me amas, Dominico, ven conmigo á casa.

— Ya ves como te obedezco mi bien amada, dijo el jóven tomando el camino de la casa en compañía de su hermana.

En el camino dijo Marietta á su hermano

— El padre Ambrosio ha estado anoche en nuestra casa, ¡oh, si vieras qué miedo he tenido hermano mio!

— Miedo al padre Ambrosio?

— ¡Oh! no al padre Ambrosio, sino á lo que  podia decir. ¡Si hubieras visto mi afan para impedirle que hablase del dinero que tú le debes! ¡y ese cuadro, ese cuadro, que he prometido en tu nombre concluirle para mañana! Ahora vas á concluirle en cuanto llegues á casa, ¿es verdad, Dominico?

— Sí, si; voy á dormir Marietta, me caigo de sueño.

— Dormir! ¿y podrías dormir, Dominico?

— Lo vas á ver Marietta, voy á dormir, y á roncar si es posible.

Marietta replicó con un acento lleno de dolor:

— Vas á dormir! ¡á dormir, cuando quizá mañana… esta noche misma, mi padre que te crée el mejor de los hijos, que te cita á cada instante como un modelo perfecto; mi padre sabrá que este hijo estudioso pasa los dias y las noches en una taberna; que ese discípulo, de que tanto se enorgullece, no ha cogido los pinceles hace un año; que ese joven tan prudente, tan arreglado, toma á todas horas dinero prestado para sus orgias!… Dominico, una expresión del padre Ambrosio me ha hecho estremecer; ayer noche, á pesar de mi afan de mi disimulo, no he logrado engañarle; me dijo al tiempo que se despedia… me ha dicho… mas escúchame… me ha dicho: <la demasiada indulgencia es casi siempre una debilidad, y por ella se hace uno cómplice de muchas faltas, que se hubieran podido evitar con un poco mas de firmeza.>

(Se continuará)

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