Mujeres Artistas. Marietta Robusti VI y VII


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A continuación reseñamos las 6ª y 7ª entregas del relato que sobre Marietta Tintorella, escribió Mde. Eugenia Foa (1796-1853?), asidua colaboradora de las revisas parisinas el <Journal des enfants> o <Dimanche des demoiselles>, bajo el pseudónimo María Fitz-Clarence y/o Edmond d’Fontanes. Según traducción realizada por Robustiana de Armiño Gómez, que vieron la luz en el numero 35 de la 2ª época de la revista madrileña, dedicada al público femenino El Correo de la Moda de 24 de septiembre de 1853, respetamos la ortografía original del texto.

Sixth and seventh delivery of the story that Marietta Tintorella, Mde wrote. Eugenia Foa,   collaborating regular of you revise them parisinas the < Journal gives enfants > or < Dimanche gives demoiselles >, under pseudonym María Fitz-Clarence and/or Edmond d’Fontanes. Translated to the Castilian by Robustiana de Armiño Sánchez. Published in number 35 of the magazine dedicated to the feminine public <The Mail of the Fashion> of September 24 1853. We respect the original spelling.

  VI. La carta con sello real

Jacobo Robusti se habia puesto de nuevo á trabajar. Al principio apenas podia sostener el pincel; la mano que acaba de castigar á su hija estaba todavia alterada;  mas poco á poco se fué tranquilizando, y cuando su madre entró en el taller, habia casi olvidado su cólera y el motivo de ella.

He aquí una carta, que os ha traido un correo de á caballo todo galoneado, dijo la señora Robusti, poniendo sobre el borde el caballete de su hijo un papel plegado en cuadro, y sellado con una cinta verde, de la que pendia un sello de cera verde tambien.

Viendo que su hijo no le respondia, ni siquiera miraba la carta, añadió: ¿Quereis que llame á Marietta para que os la lea?

— Marietta! Marietta! respondió el Tintoreto, cuya cabeza se exaltaba de nuevo al oir ese nombre; os suplico madre mia que dejeis á Marietta en paz.

— Por qué hablais así, Jacobo? se diria que deseais mal á esa pobre niña… á esa dulce y tímida criatura.

— Esa querida niña, esa dulce y prudente criatura, respondió Jacobo con el mismo tono que su madre, es una… es una nécia, una impertinente, á quien he cerrado con llave, y á quien he prohibido presentarse delante de mí, al menos por ocho dias.

— ¡Vos… voss… la habeis encerrado!… exclamó la anciana tintorera, no pudiendo creer lo que oia; ¿la habeis encerrado?… á ella! á Marietta!

.. Á ella…  á Marietta; ¿creeis que no me haya atrevido? Replicó Jacobo con resolucion.

La buena abuela le escuchaba como aquel que sueña despierto.

— Jacobo, le dijo acercándose á él, ya mudareis de resolucion, y perdonareis á mi nietecita: no os pregunto lo que ha hecho; hizo mal, pues que os ha disgustado, pero ¿la perdonareis, no es verdad?

Jacobo por evitar de responder a su madre, cuyas quejas le llegaban al corazon mas de lo que parecia, se puso á abrir la carta, y empezó á leer por la firma.

–Es de Felipe II, el Rey de España, dijo al fin, y recorriéndola sin leerla, añadió: Habla de un retrato hecho sin duda por Dominiquito, pues aunque dice mi hija es una equivocación; el Rey llama al autor del retrato á su corte, y quiere hacerse retratar por el, ¡que honor!… llamad á Domnico,os lo suplico… ¡Dominico! ¡Dominico! gritó con voz agitada y sin poderse contener… ¡El pobre joven está cerrado en su cuarto y tan absorto en su pintura, que ni siquiera me oye:¡Dominico! ¡Dominico!

La puerta del taller se abrió en este momento, y la señora Robusti que iba á salir, se halló frente á frente del padre Ambrosio.

VII. Otra vez el padre Ambrosio

— Perdonad, he equivocado el taller, dijo el padre Ambrosio, en ademan de retirarse.

— No importa, padre Ambrosio, tomáos la molestia de pasar adelante, contesto Jacobo dirigiéndose al canónigo; y si es á Dominico á quien quereis hablar, mi madre va en este momento a decirle que pase á mi cuarto, porque yo tambien tengo que comunicarle cierto asunto.

Apenas Jacobo concluyó de hablar, la tintorera ofreció una silla al padre Ambrosio, y se retiró

El padre Ambrosio tomó asiento.

— ¡Qué bello cuadro, señor Robusti! Esclamó el canónigo, que era en verdad inteligente en la pintura; ¡que lindo es este parque! Que vasto, que aéreo! ¡Estos pájaros raros, estos conejos, están contorneados y concluidos con admirable maestría; y sobre todo, esa cortina que se escapa del brazo de Susana es admirable!

— Y bien, yo no soy de vuestro parecer, padre mio, dijo la anciana, que entraba en este momento; esta cortina no esta bien.

— ¿Y que hallais en ella de malo, madre mía? dijo Tintoreto, riéndose, con la seguridad del que conoce la superioridad de sus conocimientos.

— Pues de pronto está muy mal teñida.. ¡Oh! no hay que reirse Jacobo, ni mover así la cabeza: yo sé alguna cosa de teñir, añadió gravemente la tintorera; y te aseguro, que si Susana manda lavar la cortina, ó si por azar, la deja caer un poco en el agua, la tela desteñirá, y el agua se pondrá sucia.. ¿Quieres apostar? Haz la prueba…

— En tintes, no digo menos, señora; pero en pintura es diferente, respondió el canónigo.

— He aquí otro, que no quiere comprender que todo es color, replico la tintorera con impaciencia.

— Quizá sea algo falso el color de esta cortina, dijo Jacobo reflexionando, mi madre puede tener razon.

— Al fin das la razon a tu madre, gracias á Dios, Jacobo! esclamó la vieja con aire satisfecho… hace ya mucho tiempo que te lo digo, que la pintura solo es un tinte empleado con mas delicadeza…

— ¿Y Dominico? Preguntó Tintoreto.

— Héle aquí, dijo el padre Ambrosio señalando al joven, que acababa de llegar al taller.

— Al ver el modo con que se adelantó, al ver sus maneras, era fácil conocer que le acababan de arrancar del sueño: sus ojos inflamados, sus facciones alteradas, atestaban una noche de agitación; y conservaban aun todo el aire de una persona dormida; mas la vista del padre Ambrosio, frio y severo, le despertó completamente. Dominico se dirigió hacia él, en una aptitud casi suplicante.

— Yo vengo á saber si el cuadro está concluido, señor Dominico, dio el canónigo con voz de trueno; estamos a veinte de Agosto, y según vuestras condiciones, el cuadro hubiera debido colocarse para la fiesta de la Virgen, que pasó hace ya cinco dias.

— Os aseguro, padre mio… os aseguro… balbuceó Dominico, extremamente embarazado.

— Que cuando se hace una promesa es menester cumplirla, caballero, contestó el canónico con dureza… Por lo demás, os vuelvo vuestra palabra, señor mio, guardáos el cuadro, y volvedme el dinero que os he adelantado.

— ¿Qué dinero? preguntó Jacobo.

— He pagado el cuadro, hace ya largo tiempo, contestó el canónigo.

— ¡Dominico, Dominico! ¿Y tu has consentido en recibir adelantado el dinero de una cuadro? Esclamó el Tintoreto lleno de indignacion.

— Sin duda para darlo á su hermana para el gasto de la casa (observaba la pobre abuela, siempre pronta á defender sus queridos nietos): Jacobo, tú no das nada, y sin embargo, es preciso sostener la casa. Dominico bajó la cabeza sin responder.

— Por otra parte, padre mio, dijo el Tintoreto un poco conmovido por la respuesta de su madre, os suplico tengais la bondad de escusar á mi hijo, en consideración de la carta que acaba de recibir del Rey de España Felipe II. Toma, Dominico, lee; pues para eso te habia hecho llamar.

Dominico tomó la carta de manos de su padre; pero apenas hubo fijado sus ojos sobre el contenido, esclamó:

— ¡Padre mio, no es para mi, es para Marietta!

— Un error!… hijo mio, un error, dijo Jacobo Robusti. Se trata, me parece del retrato de un Grande de España…y tu hermana, embarra, enreda con la pintura, pero no pinta; nada he visto de su mano, es una perezosa, una jóven que no es buena para nada, una jóven á quien hice aprender la música, y que sin embargo no sabe una nota.

— Mi hermana! Exclamo atónito el Dominiquito.

— Si, tu hermana, sin ir mas allá… en este momento le habia suplicado que cantase un ária para recrearme. La señorita, enojada sin duda por haberse levantado muy temprano, queria irse á acostar de nuevo; no puedo decir las tonterias que ha inventado por no hacerme este pequeño servicio… En fin, obligada por mi á coger su guitarra, se ha puesto á llorar de despecho.

— ¡Pobre Marietta! repetia Dominico enternecido.

— Tu pobre Marietta está cerrada con llave en su cuarto por ocho dias, observó Jacobo Robusti con serenidad.

— Cerrada! Esclamo Dominico fuera de sí; habeis reprendido á mi hermana, la habeis castigado, y ella no os ha dicho que era por mi causa, por acabar mi obra, por reparar el tiempo, el tiempo que yo pierdo continuamente, por lo que se levanta esa pobre niña antes del dia, lo que la hace abandonar la música; y aun no contenta con acabar mi obra… como ni vos ni yo, padre mio, añadió humildemente el jóven pintor; como vos ni yo, damos utilidad á la casa, es ella la que nos sostiene haciendo retratos. Si padre mio, la carta del Rey es para Marietta, no lo dudeis, yo os lo aseguro.

— Hija mia, hija mia! Decia Tintoreto con emocion, ¡y yo la he reprendido! ¡Oh! vamos, vamos á consolarla, pobre Marietta!… Permitid, padre, añadió, pasando por delante del canónigo y lanzándose fuera del taller.

Todos le siguieron con la mayor ansiedad, mas ¿cuál fuese admiracion, cuando al acercarse á la habitacion de la jóven hallaron las dos hojas de la puerta enteramente abiertas, sin hallar á nadie en el interior?

(Se continuará)

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