La moda femenina. La Mantilla


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             Abre esta sección un artículo dedicado a un elementos de la indumentaria femenina muy español como es: La Mantilla, fue publicado por la revista, dedicada a la instrucción de la mujer: El Correo de la Moda, el día 24 de enero de 1859, y se trata posiblemente de una traducción, ya que aunque se encuentra encabezado por la indicación de que su autor es: J. Mery; sin embargo, a la vez concluye con la firma de Ignacio Virto, asiduo columnista de la revista.

En próximos capítulos iremos hablando de otros elementos de la moda femenina, tal y cómo les eran presentados a nuestras congéneres del siglo XIX. Respetamos la ortografía original como es habitual.

La Mantilla. Por J. Mery

 

Vamos a referir a nuestras bellas lectoras el orígen de la mantilla, adorno peculiar de las damas españolas, tal y como ha llegado á nuestra noticia, á través de una fiel tradicion respetada por las generaciones.

Florian, escritor ilustre del siglo pasado, escribió en sus tiempos un poema titulado Gonzalo de Córdoba, cuya obra empieza con la siguiente invocación. (Dejaia de ser poema sino empezara invocando cualquier cosa.)

            “Castas ninfas que bañais las trenzas de vuestros dorados cabellos en las claras ondas del Guadalquivir…> etc.”

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Florian habia estudiado mucho á España, y aun se daba por sentado de que sabia su tantico de español; solo que, para mejor probarlo, no lo hablaba nunca. A fuerza de calentarse la cabeza y de hojear la historia de la antigua Iberia, llegó á descubrir que en cierta época, muy remota por cierto, se bañaban las jóvenes en la mansa corriente del Guadalquivir.

Esto es verdad, y el que no lo crea puede acudir al Romancero, y sabrá que las sevillanas tenian la costumbre de bajar todos los dias al rio en cuestion, donde en alegre estruendo quebraban los cristales de las claras linfas, como diria Calderon ó Tirso de Molina. Nosotros, á pesar de que respetamos á Florian y al romancero, estamos por creer que solo en Estío se entregarian á semejante diversión: lo contrario seria una locura, á no ser que en aquellos tiempos de bendicion estuviesen libres de pulmonias.

No falta quien asegura que á esta costumbre, y solo á ella, se debió la ruina de la monarquía goda y la pérdida de España. Indudablemente Rodrigo se enamoraria de Florinda, como David se enamoró de Betsabé, y su amor le costó la vida. Escepto en Troya, que nunca ha existido, el amor ha sido la causa de la mayor parte de los desastres humanos.

 Pues bien, fuera ó no cierto lo de que la batalla de Guadalete tuvo por causa los baños del Guadalquivir, lo que no debe ponerse en duda es, que cierto rey castellano dio en reflexionar en los males de su patria, y concluyó por publicar un decreto en que prohibia muy formalmente á todas la ninfas de sus estados que siguieran bañándose, y ordenándolas además que adoptaran un traje ó adorno que, velando la cara, apagase el fuego de sus miradas, á fin de que – decía el decreto – no se turbara el sosiego público.

¡Aquí de los llantos y la desolacion de las hermosas! ¡Prohibidos los baños! ¿Perdidas aquellas ocasiones de atraer galanes, como se vé en las comedias de los poetas citados, en que un lazo ó una cinta olvida en la orilla, daba márgen á una declaracion de amor, que concluia en el tercer acto por un casamiento! Y nos les faltaba razon: la costumbre que se prohibía ocasionaba infinitos duelos singulares, y causó por fin la batalla del Guadalete; y estas tragedias lisonjean siempre el amor propio de las Elenas.

Sobre todo donde mas lágrimas hizo derramar el decreto fué en Sevilla, sin duda por la proximidad del Guadalquivir.enlariberaromerotorres1928

 

 

¿Qué va á ser de nosotras, Dios mio? ¿Dónde irémos á bañar las tranzas de nuestros cabellos? ¿Qué traje inventarémos que pueda competir con el que nos prohibe injustamente el Rey? Decian las sevillanas.

Y así sudecia que se las veia bajar por las tardes, cubiertas con albornoces árabes, y sentarse tristemente en las márgenes del Guadalquivir, en donde lloraban amargamente, como las judia en las orilla del Eufrates, según dice aquel salmo:

Super flumina Babylonis stetimus et flevimus.

 Sevilla habia perdido su alegría, y el año su primavera: ya no se escuchaba una serenata, y el amor batia sus alas hácia otras regiones mas afortunadas.

Se habia querido evitar un mal y se daba en otro peor. Por fortuna tarde ó temprano todo se compone en este mundo.

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Vivia por entonces en Sevilla una doña Beatriz, hija de nobles padres, la cual era una de las infinitas ninfas  se solazaban en el Guadalquivir. El decreto del Rey habia venido á amargar la existencia de doña Beatriz, y á hacer que, como otras muchas, pasara su vida tristemente en las habitaciones mas retiradas de su casa, lamentando su desgraciada suerte.

Lloraba pues Beatriz, pero cuando una mujer es jóven y hermosa no llora por mucho tiempo; el deseo de agradar es tan vivo aguijon, que saca de su retiro á las mas rebeldes.

Dejo de llorar Beatriz y se puso a pensar.

El génio femenino es fecundísimo en recursos; nosotros decimos que el nuestro es noble y profundo, pero al lado del de la mujer, es pobre pobrísimo.

Solia decir así doña Beatriz: <¿Dónde se han ido aquellas horas que pasaba á las sombras de los jazmines que bordan la orilla del rio? ¡Cuántas conquistas hacia entonces en una tarde! ¡Cómo me seguían los apuestos galanes dirigiéndome alabanzas hasta el umbral de mi casa! Todos me decían que era hermosa, todos celebraban el brillo de mis ojos, el carmín de mis lábios y las rosas de mis mejillas! Y ahora todo ha desaparecido: ya no oigo serenatas á mi puerta, ni lisonjas á mi oído..>

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Diciendo estas cosas y otras muchas que suprimimos, se entretenia en pasar y repasar una aguja por entre las mallas de un tejido espeso, formando así maquinalmente una especie de tul bordado, con luengas hebras de hilos teñidas en negro de ébano.

No se daba cuenta Beatriz de lo que estaba haciendo; peor al fin se distraia, y ella no anhelaba otra cosa.

Antes que el Rey publicara el malhadado decreto contra las nereidas del Guadalquivir, habia ya dado Beatriz principio á su bordado, llevada de la idea de hacerse un velo que la cubriera de piés á cabeza, para sorprender con un golpe de efecto á sus compañeras de baño. Pero despues del edicto, le parecia ya inútil, y solo seguia bordando por distraerse, como hemos dicho.

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Dio al cabo fin a su tarea, y exhaló un suspiro al ver que era trabajo perdido.

El conde, su padre, tenia en su palacio una galería adornada con preciosos mármoles, entre los que sobresalia una estátua antigua representado á la Vénus de Praxiteles.

Dirigióse Beatriz á la galería, miró cuidadosamente á todas partes, escuchó, escudriñó, y hallándose completamente sola con los cuadros y los mármoles, saco sonriendo el bordado, fruto de tandas veladas; lo extendió en toda su longitud, y subiéndose a un escaño, empezó a probárselo á la estatua. Despues de amoldárselo de muchos modos, concluyo por fijar uno de sus extremos en la frente, en el sitio donde se paria en dos la cabellera, colocándolo de manera que quedaba la cara como encerrada en un marco formado por los negros pliegues del ligero tul, mientras que lo demas del bordado caia en graciosas ondulaciones por el seno y espaldad, ciñendo el talle y diseñando las preciosas formas.

Beatriz se bajó del escaño para juzgar del efecto que produciria á lo lejos el caprichoso adorno de su invencion.

La galería recibia la luz por un cierre de cristales fijo en el techo, de modo que no podia estar iluminada mas favorable y misteriosamente.

Betariz lanzó un ay! de admiracion. El mármol de la estatua se habia animado: un soplo de vida recorrian el poco antes frio pedestal.

¡Con qué gracia divina le sonreia Vénus, destacando su alabastrino rostro del negro velo que lo rodeaba! ¡Cómo se revelaban amorosamente á través de los graciosos pliegues los divinos contornos de aquel cuerpo esculpido por mano maestra! Beatriz no pudo menos de aplaudirse á si misma, y de esclamar.

— Ay !qué hermosa hubiera estado yo así!

Cuando se recreó todo lo que quiso en su obra, la quitó el ténue velo, que con tanta gracia cubria su hermosa desnudez, y colocándose ante un magnífico espejo de luna veneciana, empezó á probárselo á si misma.

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Entonces fue cuando prorrumpió en un grito de placer que hizo estremecer á la estatua en su pedestal. Beatriz se halló mas que hermosa: conoció que aquel velo la hacia seductora: sus ojos negros brillaban como dos estrellas á través del manto de Erebo, la diosa de la noche: su tez aparecía radiante de frescura, y se señalaban las líneas de su esbelto talle con una gracia desconocida hasta entonces.

(Se concluirá)

Ignacio Virto

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5 pensamientos en “La moda femenina. La Mantilla

  1. Me produce mucha curiosidad este tema porque tengo una mantilla, del tamaño de una goyesca, que es mezcla de mantilla española y francesa. Y eso me llama la atencion. ¿En que parte de la historia de la mantilla encaja algo asi?
    Gracias por todo lo que nos ofreceis. Un abrazo de Melusina

  2. me gustaria saber si existe algun texto o escrito para poder hacer una exaltacion a la mantilla para semana santa,agradeceria la ayuda

  3. Una explicación verdaderamente amena y muy buena narración. Mi más soincera enhorabuena.
    Estoy haciendo un trabajo para la Universidad y voy a intentar recopilar, que no copiar, la historia.
    Gracias, J. Mery por tan bonita historia, no dejes de terminarla.
    Saludos

seguicollar

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