Sirenas. En la mitología griega. Por Virginia Seguí

¿Qué es para Vd. una sirena? ¿Qué imágenes se le vienen a la mente cuando piensa en ellas? El repertorio de imágenes que cada ser humano tiene en su memoria y es capaz de asociar con cada uno de los conceptos en los que piensa es un producto de su mundo personal, del que forman parte su nacionalidad y cultura, su clase social, su educación, e incluso su carácter puede hacer que tengamos más o menos interés por investigar, conocer cosas nuevas y aprender; está claro que con el paso del tiempo las posibilidades de ver sirenas ha ido creciendo y desde luego actualmente estamos en el mejor de los momentos para ello, viviendo en un mundo dominado por la imagen; aunque aún así el saber cosas sobre sirenas o ver su imagen es más o menos fácil, dependiendo del ámbito en que cada uno se mueva.

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Circe, la diosa ninfa titánica. Por Virginia Seguí

         La estirpe de Circe (Halcón) es significativa pues su ascendencia entronca directamente con Urano el padre de los dioses ya que sus cuatro abuelos eran Titanes; su padre Helios era hijo de Hiperión y Tía, y su madre Perseis de Océano y Tetis; esto le da su carácter titánida siendo, a la vez, oceánica por su abuelo materno. Sus hermanos también fueron importantes; Eetes era el rey de la Cólquida y Pasífae reinó en Creta  junto a Minos; ella misma fue reina de los sármatas y, a la vez, ninfa, maga y hechicera; mujer de gran belleza e inteligencia que poseía grandes habilidades entre las que se incluía el conocimiento de las plantas y de la farmacopea, pues eligiéndolas cuidadosamente y mezclándolas adecuadamente preparaba filtros, bebedizos y brebajes para realizar sus hechizos, encantamientos y transformaciones lo que le hizo famosa desde tiempos remotos.

Las Metamorfosis de Ovidio contienen la descripción que Macareo, uno de los marinos compañeros de Odiseo, hace de su  llegada a la morada palacio de Circe, situada en la isla de Eea, y de lo que vio al entrar en ella: <Ella estaba sentada en una habitación, sobre un solemne trono; viste una túnica brillante y se envuelve en un manto dorado. Hay junto a ella ninfas y nereidas, que no hilan copos de lana con el movimiento de sus dedos ni estiran sus hilos: clasifican hierbas y ordenan en cestillos flores esparcidas en desorden y tallos d diferentes colores. Ella misma examina la labora que éstas realizan, ella sabe qué utilidad tiene cada hoja y cuál es la armonía de las mezclas y controla atentamente las dosificaciones […]>

Desde muy joven empleó sus poderes contra los hombres y se cuenta que su padre Helios tuvo que rescatarla y llevarla, en su flamante carro solar, a la Isla de Eea salvándola de una muerte segura ya que, en su propia ceremonia nupcial, dio un bebedizo emponzoñado a su reciente y flamante marido el rey de los sármatas lo que desató la cólera  y la ira del pueblo contra ella llegando a peligrar su vida. Desde entonces habitaba en la Isla de Eea, la leyenda de los argonautas sitúa geográficamente la isla en la entrada del golfo Adriático y hoy día se la identifica con Lussin cerca de Pola; aunque esto no está muy claro y Graves en su obra Los mitos griegos plantea una serie de discrepancias geográficas que presenta la Odisea al hablar de los vientos que dirigen a Odiseo hacia la isla de la maga Circe que le llevan a dudar de que el autor real de esta obra sea Homero dado el desconocimiento geográfico que observa planteando, incluso, la hipótesis de que el verdadero autor de la obra fuera una mujer compañera del poeta y rapsoda griego. Sigue leyendo

Dánae y la lluvia de oro. Por Virginia Seguí

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                Abande, el nieto de Dánao, reinaba en la Argólide, y de su matrimonio con Aglaya, tuvo dos hijos mellizos: Acrisio y Preto, dejando establecido que a su muerte sus hijos se alternaran en el gobierno. Pero éstos aunque no estaban conformes con ello acataron, en principio los deseos de su padre, ambos habían iniciado sus disputas ya en el seno materno y sus enfrentamiento no hicieron más que aumentar con esta medida.

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Dafne, la ninfa peneide. Por Virginia Seguí

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         Una disputa entre Eros, el indómito e irrespetuoso hijo alado de la diosa del amor, y Apolo desencadenó la tragedia de Dafne, la bella hija del río Peneo. Los peyorativos comentarios de este último sobre capacidad y el uso del arco de Eros, provocaron su ira y sus deseos de venganza ¿qué mejor venganza que demostrar a Febo, en su propia carne, todo el poder de sus flechas? ¡Ah, si no hubiera pronunciado esas palabras!, pero aún podía oírlas y las tenía presentes en su mente: ¿que haces tú, pequeño insolente, manejando armas tan poderosas?; el hijo de Zeus y Leto no debería haberlas pronunciado, aunque sus proezas con el arco y la gran certeza de sus disparos contra las bestias salvajes o sus enemigos fueran famosas; pero su arte, aquél que Febo había menospreciado, su capacidad de encender pequeños amores con sus antorchas le daba más poder de lo que en apariencia pudiera parecer; y cuando una de sus flechas era certera, los sentimientos que inculcaban en el blanco controlaban todas sus acciones.

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Calisto, la doncella de Nonacris. Por Virginia Seguí

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Calisto era la joven y bella hija de Licaón, la doncella de Nonacris, amazona perteneciente al séquito de la diosa Ártemis (la Febe romana); la mejor compañera de la diosa y virgen según ella exigía; quién pronto despertó la atención de Zeus (Júpiter para los romanos); el apetito sexual del crónida era insaciable y, pese a conocer que su esposa Hera no soportaba sus infidelidades, su pasión por la joven era tan fuerte que no pudo controlarla hasta que consiguió yacer con ella. Las fuentes cuentan que su madre, Rea, conocedora de sus debilidades le advirtió de los peligros del matrimonio y le prohibió casarse, y que ante esto su reacción no se hizo esperar; amenazándola con empezar por ella y cuando, para defenderse, Rea se convirtió en serpiente, él se transformó otra aún mayor y consumó su amenaza. Después de esto cumplió sus deseos casándose con Hera (Juno para los romanos); pero continuó: seduciendo, raptando, engañando e incluso violando mujeres sin reprimir sus instintos; a pesar de los celos y las represalias que su esposa aplicaba a las seducidas, engañadas o incluso violadas, sin valorar su grado de intervención en las acciones de su marido.

 Cierto día en que Calisto vestida con su indumentaria habitual: una túnica sujeta con fíbula y su abundante y revuelta cabellera sujeta por cintas blancas se adentro en un recóndito bosque del Ménalo, monte de la Arcadia, portando su carcaj, su arco y sus flechas; como correspondía a una joven del séquito de la diosa de las encrucijadas, Diana Trivia, se tumbó en la fresca hierba rendida por el cansancio tras un día de caza sin percatarse de que era acechada por Zeus; éste viéndola indefensa pero poco dispuesta a acceder a sus deseos urdió una treta para conseguir sus propósitos y disfrazándose de Ártemis la hizo creer que la diosa venía hacia ella. Confiada se levantó a saludarla regocijada, entonces él comenzó a besarla sin recato ni moderación y de forma impropia para una virgen; desvelando así su verdadera identidad al hacerlo, y aunque ella, al darse cuenta del hecho, lucharía para zafarse de sus brazos, él la inmoviliza impidiendo toda resistencia. Y ¿Qué muchacha mortal puede luchar contra el omnipotente Zeus?; quien una vez consumada su acción regresa presto al Olimpo, intentando evitar que Hera no se entere de su engaño.

Mientras la joven aborrece los árboles que saben lo ocurrido y la hierba testigo de su secreto, huye de allí  trastornada y olvidando casi sus preciados útiles de caza, intentando con ello borrar de su mente lo sucedido, cuando he aquí que Dictinia y todo su séquito avanzan hacia ella, mostrando orgullosas las piezas cazadas y al verla la llaman. Calisto turbada y temerosa de que nuevamente sea una argucia de Zeus intenta rehuir la llamada; más pronto, al ver que la diosa avanza acompañada de las ninfas se da cuenta de que no hay ningún engaño y se une al cortejo. Pero su rostro la delata, casi no puede despegar la mirada del suelo y no camina, como solía, junto a Ártemis a la cabeza de la comitiva, sino que permanece detrás en silencio ruborizada como prueba de que su pudor ha sido ofendido; de forma que las ninfas pronto se percatan de que algo ha sucedido.

Al llegar el cortejo a un fresco y recogido lugar del bosque por el que corre una corriente de agua la diosa propone a su séquito desnudarse y refrescarse en las cristalinas aguas; más la joven de Parrasia se ruborizó y cuando todas se despojan de sus velos, ella vacila; las ninfas ante sus titubeos le quitan sus ropas y entonces la desnudez de su cuerpo descubre su secreto; intenta cubrirse con las manos, mientras Cintia exclama ¡Aléjate de aquí, no contamines la pureza de las aguas!> y le ordena que abandone su séquito.

Hera, esposa del gran Tronante, que no había tardado en darse cuenta de lo sucedido,  una vez que nació Arcas, consideró llegado el momento de darle un serio castigo a la concubina que ya había dado a luz el fruto de su pecaminosa acción; lo que consideraba también una afrenta ya que el nacimiento del niño desvelaba la infidelidad de su esposo. Ideó su venganza sobre Calisto, deseando castigar en ella sobre todo lo que había sido la causa de la pasión de Zeus: su belleza; según relata Ovidio en sus Metamorfosis la diosa le agarró por el cabello y la obligó a postrarse ante ella, y mientras que la joven levantaba los brazos suplicante; éstos comenzaron a cubrirse de vello negro, sus manos se curvaron a la vez que les crecían afiladas garras, y ese rostro que había sido alabado por Zeus se deformó en unas grandes fauces; además la privó de la capacidad de hablar para que su voz no pudiera enternecer los corazones con palabras implorantes, así de su garganta sólo sale una voz ronca, iracunda y amenazante, que infunde pavor.

La transformación de Calisto en osa, no le impide conservar su mente lúcida y esto le lleva a manifestar su dolor con constantes gemidos a la vez que alza brazos al cielo por si el ingrato crónida se apiadara de su situación. Ahora debe vagar por el bosque, ese bosque tantas veces recorrido, por el que ahora vaga errante sin ni siquiera atreverse a descansar; acosada por los ladridos de los perros y aterrorizada por las mismas bestias salvajes a las que antes daba caza. Pero esto no era nada comparado con lo que le quedaba por vivir; pues pronto Arcas, su hijo, próximo a cumplir los quince años e ignorante de quien era su madre, al iniciarse en el arte de la caza se adentró en los bosque de Erimanto tras el rastro de animales salvajes, encontrándose de pronto frente a ella dispuesto a atravesarle el pecho con una flecha mortal. Este fue el momento que eligió Zeus para intervenir impidiendo el parricidio. Paralizó sus cuerpos y los elevó por el aire en alas de un veloz viento que los colocó en el cielo catasterizándoles convertidos en La osa mayor y la estrella Arturo, su guardián, en la cercana constelación de Bootes.

El destino final de Calisto en el cielo brillando con todo su esplendor enfureció aun más a Hera, ya que cuando llega la noche y la oscuridad se apodera del mundo la Osa mayor brilla en todo su esplendor y es como una herida que permanentemente reavivará su dolor; hubiera preferido que Zeus le devolviera su antiguo aspecto, como había hecho con anteriores amantes, o incluso que la hubiera conducido a su lecho; pero no soportaba el ultraje de dejarla brillar en el cielo convirtiendo en eterna su afrenta. Eso les dijo Hera a Tesis y Océano, quienes la habían criado, pidiéndoles ayuda.

Como ocurre en muchas ocasiones el relato tiene otras versiones: Ártemis, que exigía a sus damas la misma castidad practicada por ella, sería quien hubiera matado a Calisto al darse cuenta de que estaba embarazada, transformándola en osa y haciendo que la jauría la persiguiera hasta destrozarla, en un acto similar al que sucede con Acteón, y después Zeus la llevaría al cielo poniendo su imagen entre las estrellas. Otros dicen que el mismo Zeus la transformó en osa y que Hera hizo que Ártemis la cazara por error. Arcas sería salvado convirtiéndose en el antepasado de los arcadios.

La historia de Calisto demuestra una vez más el pensamiento vigente en la antigüedad clásica, Graves indica que la mitología no hace mas que transformar en relato mítico la historia real para hacerla comprensible al hombre de la época. Pero no deja de ser destacable el sistema utilizado para hacerlo, el hecho de que Zeus en la mayoría de las ocasiones en que se enamora y quiere yacer con una de las numerosas jóvenes que le apasionan utilice la fuerza para hacerlo, ya que ellas, normalmente, no están dispuestas a ello indica que la relación sexual entre hombre y mujer se equipara a una situación de dominio del varón sobre la hembra; y Graves relaciona habitualmente este tipo de acciones, normalmente violentas, de Zeus con las conquistas reales de los Dorios sobre ciudades o regiones dominadas por otros pueblos helenos. Por otro lado el relato de Ovidio sobre Calixto en sus Metamorosis, presenta también otro matiz que incide en el mismo sentido, y es el sentido culpa que sufren las jóvenes ultrajadas, quienes normalmente se esconden y se sienten culpables de haber sido violentadas, cuando en realidad son unas víctimas de Zeus. La actuación de Hera está también próxima a estos parámetros, ya que aunque siente ira contra su marido por sus acciones, esto no le impide considerar culpables a las jóvenes, a las que califica de rameras, meretrices, y otros improperios equivalentes y a las que castiga duramente, sin valorar si ellas sido forzadas o no por Zeus. Todo esto es destacable ya que a pesar del tiempo transcurrido desde que estos textos fueron escritos todavía, en la sociedad actual, podemos observar comportamientos similares herencia, sin duda, de este pensamiento sexista y patriarcal que ha prevalecido en el imaginario colectivo través de los siglos y que sigue siendo asumido por muchos hombres y mujeres del siglo XXI.

ÁRTEMIS frente al amor y la muerte. Por Virginia Seguí

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Posiblemente cuando Ártemis le pidió a su padre como regalo la eterna virginidad no tenia idea del verdadero alcance de su petición; hay que considerar que según los relatos tenía tres años cuando lo hizo; y aunque su condición de diosa nos induce a pensar que quizás tuviera mayor discernimiento que cualquier mortal a su edad, su petición debió ser hecha con la mayor de las inconsciencias.

Es posible que su visión sobre el tema estuviese mediatizada por la visión de este tipo de relaciones entre los dioses y las diosas del Olimpo y o entre unos y otros y el resto de los mortales, incluyendo los amores entre sus padres. Si consideramos que fue testigo, después de su propio nacimiento, y mientras ayudaba a su madre en el nacimiento de su hermano, de las dificultades que ésta tuvo para encontrar un lugar para alumbrarles no es de extrañar su decisión.

Fue también testigo de la violencia con que su madre tomó venganza de quienes estuvieron en su contra o quienes de una manera u otra la afrentaron; incluso fue, junto a su hermano Apolo, su mano ejecutora. Las historias de los relatos que cuentan las venganzas de Leto aún desprenden un sentimiento de impiedad que, sin duda, Ártemis debió sentir aún con mayor fuerza.

La leyenda relata que en los fértiles campos de Licia aun existe un viejo altar ennegrecido por el fuego de los sacrificios que, rodeado por juncos cimbreantes, se alza en medio de un lago y su sola visión hace pronunciar a los campesinos un escueto ruego: se propicia. Este altar no está dedicado a un dios de las montañas; sino que el ara pertenece a aquella que un día fue desterrada del mundo por Hera, esposa de Zeus, y que con dificultad fue acogida por la errante Delos, cuando aún era una ligera isla flotante para poder alumbrar sus hijos y cuando Leto, bajo un sol impenitente que abrasaba los campos pasó por los confines de Licia, patria de la Quimera, llevando a sus hijos hambrientos y casi deshidratados después de haber agotado la leche de sus pecho; sedienta y agotada ella por el largo esfuerzo pasó cerca de aquel pequeño lago en el fondo de un valle, les suplicó a los campesinos que recogían allí tallos de mimbre, juntos y algas amantes de los pantanos, permiso para saciar su sed y la de sus hijos; pero los campesinos se lo impidieron e incluso enturbiaron las aguas, de nada sirvieron sus ruegos, los campesinos le niegan lo que pide y además la insultan  y amenazan si no se aleja de allí. Entonces la ira le hace olvidar la sed a la hija de Ceo; y cesa en su súplica, ya no se rebaja sino que vuelve al cielo las palmas de sus manos y exclama: <que viváis para siempre en este estanque> los deseos de la diosa se cumplen. Y ahora puede vérseles bajo el agua y sumergidos todo su cuerpo en las profundidades del pantano o nadar y sacar la cabeza en la superficie. Ejercitan sus infames lenguas en continuas peleas y sus voces ya se han hecho roncas, sus gargantas tumefactas se dilatan en grandes bocas; su cabeza y la espalda se tocan, y el cuello parece desaparecer, el dorso se vuelve verde mientras que el vientre, que ocupa la mayor parte del cuerpo, se torna blanco; las ranas nuevas, van chapoteando por las aguas fangosas, en eso quedaron convertidos los campesinos bajo la ira de Leto.

Níobe y Anfion, tuvieron siete hijos: Sípilo Eupínito, Ismeno, Damasictón, Agénor, Redimo y Tántalo, y el mismo número de hijas: Etodea, o Neeera, según algunos, Cleodoxa, Astíoque, Ftía, Pelopia, Asticratía y Ogigia. Hesíodo dice que eran diez hijos y diez hijas. Níobe orgullosa de su progenie dijo que superaba a Leto en fecundidad provocando la indignación de la diosa envió a Apolo y Ártemis contra ellos. Apolo acabó con los varones mientras estaban de cacería en Citerón y Ártemis dio cuenta de las hembras durante el entierro de sus hermanos. Níobe acabó sola, sentada entre los cuerpos exánimes de sus hijos, sus hijas y su marido, y se siente endurecer por su desgracia, el aire no mueve ya sus cabellos y su rostro adquiere la lividez mientras sus ojos permanecen inmóviles en sus mejillas sin visión, la lengua se congela dentro del paladar endurecido, y las venas pierden la facultad de palpitar, el cuello no puede torcerse, los brazos no pueden hacer ningún movimiento, los pies no pueden caminar y también sus vísceras se han hecho de piedra, aunque todavía hoy del mármol brotan lágrimas y ya como estatua envuelta en un remolino de viento impetuoso llegó hasta su patria donde se consume incrustada en la cima de una montaña.

El episodio que relata la venganza de Leto frente el comportamiento de los campesinos de Licia y su impiedad hacia ella y sus hijos, aunque no justifica la crueldad de su venganza si permite comprender la actuación de la diosa, por las consecuencias que la acción pudo tener si no contra ella si respecto a sus hijos; pero la venganza sobre Niobe es a todas luces desmesurada para castigar una afrenta cuyas consecuencias no son equiparables al exterminio de toda una estirpe. Y ambas acciones ponen de manifiesto que Ártemis vivió desde muy temprana edad junto al ejercicio de la venganza y la crueldad. No debemos extrañarnos, por tanto de sus propias acciones cuando se siente ofendida o vulnerable y/o en peligro, como sucede en ocasiones en las que directamente se olvidan de ella o en las que intuye cierto acoso con  ocasión de posibles devaneos o escarceos amorosos.

El episodio de Eneo, rey de Calidón, es un ejemplo del primer caso, ya que al hacer una ofrenda a todos los dioses con las primicias de los frutos habidos durante el año en la comarca se olvidó de Ártemis, y ella, furiosa, envió un jabalí de tamaño y fuerza extraordinarios que dejaba yerma la tierra y aniquilaba los ganados y a todo ser con el que se que se topara. Eneo tuvo que convocar a los campeones de la Hélade y ofreció su piel como premio a quien lograra darle muerte, fueron muchos los que acudieron a su llamada, el primero de ellos su hijo: Meleagro y Driante, hijo de Ares; Idas y Linceo, hijos de Afareo de Mesina; Castor y Pólux hijos de Zeus y Leda, de Lacedemonia; Teseo, hijo de Egeo, de Atenas; Admito, hijo de Feres, de Feras; Anceo y Cefeo, hijos de Licurgo, de Arcadia; Jasón hijo de Esón, de Yolco; Ificles, hijo de Anfitrión, de Tebas; Pirítoo, hijo de Ixión, de Larisa; Peleo, hijo de Éaco, de Ftía, Telamon, hijo de Éaco, de Salamina, Eurition, hijo de Actor de Ftía, Atalanta, hija de Esqueneo, de Arcadia; Anfirao, hijo de Oícles, de Argos; con éstos también estaban los hijos de Testio. Esta cacería acabó en masacre ya que el interés de Meleagro por Atalanta fue motivo de discordia; algunos perecieron a manos del jabalí, y Atalanta fue la primera que consiguió herir a la fiera con sus flechas, Anfirao el segundo y Meleagro, le remató regalándole su piel a Atalanta; lo que el resto consideró inaceptable habiendo varones y provoco el enfrentamiento.

El origen de Orión tiene varias versiones unos dicen que nació de la tierra y otros que sus padres fueron Posidón y Euríale, y que su padre le concedió el poder de andar sobre las aguas del mar. Se dice que Ártemís mato a Orión en Delos ya que se atrevió a retarla a lanzar el disco y, en Grecia, el desafío a los dioses es un acto de insolencia que ineludiblemente provoca su ira. Otros vinculan su muerte con la violación de Opis, una de las vírgenes venida de los Hiperbóreos y que esto fue lo que provocó la ira de la diosa que lo abatió con sus flechas. Sin embargo, Eratós-Tenes en su obra Catasterismos, afirma que a quién intentó violar fue a la propia diosa y ésta hizo brotar de la tierra un gigantesco escorpión que acabo con él. Posteriormente Zeus catasterizó a ambos. Aunque Higinio en su Astronomía, asegura que Orión se había vanagloriado de ser capaz de matar a todo animal con el que se topase, y que la tierra, indignada, había hecho surgir este inmenso escorpión, para que acabase con él, por ello la constelación de Orión huye continuamente de la de Escorpión.  

El suceso de Acteón está más explícitamente relacionado con su virginidad, aunque existen varias versiones sobre el tema al parecer Acteón o bien había tratado de unirse a la diosa, o bien se había jactado de ser mejor cazador que ella, diversos autores tratan el tema Higinio, Diodoro Sículo, Pausanias y Ovidio, este último, en sus Metamorfosis, relata los hechos: Acteón, era hijo de Autónoe y Aristeo y fue criado junto a Quirón siendo especialmente adiestrado en el arte de la caza, y fue precisamente en una de sus cacerías cuando de manera inesperada se encontró en el peor lugar posible, el refugio de Ártemis, en un valle próximo a la zona de cacería de Acteón llamado Gargafia, existía un lugar consagrado a Ártemis, la diosa del vestido remangado, y en un lugar escondido del bosque una gruta tallada por la misma naturaleza de forma artística; a la derecha una límpida fuente de aguas tranquilas formaba un estanque rodeado de orillas herbosas y  allí solía rociar de agua sus virginales miembros la diosa Ártemis cuando estaba fatigada de la caza. Solía entrar en la cueva y entregar la jabalina, la aljaba y el arco destensado a una de las ninfas que le llevaba las armas, depositaba su túnica en los brazos de otra; mientras otras dos soltaban las ataduras de sus sandalia, y Crócale, hija de Ismeno, la más hábil de todas, le recogía los cabellos que le caen sobre el cuello, en un moño, aunque ella misma los lleva sueltos. Nefele, Hiale, Ránide, Psécade y Fiale sacan el agua y la vierten sobre ella con grandes vasijas.

La Titania se bañaba en la fuente, como acostumbraba, cuando el nieto de Cadmo, que vagaba sin rumbo fijo por esa parte desconocida del bosque, llegó al rincón sagrado de la diosa. Tan pronto como entró en la cueva en la que brotaba el manantial, las ninfas, desnudas, al ver entrar a un hombre empezaron a golpearse el pecho, y de repente todo el bosque resonó con sus chillidos mientras rodeaban a Ártemis para taparla con sus propios cuerpos, lo que conseguían a duras penas ya que ella era más alta y sobresalía por encima de todas ellas.

El rubor se adueñó del rostro de la diosa al ser vista sin sus ropas, aunque estaba protegida por sus compañeras que se agolpaban a su alrededor, se colocó de costado y volvió el rostro hacia atrás. Al faltarle las flechas solo pudo arrojar agua al rostro del joven mientras lanzaba palabras de venganza que hicieron presagiar la inminente tragedia: <y ahora ve a contar por ahí que me has visto sin velos, si es que puedes.>

Aun no había acabado de pronunciar estas palabras cuando el joven siente que en su cabeza aún chorreando agua, comienzan a puntar unos cuernos de ciervo adulto, se alarga su cuello y se afila la punta de sus orejas, a la vez que sus manos se convierten en   pezuñas y sus brazos en largas patas, su cuerpo se recubre con una piel moteada y una innata timidez le domina. Comienza una carrera de huída el hijo de Autónoe, y se sorprende de su velocidad, solo la visión de  sus cuernos y hocico reflejados en el agua le hacen comprenderla realidad y aun intenta decir: <pobre de mi>, aunque solo un gemido sale de su boca mientras sus lágrimas se deslizan por su rostro que ya no es el suyo; aunque su mente aún permanece como antes, permitiéndole pensar soluciones, no puede permitirse dudar, la jauría de perros viene pisándole los talones, puede ver y sentir a sus propios perros tras él, aunque ellos no le reconocen. Ovidio describe:  

“La manada entera le persigue por rocas, peñascos y riscos inaccesibles, allí por donde el camino es difícil y allí por donde no existe camino, ansiosa por capturar a la presa. Él huye por los mismos lugares por los que tantas veces ha sido perseguidor, huye, ¡Ay! De sus propios criados. Querría gritar: Soy Acteón ¿No reconocéis a vuestro amo? Pero le faltan las palabras, y el aire retumba con los ladridos. Melanpo e Ignóbates de fino olfato, fueron los primeros en dar la señal con sus ladridos: Ignóbates de Cnoso, Melampo de raza espartana. Después más veloces que la rápida brisa, salieron corriendo todos los demas: Pánfago, Dorceo y Oríbaso, todos de Arcadia; el valiente Nébrofono y el cruel Terón, junto con Lélaps, Itérelas, apreciada por sus pies, y Agre, apreciada por su olfato; Nape, hija de un lobo; Pémenis, guardián de ganado y Harpía, acompañado de sus dos hijos, y Ladón de Sición, de delgados flancos, y Drómade y Cánaque, y Escicte, y Tigre y Alce, y Leucon, de nívea piel, y Asbolo, de piel negra, y el poderosísimo Lacón y Aelo, resistente en la carrera, y Too, y la veloz Lamisca con su hermano Cirpio, y Hárpalo, con su mancha blanca en su negra frente, y Melaneo y Lacne, su cuerpo hirsuto, y Labro y Agriodonte, nacidos de padre cretense pero de madre laconia, e Hilactor, de aguda voz, y otros que sería largo recordar.

La primera herida se la hizo Melanquetes, luego Terodamante, y luego Orestíforo, que se aferró a su hombro: habían salido más tarde que los demás, pero habían atajado por el monte. Mientras estos retienen a su amo, el resto de la manada se le echa encima y le clava los dientes por todo el cuerpo. Ya ni siquiera queda sitio para más heridas. El gime, y su quejido, aunque no es el de un hombre, tampoco es el que podría emitir un ciervo; llena con sus tristes lamentos las conocidas cumbres, y postrado de rodillas, suplicante, dirige alrededor su muda mirada, como si implorara, como si pidiera ayuda con los brazos tendidos.”

Y dicen que la cólera de Ártemis, la diosa de la aljaba, no quedó satisfecha hasta que las numerosas heridas acabaron con su vida. Muerto Acteón, sus perros daban fuertes aullidos buscando a su amo y en su búsqueda arribaron a la cueva de Quirón, quien fabricó una figura de Acteón que logró apaciguar su dolor.

Los comentarios son discordes: algunos piensan que la diosa fue más cruel de lo necesario, mientras que otros la elogian y consideran que actuó de acuerdo con su estricta castidad; unos y  otros aducen sus razones. La esposa de Zeus es la única que no se pronuncia ni para condenar ni para aprobar el castigo. Sencillamente, se complace de la desgracia que ha caído sobre la casa de Agénor, y hace recaer el odio que siente hacia su rival de Tiro. Sobre todos los de su estirpe. Y he aquí que al primer motivo se le añade otro: ahora se duele de que Sémele este embarazada de las semilla del poderoso Zeus.

La ausencia de amor se hace patente en estos relatos de la vida de Ártemis, sin embargo, la muerte parece su más asidua compañera.

ÁRTEMIS. Nacimiento y naturaleza. Por Virginia Seguí

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Ártemis y su hermano gemelo Apolo fueron el fruto de los amores incestuosos de Zeus y Leto que se unió al crónida aun sabiendo que sufriría la ira de Hera quien rugía colérica contra las parturientas que daban hijos de Zeus; especialmente contra ella, pues sabia que Apolo sería muy amado por su padre en detrimento de su hijo legítimo Ares; intentó impedir el alumbramiento y juró vengarse de quienes le prestaran ayuda o asilo, para impedirlo hizo que Ares vigilara los confines de la tierra desde la cumbre del monte Hemo, en Tracia y a Iris, la hija de Taumante, la puso a vigilar las aguas y las islas en lo más alto del monte Mimante en la costa minorasiática cerca de Quíos. Ambos desde sus posiciones amenazaban a las ciudades y regiones a las que se acercaba Leto, torturada por los dolores de parto, impidiendo así que la acogieran.

Leto pedía auxilio invocando afinidades, en Ftiótide, a las Ninfas Tesalides hijas del río Peneo, para que éste detuviera sus aguas y que los hijos de Zeus pudieran ver ellas la luz, o al monte Pelión en Tesalia, al que imploraba: <¡Oh Pelión, antro nupcial de Filira, no me rechaces tu, no me rechaces, pues hasta las feroces leonas depositan sus indefensas crías con frecuencia en tus laderas> pero las amenazas de Ares siempre se lo impiden. Entonces lo intentó en las islas pero tampoco ellas le acogieron, ni Equínades, ni Cercira, ni otras que eran siempre disuadidas por Iris.

Algunas fuentes citan a la isla de Ortigia como el lugar en el que, finalmente, fue admitida Leto, Estrabon identifica esta isla con un islote llamado Renía, allí pudo nacer Ártemis; quien luego ayudó a su madre en el parto de su hermano gemelo, que nacería en la errante isla de Asteria o Delos, como se llamó después. La identificación de Delos con Asteria se debe a que la primera recibiría ese nombre en memoria de la hermana de Leto que se arrojó al mar para no unirse a Zeus y que de esta manera, en cierta forma, ayudaría a su hermana acogiéndola y enfrentándose a Hera diciendola: <Haz de mí lo que quieras, pero no me voy a cuidar de tus amenazas. Ven, ven a mí Leto>, la titánida, agotada, reposó junto al cauce del río Inopo que crece cuando el caudaloso Nilo lleva su corriente en plenitud, ya que entonces se creía en la unión subterránea de ambos ríos. Luego Asteria pasaría a ser la isla de Delos, cambiando su naturaleza errante al quedar fijada al fondo del mar por unas columnas. Calímaco, en su Himno a Apolo, sólo nos relata el nacimiento de éste; pero Apolodoro en su Biblioteca Mitológica refiere también el de Ártemis.

La ayuda prestada a su madre, en el nacimiento de su hermano, hizo que las Parcas o Moiras nombrarán a Ártemís patrona de las parturientas, siendo desde entonces invocada por ellas cuando atormentadas por los dolores del parto llega el momento del alumbramiento.

Ártemis a diferencia de lo que sucede con sus hermanas, Afrodita y Atenea, tiene una infancia de la que se conocen detalles; es nuevamente Calímaco, en su canto a la diosa, quien nos los relata. Siendo aún muy niña y estando sentada en las rodillas de su padre, Zeus, se dirigió a el en tono infantil: <Dame, papá, una eterna virginidad, y muchos nombres, para que Febo no me aventaje. Dame también flechas y un arco. No, deja, padre, no voy a pedirte ni una faretra ni un gran arco; ya me fabricaran los Cíclopes en un instante los dardos y un arco flexible. Permíteme, sí, llevar antorchas y ceñirme una túnica con cenefa hasta la rodilla, para matar bestias salvajes. Dame también un coro de sesenta Oceaninas, todas de nueve años, todas aún sin ceñidor. Dame veinte ninfas Amníscides por criadas, para que cuiden bien de mis sandalias y, cuando haya terminado de disparar mis flechas contra linces y ciervos, de mis veloces perros. Dame todos los montes y una sola ciudad, la que tu quieras. Raro será que Ártemis baje a una ciudad […]>. Después de hablar así la niña quería acariciar el mentón de su padre, pero éste no se lo permitió y la contestó riendo: <Que las diosas me den hijos semejantes, y me preocuparé bien poco de las iras de Hera. Recibe, hija, cuanto has querido pedir, y mucho más que voy a darte yo. Treinta ciudades te concederé, y no sólo un recinto amurallado; treinta ciudades que no venerarán a otra divinidad que no seas tú, y serán llamadas de Ártemis. Compartirás con otros dioses otras muchas ciudades, tanto del interior como costeras, y en todas habrá altares y bosques consagrados a Ártemis. Y serás protectora de los caminos y los puertos.>

Poco después de esto la niña partió a Leuco, en Creta y desde allí al Océano, donde escogió a numerosas ninfas tal cómo había pedido a su padre con gran júbilo de Cérato y Tetis al enviar a sus hijas como compañeras de la Letoide.

Encontró a los Ciclopes en la isla de Melingúnide, actual Lípara, fabricando en los yunques de Hefesto un abrevadero para los caballos de Posidón, todos con un único ojo bajo la ceja que causaron terror entre las ninfas que la acompañaban, pero ella ya había estado sentada en las rodillas de Brontes, incluso le había arrancado un mechón del espeso vello que poblaba su pecho, y muy tranquila les dijo: <Cíclopes,¡ea!, fabricadme un arco Cidonio, y flechas, y una aljaba hueca para los dardos. También yo soy Letóyade, como Apolo. Y cuando mi arco cace una bestia solitaria o un animal enorme, se lo podrán comer los Cíclopes> y al instante quedó armada la diosa.

Sus artes de cazadora no estarían completas sin una jauría y por tanto fue a la Arcadia, al antro de Pan, en su busca, consiguiendo del Barbudo: <dos perros de color blanco y negro, tres de color rojizo y uno moteado, de los que son capaces de derribar a los propios leones, saltándoles a la garganta y de arrastrarles aún vivos hasta el cercado; te dio siete Cinosurides mas rápidas que el viento, las mas veloces para perseguir a los cervatillos y a la liebre que no cierra los ojos, las mejores para rastrear la guarida del ciervo y los cubiles del puercoespín, ideales para conducirte tras las huellas del corzo>.

Y ya en Creta, junto al monte Parrecio, consiguió domeñar dos parejas de los mejores ejemplares de ciervos que unció  a su carro de oro, y en él subió hasta la cumbre del monte Hemo, en Tracia, donde eligió el mejor de los pinos para construir su antorcha; encendiéndola en el monte Olimpo misia con un soplo de la luz inextinguible que despiden los rayos de tu padre, Zeus. A continuación probó sus artes de caza disparando su nuevo arco de plata; primero contra un olmo, luego contra una encina y por tercera vez contra un animal salvaje; finalmente contra una ciudad de malvados criminales. Las ninfas amisias cuidaban tus ciervas y las alimentaban con tréboles instantáneos de la dehesa de Hera, los mismos pastos donde pacían los cordeles de Zeus.

Son múltiples sus nombres, tal como prometió el crónida, y entre ellos el primero: Ártemis Partenia como doncella y virgen; Quitona por tu túnica apropiada para la caza y Hémera como amansadora o paciguadora; Muníquia como protectora de puertos. La doncella del arco de plata fue el miembro más joven de la familia olímpica y Ártemis era un título más de la triple diosa Luna. Pero en otros lugares, como en la ciudad de Éfeso, era adorada como Ninfa, una especie de Afrodita orgiástica con un consorte varón, siendo sus emblemas la palmera, el ciervo y la abeja.

LAS VALKIRIAS. Por Virginia Seguí

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Los documentos básicos o fuentes literarias de información  sobre la mitologia de los llamados pueblos gotónicos son básicamente tres los dos Eddas, uno en prosa y otro en verso, y la Historia Danesa de Sexto Grammatico, documentos que junto con las sagas y los poemas escáldicos sustentan la base literaria de la mitología de los pueblos del norte. Los expertos fechan los poemas del Edda en verso en el siglo IX, habiendo adquirido su forma definitiva antes de finalizar el período pagano, sin embargo el Edda en prosa y la Historia Danesa están datados en el s. XIII, después de la introducción del Cristianismo en Islandia.

 

Uno de los manuscritos del Edda en prosa, el Uppsálabók, contiene una reseña escrita después de la muerte de su autor en la que se indica que estamos ante el Edda en prosa y que autor es el islandés Snorri Sturlusson (1179-1241). El significado de la palabra Edda ha sido objeto de discusiones, Eirikr Magnusson dio la que, hoy día, parece más apropiada indicando que Edda sería el genitivo del topónimo Oddi, lugar de Islandia donde Snorri vivió en su juventud junto a su abuelo Sämund el Ilustrado; de esta forma Edda seria El libro de Oddi. Sin embargo, la tradición atribuía al propio Sämund la autoría del libro y la inscripción indicando que el autor era Snorri, desconcertó a los expertos y les hizo pensar en la existencia de otro Edda anterior, que finalmente fue hallado, en 1643, por Brynyólf comprobando así la existencia de un corpus con veintinueve poemas, algunos de ellos citados por Snorri. No obstante parece imposible que Sämund compusiera alguno de ellos, aunque lo que sí es posible, es que formaran parte de su biblioteca lo facilitaría su conocimiento a Snorri.

 

El Edda en verso contiene poemas mitológicos que nos hablan del mundo de los dioses y poemas heroicos que nos hablan del mundo de los hombres. Según Branston el Edda de Snorri es una especie de manual, con un prólogo en el que se amalgaman historias bíblicas y mitos paganos clásicos y/o nórdicos. Una segunda parte centrada ya los mitos nórdicos que se basaría en tradiciones orales, el Edda en verso y antiguos escaldas. Una tercer que contiene el Skaldskaparmal o Prosa de los Escaldas y una cuarte y ultima parte o Háttatál con explicaciones del propio Snorri sobre técnicas métricas, con ejemplos de estrofas y diferentes tipos métricos.

 

Snorri nos habla de las Valkirias en la parte en la que trata lo que tradicionalmente la mitología germánica denomina: La elección violenta de los muertos. Describe a las Valkirias y a los Campeones y menciona el Walhalla (Salón de los Matados) en Gylagiming II, describiendo la llegada del rey Gylfi a Asgard y la visión del monarca: <una sala tan alta que a duras penas se distinguía su techo. La tejaban escudos de oro, como la techumbre, hecho al que también se refiere Zyódólfr de Hvin, el cual implica que el Walhalla tenía adargas por tejas […] Vio un amplio espacio y muchas gentes jugando, otras bebiendo, otras armadas y peleando. Miró rápidamente a su alrededor y mucha cosas que presenció se le antojaron totalmente increíbles..>

 

Las Valkirias, son para Snorri una especie de diosas menores, a las que atribuye el deber de servir en el Walhalla, debiendo preparar las mesas y servir la bebida, manteniendo las jarras llenas. Al parecer los guerreros bebían una especie de hidromiel que brotaba de las ubres de la cabra Heidrun, que a su vez se alimentaba cada día alzándose sobre sus patas traseras y comiendo las puntas de las ramas del pino Läradr.

 

Las Valkirias eran enviadas de Odín en las batallas y se dedicaban a elegir a los hombres destinados a morir, decidiendo sobre quién obtendría la victoria. Se las relaciona con Las Normas, al decir: <Gudr, Róta y la menor de las Normas, llamada Skuld, cabalgan siempre para seleccionar los muertos y ordenar el combate>. No se describe físicamente a las Elegidoras de los Matados, pero sus nombres: Hacha del tiempo, Furiosa, Guerrera, Portaescudo, Hierro de Hueste, Destructora de Planes etc; hace que las equiparemos con las Amazonas y consideremos que tienen capacidad de ordenar la lucha y decidir sobre los vencedores. Aunque hay discrepancias sobre el lugar dónde las Valkirias procedían a seleccionar a los campeones muertos..

 

El significado del nombre de Valkyrya es literalmente: Seleccionadora de los que murieron violentamente, acepción que parece inherente del primer uso que se dio a la palabra, significado que no se circunscribe sólo a las lenguas escandinavas sino que lo encontramos también en las anglosajonas.

 

Los Glosarios Rimados o Zulor contienen dos listas de nombres de Valkirias. La primera contiene nueve relacionados con los hados o Norns; en la segunda figuran veintinueve. En ambas se las cita como Valkirias o doncellas de Odín, dependiendo de él y cabalgando por la tierra, sin determinar su sentido originario, es claro que sus nombres y descripciones parecen retratar a las antiguas amazonas clásicas que recorrían a caballo las comarcas.

 

En cierto sentido la descripción de las Valkirias en los Eddas está, en ocaciones, bastante domesticado y aún manteniendo en ellas algún aspecto belicoso, las describen preparando las mesas y sirviendo la bebida a los hombres; coincidiendo en esto con los poemas escáldicos del siglo X: El Eiríksmál (La canción de Eric) y El Hákonarmál (La canción de Hákon). Aunque en éste vemos una versión algo más aguerrida cuando, al describir cómo en la batalla Hakon recibe la herida mortal leemos: <[…] herido el soberano oyó a las Valkirias charlando/ bizarra prestancia tenían bajo los cascos,/ con los paveses al hombro>.

 

En el Helgakvida Hyörvardssonar 17, del Edda en verso, se las describe no eligiendo a los muertos sino siendo una especie de ángeles custodios, llevando las naves de Helgi a buen puerto: <Había tres naves en fila;/ una doncella cabalgaba al frente,/ calado el casco y blancas por completo;/ al encabritarse sus caballos,/ de sus crines se desprendían/ rocíos para los profundos valles,/ granizos para los bosques altos/ donde los hombres tienen sus cosechas>. Esta descripción contiene un carácter más primitivo de las Valkirias. Y los nombres que se mencionan también inciden en este sentido: Hölkk  (Gritadora), Göll (Aulladora), Skögul (Furiosa).

 

En el poema escáldico Darradarlyód y en el Lay de los Dardos, las valkirias son mucho mas guerreras, y esta tradición es la que recogió Gray en su obra Las Hermanas Fatales, en el que las Valkirias se llaman a si mismas amigas de Odín, limpian sus armas manchadas de sangre, y tejen una urdimbre victoriosa que gotea sangre, una urdimbre compuesta de tripas de hombre y lastrada con cabezas humanas, sus nombres son: Hildr, Hyörzrimul, Sangríd, Svipul, Gunnr y gandul, en el poema dicen con claridad: <Nosotras, las Valkirias podemos ordenar la batalla,/ ¡Cabalguemos a lo lejos,/ a lomos desnudos de nuestros caballos,/ empuñando las espadas!>  

 

Su descripción es mucho más dramática, sedientas de sangre y muerte, se alejan de las amazonas de Snorri, incluso se las llega a relacionar con las brujas, más cercanas a las que aparecen a las sagas, como en la del rey Haraldr, al zapar de Noruega hacia Inglaterra, Gyrdr, uno de sus hombres soñó: <[…] creyó estar en la nave del rey, y vio una gran bruja en la isla, con una horca en la mano y una artesa en la otra..> ; otro hombre Tord, soñó: <que al frente de los naturales del país cabalgaba una descomunal bruja a lomos de un lobo; ése llevaba un cadáver humano en la boca, y la sangre chorreaba de sus mandíbulas; y cuando hubo devorado aquél, la mujer le echó otro y otro, y así engulló a todos>. Por otro lado en el Grimnismál se citan trece Valkirias igual que el número de brujas que forman un aquelarre.

 

En un sentido originario serían criaturas emparentadas con Odin, cuando este tenía aún un sentido primitivo de dios del viento furioso que cruza el cielo y sus nombres así o atestiguan, con atributos ruidosos como: Gritadora, Aulladora, Furiosa, Estremecedora; se asocian a el como conductor de almas, siendo ellas almas primero y coincidiendo, en este sentido, con las Furias griegas, atormentadoras de espíritus y castigadoras de almas. Valkiria seria una denominación tardía, de algo que ya existía en la mente de los hombres, apareciendo como necesarias cuando Odín comenzó a destacar como dios de la guerra. Después su sentido fue evolucionando junto con la organización social de los propios pueblos gotónicos, adaptándose y convirtiéndose en una especie de damas de cierto rango, que servían las bebidas en la mansión de Odín. La tradición popular las ha convertido en mujeres míticas en las que se unen la vida y la muerte y en las que se mezcla una extraña belleza salvaje y ferocidad que se combina con su natural feminidad y fortaleza dándoles esa misteriosa sensualidad que todavía percibimos cuando las imaginamos.

Los desamores de Atenea. Por Virginia Seguí

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La mitología griega relata que Atenea, la hija de Zeus, antepuso a su nombre la palabra: Palas, dado su significado doncella, encontramos el hecho muy significativo ya con ello se confería esta condición como atributo y, aunque no es el único, si destaca frente a la frecuente promiscuidad de muchos de los dioses y diosas del Olimpo. Aunque habría que señalar que no es la única diosa con esta condición pues Artemis ante la pregunta de su padre, Zeus, sobre qué deseaba como regalo, con tan sólo tres años de edad, contestó que la eterna virginidad.

La mitología griega está llena de intentos de cambiar la condición de doncella de Atenea, ya que su belleza provocó intentos de seducción, violación, maledicencia, etc., que, al parecer, no se llevaron a término.

La justificación de este primer nombre: Palas; antepuesto, no añadido, al de Atenea ha sido atribuida a varias circunstancias, partiendo de la identificación de Atenea con la diosa libia Neith, y la costumbre de las vírgenes aspirantes a sacerdotisas de luchar entre sí para adquirir la condición de tales, que justifica el enfrentamiento con su hermana adoptiva Palas y la muerte de ésta; con la consiguiente adopción de nombre de su hermana en su recuerdo.

Otra justificación al uso de Palas como primer nombre la encontraríamos en los relatos de algunos autores latinos que recogen una leyenda griega en la que la diosa sería la hija de de un gigante-cabra llamado así; y que éste en un momento dado intentó ultrajarla, por lo que Atenea lo desolló, fabricándose con su piel su famosa égida (Túnica de castidad hecha de piel de cabra y utilizada por las muchachas libias) para, a continuación, apropiarse de sus alas y colocárselas sobre sus hombros, y una vez hecho esto, antepuso a su nombre el de su padre; pasando a ser desde entonces: Palas Atenea.

Dado el significado, ya mencionado, de la palabra Palas, podríamos encontrarlo poco apropiado para ser el nombre de un gigante-cabra alado. Circunstancia que se integra también por el hecho de que la leyenda posiblemente recoge la tradición libia del matrimonio con cabras, que se extendió por Europa como parte de las celebraciones de las fiestas del solsticio de primavera, que fue recogida en una pintura que representa el matrimonio ritual entre un rey cabra y Atenea Lafria, tras una lucha armada entre ambos.

Muchos, dioses, titanes y gigantes deseaban casarse con Atenea, pero ella siempre rechazaba sus insinuaciones. Se cuenta que durante la guerra de Troya le pidió a Hefesto que le hiciera un juego de armas especiales para ella, ya que al no tener unas propias cuando las necesitaba se las pedía prestadas a Zeus. Hesfesto aceptó el encargo pero no quiso ponerles precio, diciendo únicamente que aceptaría el encargo por amor. Con motivo de esta afirmación, y dado que la diosa no interpretó con claridad el significado de las palabras de del dios, Posidón ideó un plan para gastarle una broma, diciéndole que Atenea iba hacia su fragua a cumplir el compromiso; esto, en parte era cierto pues Atenea se dirigía hacia allí pero con el único interés de comprobar los avances de su encargo, sin embargo, para su sorpresa, el dios contrahecho engañado por Posidón se giró bruscamente e intentó violarla, ella se apartó de él y Hefesto eyaculó en su muslo, por encima de la rodilla; el puñado de lana que utilizó para limpiarse fue arrojado violentamente sobre la tierra, fertilizándola, y poco después nació Erictonio que fue la consecuencia de esta acción, y su madre la Tierra se negó a criarlo.

Atenea se ocupó de él, pero para impedir que Zeus se burlara de la broma lo escondió en una cesta sagrada y se lo entregó a Aglauro, hija mayor del rey ateniense Cécrope, indicándola que lo guardara celosamente. Erictonio fue criado por Atenea con tanto cariño que muchos creyeron que era su madre; llego a ser rey de Atenas, donde instituyó el culto a Atenea, enseñó el uso de la plata a su compatriotas e introdujo el uso del carro tirado por cuatro caballos por lo que su imagen convertida en la Constelación del Auriga fue puesta entre las estrellas.

Las historias mitológicas sobre Atenea pueden haber sido adaptadas a las necesidades políticas de los atenienses ya que para ellos la virginidad de la diosa era símbolo de imbatibilidad de su ciudad: Atenas; por ello hay autores que piensan que pudieron reinterpretarse los primitivos mitos en los que la relación de Atenea con Hefesto fuera mucho más consentida y que hubiera dado como fruto a Erictonio, Apolo y Licno; y del mismo modo los ultrajes que intentaron Posidón o Bóreas, no hubieran sido tales. Erictonio es quién mayores dificultades presenta dado la existencia de imágenes  arcaicas en las que puede verse a un bebe-serpiente asomarse desde la égida de Atenea.

Estas opciones pueden apoyarse en dos cuestiones; en primer lugar y respecto a Bóreas, viento del norte con cola de serpiente e hijo de Astreo y Eos, habría que considerar su origen libio y sus primeras apariciones como Ofión o Erecteo y la relación de éste último con Atenea Pôlias (de la ciudad); la amada de Bóreas era una diosa local del culto al caballo, lo que llevó a los atenienses a considerar a Bóeras como su cuñado. En segundo lugar y respecto de Posidón considerar el hecho de que se considere a Erictonio el introductor del carro de cuatro caballos, atributo propio del dios del mar quien es considerado el creador del caballo y de sus bridas, aunque esto último se lo disputaba con Atenea, pero lo que nadie pone en duda es que fue él quien instituyo las carreras de caballos donde las cuadrigas de cuatro ejemplares eran la mayor atracción. Todo esto sugiere posibles relaciones más directas y consentidas entre estos dioses y Atenea.

Algún autor menciona que Atenea era tan pudorosa como Artemis pero mucho más generosa y cuando un día en que se estaba bañando fue sorprendida por Tiresias, la diosa le cegó poniéndole su mano sobre los ojos, pero para compensarle le dio la visión interior.

Se considera que fue Atenea quién comenzó la enseñanza de la ciencia de los números y de todas las artes femeninas, entre ellas tejer, hilar, cocinar, etc,  que era muy celosa de ellas, de hecho el único acto de celos que se le conoce tiene relación con las artes femeniles. Se cuenta que Aracne, princesa lidia, civilización famosa por sus tintes púrpura era una experta en el arte del tejido. Atenea conocedora del hecho se desplazó a Colofón para ver los tejidos de la princesa, que le mostró su mejor lienzo en el que había tejido escenas de romances olímpicos y Atenea lo observó con detenimiento en busca de algún fallo, al no encontrarlo, destrozó la pieza y la ira la dominó, de manera que asustada Aracne huyó y se colgó de una viga, entonces la diosa la convirtió en su insecto más odiado: la araña, transformando la cuerda en una tela de araña por la que la princesa, ya insecto, pudo huir.

La virginidad Atenea fue puesta en entredicho en más de una ocasión, entre ellas destaca las habladurías que Zeus propago, respecto a la relación de Atenea con Prometeo. El crónida estaba furioso con su hija al haber dejado ésta entrar en el Olimpo a Prometeo, para que éste pudiera robar el fuego y entregárselo a los hombres y para vengarse de ella hizo circular el rumor maledicente de que existía una relación amorosa entre ambos.

Las habilidades de Atenea fueron importantes y además de todas las artes mencionadas se considera la inventora de instrumentos musicales, como la flauta, invento ya mencionado y la trompeta. Pero es más importante aún el hecho de que se la considere la creadora de artes industriales y agrarias esenciales para el desarrollo de las civilizaciones primitivas, como la alfarería, el arado, el rastrillo, la yunta de bueyes, la silla de montar, el carro, y el barco y, como diosa de la guerra, dominaba la estrategia y la táctica, incluso mejor que Ares, conociéndose que asesoró a numerosos estrategas en las batallas que los griegos mantuvieron con otros pueblos tal y cómo nos relatan las fuentes. No obstante todo esto, con el tiempo, fue siendo conflictivo, pues dar a una mujer todas estas habilidades acabó por ser un problema, y aunque se sabe que en la época cretense eran las mujeres las que fabricaban las piezas cerámicas, y lo mismo ocurría con los instrumentos agrícolas, en la época clásica los griegos ya no concebían que el artesano fuera de sexo femenino, y poco a poco fueron dejando estas leyendas en el olvido, hasta conseguir diluir los hechos y de esta manera consiguieron alejar a Atenea de estas cuestiones reservándole únicamente las relacionadas con las mujeres.   

Atenea diosa de la sabiduría y de la guerra. I. Por Virginia Seguí

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El nacimiento de Atenea, al igual que el de Afrodita, presenta diferentes versiones justificadas, en parte, por cuestiones de género, lo que tampoco es una novedad y para adaptarlas al dominio patriarcal con que se organizó la mitología griega.

Según una tradición pelágica Atenea nació en Libia, a orillas del lago Tritonis, allí fue encontrada por las tres ninfas de Libia que se cubren con pieles de cabra criándose entre ellas y convirtiéndose en una ninfa más. Después llegaría a Grecia, a través de Creta, instalándose en Beocia junto al río Tritón y convirtiéndose en la patrona de Atenas.

Platón la identifica con la diosa Libia Neith, de paternidad desconocida a la que se adoraba en Saïs. La tradición cuenta que las jóvenes de la zona que querían adquirir el rango de sacerdotisas de la diosa debían librar un combate armado.

Herodoto recoge esta tradición y el relato sobre la diosa se adapta a ella para presentarnos a Atenea de niña combatiendo contra su hermana adoptiva Palas y matándola por error. El dolor que esta muerte le produjo hizo que desde entonces antepusiera a su propio nombre el de Palas, en recuerdo de su hermana, pasando a ser conocida como Palas Atenea.

Este relato debió ser reelaborado y adaptado a los intereses griegos y a la subordinación de la diosa Atenea al padre de los dioses Zeus, para ellos la diosa debía pasar a ser hija de Zeus y condicionar sus atributos y acciones a la supremacía de un dios masculino, el crónida Zeus; de manera que reelaboran la historia para presentar a una Atenea, nacida de Zeus y criada por el dios fluvial Tritón, que mató por accidente a su hermana adoptiva Palas, hija de Tritón; siendo la intervención de su padre, Zeus, decisiva para salvar su vida ya que utilizó su égida para distraer a Palas cuando ésta se disponía dar un golpe decisivo a Atenea. Todo esto aún cuando, según las fuentes, la égida o zurrón mágico de piel de cabra que contenía una serpiente y que se protegía mediante la máscara de la Gorgona pertenecía a Atenea desde mucho antes que Zeus proclamara ser su padre.

Apolodoro en su Biblioteca mitológica relata el nacimiento de Atenea, adaptándolo; cuenta cómo Zeus, el padre de los dioses esposo de Hera, deseaba y acosaba a Metis, hija del titán Océano y de Tetis, pero ella conseguía huir de él camuflándose de distintas formas, hasta que finalmente el dios la atrapó y la dejó encinta. Pero existía un oráculo que decía que Metis tendría una niña de esta unión y que si volvía a concebir un nuevo hijo éste estaba destinado a destronar a  Zeus, el oráculo repetía lo que ya el propio Zeus había hecho con Cronos y éste a su vez con Urano. El crónida temeroso de que el oráculo se cumpliera convenció a la titánide para que se recostara sobre el lecho y abriendo la boca la deglutió; este fue el triste final de Metis, aunque según Zeús ella vivía dentro de su vientre desde donde le aconsejaba.

Cuando hubo transcurrido el tiempo necesario, un día que Zeus se encontraba a orillas del lago Tritón, sufrió un fortísimo dolor de cabeza que le hizo gritar de dolor y sentir que le iba a estallar; Hermes acudió presto a ver que sucedía y, enseguida lo adivinó, entonces llamó a Hefesto y le convenció  para que con su cincel abriera un orificio en el cráneo de Zeus; al hacerlo permitió que saliera por el orificio una Atenea totalmente armada que profirió un fuerte grito. Otras versiones hablan de que fue Prometeo quien abrió el cráneo de Zeus.

Según Harrison, esta descripción del nacimiento de Atenea es el sistema utilizado para desvincularla de su origen matriarcal y asociar sus atributos (sabiduría, estrategia, etc) a una mente masculina a la que debían estar subordinados. Hesíodo en su Teogonía reconcilia los conflictos entre relatos, haciendo a la diosa hija partogénica de la inmortal Metis, titánide del cuarto día, y del planeta Mercurio regente de la sabiduría y los conocimientos y al tragarsela Zeus será el poseedor de toda la sabiduría, así la ciudad griega de Ateneas, bajo el patronazgo de la diosa, quedaba dominada por la soberanía patriarcal de Zeus.

Estamos por tanto ante mitos políticos: históricamente los pelasgos jónicos fueron derrotados por los eolios, que únicamente recuperaron la soberanía mediante una alianza con los aqueos. El mito relata cómo tras el derrocamiento de Krono a manos de Zeus, éste junto con sus hermanos Posidón y Hades se repartió el gobierno del mundo. Posidón tuvo que conformarse con dominar el mar pero siempre codició los reinos terrenales y por esto con frecuencia reclamaba la posesión de ciudades, esto fue lo que sucedió en el Ática, el dios reclamó la ciudad clavando su tridente en la Acrópolis donde brotó instantáneamente un pozo de agua salada.

Más tarde Atenea, durante el reinado de Cécrope, llego a la ciudad y, de una forma pacífica, tomó posesión de ella plantando un olivo junto al pozo de Posidón; éste la retó a un combate pero intervino Zeus impidiéndolo y forzando un arbitraje para dilucidar la disputa; el jurado estaba formado por deidades ante las que declaro Cécrope como testigo; los dioses apoyaban a Posidón, excepto Zeus que se mostró neutral; Atenea tenía a las diosas de su parte, finalmente y por un solo voto de diferencia Atenea consiguió la victoria ya que su olivo fue considerado mejor regalo que el pozo de agua salada de Posidón. La ira de de éste se dejó notar en la llanura Triasiana que fue inundada por enormes olas; Atenea tuvo que trasladarse a la ciudad de Atene y darle su propio nombre; lo que significó histórica y políticamente que las mujeres atenienses tuvieron que hacer concesiones siendo privadas de su derecho al voto y a que su apellido fuera el que llevarán sus hijos en primer lugar dando así nombre a la familia. Posidón también disputó a Atenea el dominio sobre la ciudad de Trecén pero en este caso la decisión de Zeus fue que la compartieran a partes iguales.