Dánae y la lluvia de oro. Por Virginia Seguí

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                Abande, el nieto de Dánao, reinaba en la Argólide, y de su matrimonio con Aglaya, tuvo dos hijos mellizos: Acrisio y Preto, dejando establecido que a su muerte sus hijos se alternaran en el gobierno. Pero éstos aunque no estaban conformes con ello acataron, en principio los deseos de su padre, ambos habían iniciado sus disputas ya en el seno materno y sus enfrentamiento no hicieron más que aumentar con esta medida.

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Calisto, la doncella de Nonacris. Por Virginia Seguí

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Calisto era la joven y bella hija de Licaón, la doncella de Nonacris, amazona perteneciente al séquito de la diosa Ártemis (la Febe romana); la mejor compañera de la diosa y virgen según ella exigía; quién pronto despertó la atención de Zeus (Júpiter para los romanos); el apetito sexual del crónida era insaciable y, pese a conocer que su esposa Hera no soportaba sus infidelidades, su pasión por la joven era tan fuerte que no pudo controlarla hasta que consiguió yacer con ella. Las fuentes cuentan que su madre, Rea, conocedora de sus debilidades le advirtió de los peligros del matrimonio y le prohibió casarse, y que ante esto su reacción no se hizo esperar; amenazándola con empezar por ella y cuando, para defenderse, Rea se convirtió en serpiente, él se transformó otra aún mayor y consumó su amenaza. Después de esto cumplió sus deseos casándose con Hera (Juno para los romanos); pero continuó: seduciendo, raptando, engañando e incluso violando mujeres sin reprimir sus instintos; a pesar de los celos y las represalias que su esposa aplicaba a las seducidas, engañadas o incluso violadas, sin valorar su grado de intervención en las acciones de su marido.

 Cierto día en que Calisto vestida con su indumentaria habitual: una túnica sujeta con fíbula y su abundante y revuelta cabellera sujeta por cintas blancas se adentro en un recóndito bosque del Ménalo, monte de la Arcadia, portando su carcaj, su arco y sus flechas; como correspondía a una joven del séquito de la diosa de las encrucijadas, Diana Trivia, se tumbó en la fresca hierba rendida por el cansancio tras un día de caza sin percatarse de que era acechada por Zeus; éste viéndola indefensa pero poco dispuesta a acceder a sus deseos urdió una treta para conseguir sus propósitos y disfrazándose de Ártemis la hizo creer que la diosa venía hacia ella. Confiada se levantó a saludarla regocijada, entonces él comenzó a besarla sin recato ni moderación y de forma impropia para una virgen; desvelando así su verdadera identidad al hacerlo, y aunque ella, al darse cuenta del hecho, lucharía para zafarse de sus brazos, él la inmoviliza impidiendo toda resistencia. Y ¿Qué muchacha mortal puede luchar contra el omnipotente Zeus?; quien una vez consumada su acción regresa presto al Olimpo, intentando evitar que Hera no se entere de su engaño.

Mientras la joven aborrece los árboles que saben lo ocurrido y la hierba testigo de su secreto, huye de allí  trastornada y olvidando casi sus preciados útiles de caza, intentando con ello borrar de su mente lo sucedido, cuando he aquí que Dictinia y todo su séquito avanzan hacia ella, mostrando orgullosas las piezas cazadas y al verla la llaman. Calisto turbada y temerosa de que nuevamente sea una argucia de Zeus intenta rehuir la llamada; más pronto, al ver que la diosa avanza acompañada de las ninfas se da cuenta de que no hay ningún engaño y se une al cortejo. Pero su rostro la delata, casi no puede despegar la mirada del suelo y no camina, como solía, junto a Ártemis a la cabeza de la comitiva, sino que permanece detrás en silencio ruborizada como prueba de que su pudor ha sido ofendido; de forma que las ninfas pronto se percatan de que algo ha sucedido.

Al llegar el cortejo a un fresco y recogido lugar del bosque por el que corre una corriente de agua la diosa propone a su séquito desnudarse y refrescarse en las cristalinas aguas; más la joven de Parrasia se ruborizó y cuando todas se despojan de sus velos, ella vacila; las ninfas ante sus titubeos le quitan sus ropas y entonces la desnudez de su cuerpo descubre su secreto; intenta cubrirse con las manos, mientras Cintia exclama ¡Aléjate de aquí, no contamines la pureza de las aguas!> y le ordena que abandone su séquito.

Hera, esposa del gran Tronante, que no había tardado en darse cuenta de lo sucedido,  una vez que nació Arcas, consideró llegado el momento de darle un serio castigo a la concubina que ya había dado a luz el fruto de su pecaminosa acción; lo que consideraba también una afrenta ya que el nacimiento del niño desvelaba la infidelidad de su esposo. Ideó su venganza sobre Calisto, deseando castigar en ella sobre todo lo que había sido la causa de la pasión de Zeus: su belleza; según relata Ovidio en sus Metamorfosis la diosa le agarró por el cabello y la obligó a postrarse ante ella, y mientras que la joven levantaba los brazos suplicante; éstos comenzaron a cubrirse de vello negro, sus manos se curvaron a la vez que les crecían afiladas garras, y ese rostro que había sido alabado por Zeus se deformó en unas grandes fauces; además la privó de la capacidad de hablar para que su voz no pudiera enternecer los corazones con palabras implorantes, así de su garganta sólo sale una voz ronca, iracunda y amenazante, que infunde pavor.

La transformación de Calisto en osa, no le impide conservar su mente lúcida y esto le lleva a manifestar su dolor con constantes gemidos a la vez que alza brazos al cielo por si el ingrato crónida se apiadara de su situación. Ahora debe vagar por el bosque, ese bosque tantas veces recorrido, por el que ahora vaga errante sin ni siquiera atreverse a descansar; acosada por los ladridos de los perros y aterrorizada por las mismas bestias salvajes a las que antes daba caza. Pero esto no era nada comparado con lo que le quedaba por vivir; pues pronto Arcas, su hijo, próximo a cumplir los quince años e ignorante de quien era su madre, al iniciarse en el arte de la caza se adentró en los bosque de Erimanto tras el rastro de animales salvajes, encontrándose de pronto frente a ella dispuesto a atravesarle el pecho con una flecha mortal. Este fue el momento que eligió Zeus para intervenir impidiendo el parricidio. Paralizó sus cuerpos y los elevó por el aire en alas de un veloz viento que los colocó en el cielo catasterizándoles convertidos en La osa mayor y la estrella Arturo, su guardián, en la cercana constelación de Bootes.

El destino final de Calisto en el cielo brillando con todo su esplendor enfureció aun más a Hera, ya que cuando llega la noche y la oscuridad se apodera del mundo la Osa mayor brilla en todo su esplendor y es como una herida que permanentemente reavivará su dolor; hubiera preferido que Zeus le devolviera su antiguo aspecto, como había hecho con anteriores amantes, o incluso que la hubiera conducido a su lecho; pero no soportaba el ultraje de dejarla brillar en el cielo convirtiendo en eterna su afrenta. Eso les dijo Hera a Tesis y Océano, quienes la habían criado, pidiéndoles ayuda.

Como ocurre en muchas ocasiones el relato tiene otras versiones: Ártemis, que exigía a sus damas la misma castidad practicada por ella, sería quien hubiera matado a Calisto al darse cuenta de que estaba embarazada, transformándola en osa y haciendo que la jauría la persiguiera hasta destrozarla, en un acto similar al que sucede con Acteón, y después Zeus la llevaría al cielo poniendo su imagen entre las estrellas. Otros dicen que el mismo Zeus la transformó en osa y que Hera hizo que Ártemis la cazara por error. Arcas sería salvado convirtiéndose en el antepasado de los arcadios.

La historia de Calisto demuestra una vez más el pensamiento vigente en la antigüedad clásica, Graves indica que la mitología no hace mas que transformar en relato mítico la historia real para hacerla comprensible al hombre de la época. Pero no deja de ser destacable el sistema utilizado para hacerlo, el hecho de que Zeus en la mayoría de las ocasiones en que se enamora y quiere yacer con una de las numerosas jóvenes que le apasionan utilice la fuerza para hacerlo, ya que ellas, normalmente, no están dispuestas a ello indica que la relación sexual entre hombre y mujer se equipara a una situación de dominio del varón sobre la hembra; y Graves relaciona habitualmente este tipo de acciones, normalmente violentas, de Zeus con las conquistas reales de los Dorios sobre ciudades o regiones dominadas por otros pueblos helenos. Por otro lado el relato de Ovidio sobre Calixto en sus Metamorosis, presenta también otro matiz que incide en el mismo sentido, y es el sentido culpa que sufren las jóvenes ultrajadas, quienes normalmente se esconden y se sienten culpables de haber sido violentadas, cuando en realidad son unas víctimas de Zeus. La actuación de Hera está también próxima a estos parámetros, ya que aunque siente ira contra su marido por sus acciones, esto no le impide considerar culpables a las jóvenes, a las que califica de rameras, meretrices, y otros improperios equivalentes y a las que castiga duramente, sin valorar si ellas sido forzadas o no por Zeus. Todo esto es destacable ya que a pesar del tiempo transcurrido desde que estos textos fueron escritos todavía, en la sociedad actual, podemos observar comportamientos similares herencia, sin duda, de este pensamiento sexista y patriarcal que ha prevalecido en el imaginario colectivo través de los siglos y que sigue siendo asumido por muchos hombres y mujeres del siglo XXI.

Historia de la Mujer – HELENA DE TROYA

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        En esta sección un nuevo artítulo del periodista e historiador Antonio Pirala, dedicado a Helena de Troya, y publicado en la Revista <El Correo de la Moda> el 24 de junio de 1853, dentro del apartado: Historia de la Mujer. Instrucción. Se mantiene la ortografía original.

 Elena  

La celebridad de esta mujer es grande por su hermosura y por la guerra de que fue causa.

Sus gracias y los dones con que la enriqueció la Providencia, fueron una calamidad para el mundo.

No ha dado la fábula existencia á esta princesa de la Grecia. No por esto juzgamos exacta en todas sus partes la magnifica epopeya de Homero, cierta en su fondo.

Hija de Tyndaro, rey de Esparta, comenzó á ser admirada desde su niñez por su extraordinaria hermosura. Antes de la edad nubil, fue robada y conducida á Atenas por el famoso Teseo. Restituida, no fue obstáculo su impureza para que casi todos los príncipes griegos pretendiesen su mano. En tal conflicto aconsejado su padre por el prudente Ulises, y á fin de prevenir la violencia de un nuevo raptor, convocó á todos los pretendientes al templo de Minerva, y les obligó, bajo un solemne juramento, no solo á conformarse con la eleccion que hiciese Elena, sino á defenderla, y á su esposo, cualquiera que intentase ofenderles. Todos los príncipes lo juraron, y quedó elegido Menelao, hermano del rey de Micenas, Agamenon, casado con otra hija de Tyndaro, la terrible Clitemnestra. Tres ó cuatro años hacia que Menelao disfrutaba pacíficamente de la posesion de Elena y del gobierno de Lacedemonia, por muerte de Tyndaro, cuando arribó Páris, y le hospedó. Acompañado ó no de Eneas (porque no es esto tan verídico como la realidad de Elena) asi que vió el príncipe troyano aquel prodigio de hermosura[1], enamoróse ciegamente; y tanta debió ser su persuasiva, ó tan poco firme la fé conyugal de aquella reina, que á poco se fugaron juntos, llevándose las principales riquezas de Menelao.

Según los anales egipcios, dignos de crédito, no llegó Páris á Troya, contrariado por los vientos que le arrojaron á las costas de Egipto. Inmediato existia un templo consagrado á Hércules, con la inmunidad de libertar á los esclavos que le visitasen. Instruidos de esta circunstancia los esclavos de Páris, se acogieron, y acusaron á su señor. Conducido, y Elena, á Menfis, á presencia del rey: <Si no considerase, le dijo éste, como mi primer deber, el no dar muerte á estranjero alguno de los que se ven obligados por los vientos a arribar a mi reino, vengaria en tí, ¡oh el mas malvado de los hombres! la injuria que has hecho á los griegos cometiendo en el seno de la hospitalidad una maldad tan impía: yo te castigaria, porque no contento con haber profanado el tálamo de tu huésped, le robas á su mujer, seducida por tus astucias; y ademas, insaciable en tus crímenes, huyes cargado con los despojos de la casa en que se te ha recibido. Sin embargo, como mas que nada me importa no tener que reprenderme la muerte de uno de mis huéspedes, me limitaré á impedir lleves á esa mujer y las riquezas de que te has apoderado, teniendo á unas y otras en depósito hasta que se me pidan. En cuanto á ti, te concedo tres dias para salir de mis Estados.> Salió, y fue a Troya, que sitió Menelao, y tomó a los diez años, y como no encontrase allí á su mujer, dirigióse a Menfis, donde la recobró y sus riquezas.

La destrucción de Troya, á la cual concurrieron todos los príncipes griegos que habian jurado defender al que Elena eligiese por esposo, tuvo lugar, según el cálculo mas corriente, 1185 años antes de Jesucristo.

Menelao, según varios autores, quiso dar muerte a su esposa; pero aun cuando habian pasado catorce años, conservaba Elena sus fascinadores atractivos, y le faltó valor para vengar su resentimiento. Murió poco después, y Elena fue arrojada de Esparta, y huyó a Rodas, donde Polixena, reina de la Isla, la hizo ahorcar de un árbol, por celos, ó en venganza de la desgracia de su marido, muerto por su causa en la guerra de Troya.

Así acabó la mujer mas hermosa de la antigüedad. Funesta á todos los demas y á sí propia su belleza, no ambicionen las personas de su sexo fascinar a todos, no sea que hallen otro Páris.


[1] Los escritores antiguos aseguran que carecia Elena de la mas pequeña imperfección física. Paton, Natal, Casaneo, el Niverniense, y otros muchos elogian su belleza: Nevizano dice, que reunia Elena las treinta calidades que se requieren para que una mujer sea perfectísima en hermosura: Séneca, que Didymo, poeta y famoso gramático de Alejandría, dedico dos, de los cuatro mil libros que escribió, á encomiar los atractivos de la reina de Esparta. Finalmente San Agustin nos refiere, que solamente Sycoro, poeta griego, osó disputar la hermosura de la hija de Tyndaro; pero que los demas fingieron que los dioses le habian dejado ciego en castigo, y no quisieron confesar que tenia buena vista hasta que paso por la humillacion de cantar la palinodía.