Mujeres Artistas. Marietta Robusti V


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            La 5ª entrega del relato que sobre Marietta Tintorella, escribió Mde. Eugenia Foa (1796-1853?), asidua colaboradora de las revisas parisinas el <Journal des enfants> o <Dimanche des demoiselles>, bajo el pseudónimo María Fitz-Clarence y/o Edmond d’Fontanes; vio la luz, traducida al castellano por Robustiana de Armiño Gómez, en el numero 34 de la 2ª época de la revista madrileña, dedicada al público femenino El Correo de la Moda de 16 de septiembre de 1853, respetamos la ortografía original del texto.

V. (Continuación)

–Escucha, hermanita, dijo Dominico con un tono dulce y mimado, si no duermo, me pondré enfermo; y tú no querrás que eso suceda, ¿es verdad?

— La mandona sabe bien que no, respondió Marietta con expresión angélica.

— Y bien, entonces dejame acostarme en llegado á casa…

— Pero el cuadro de la capilla de Santa Maria Dell’Horta!

— La mano que le ha conducido hasta aquí le dirigirá hasta el fin, respondió el jóven con negligencia.

— ¿Es decir que cuentas conmigo para concluirle?

— Tienes una perspicacia admirable, Marietta.

— Y tu una confianza sin limites, dominico… pero es imposible concluir tu cuadro, y voy á decirte porqué; por que.. estoy haciendo el retrato de la condesa de Grimani, que me ha dado algunos ducados adelantados.

— Has hecho mal, Marietta; has hecho mal; no debias haber tomado prestado sobre tu retrato.

— Pues tú has tomado bastante sobre tu cuadro.

— Y yo tenia que sostener el gasto de la casa de mi padre, mi abuela y tú; mi padre gana apenas para el, y nosotros no podemos pasar sin comer.

— Debias de habérmelo dicho, y yo habria tomado algunas medidas.

— Te lo he dicho cien veces, Dominico.

— Convengo en ello, pero ha sido siempre en mala ocasión, siempre cuando iba a divertirme con mis amigos, o cuando volvia.

— Pero entrando ó saliendo siempre.

Los dos hermanos llegaban en este momento á la casa del Tintoreto; entraron, nadie se habia levantado aun; en el omento en que Marieta ponia el pie sobre la escalera que conducia al taller de su hermano, éste le tomó la mano, y estrechándosela tiernamente, la dijo:

— Adios, hermana mía, voy á descansar, y desapareció cerrando una puertecita que daba al pequeño cuarto que ocupaba en el piso bajo.

Marietta quedó por un momento anonadada; luego, con el aire del que se resigna por fuerza, se dirigia ya al taller de su hermano, cuando oyó la voz de su padre que la llamaba.

— Marietta! gritó el Tintoreto con el pincel en la mano y la paleta en la otra, puesto de pié delante de uno de sus mejores cuadros, representando á Susana en el baño: Trae la guitarra, y toca un poco para distraerme, hija mía.

Al oir esta órden, que no admitia réplica, Marieta se puso pálida y empezó á temblar.

— Padre mio, dijo balbuceando, no podeis escusarme.. pero… pero…

— Pero qué? Preguntó el Tintoreto con impaciencia.

— Que tengo por concluir el retrato de la condesa Grimani, respondió vivamente la joven, creyendo haber dado con una buena razon.

–¿Qué estas ahi cantando de la condesa de Grimani?… replicó Tintoreto poniéndose á pintar sin mirar a su hija; la condesa Grimani está aun en cama, y no se levanta jamás á esta hora; cántame otra cancion, Marietta, te lo suplico, hija, no te hagas mas de rogar.

— Es qué… estoy un poco incomodada esta mañana, dijo la jóven casi llorando.

— Entonces es muy diferente… Marietta, muy diferente; y cuando Marieta respiraba ya al oir estas palabras, y se dirijia al cuarto de su hermano, su padre la detuvo, añadiendo: Vé,  vé á buscar tu guitarra, y toca al menos, ya que no puedes cantar…

— Os lo suplico, padre mio, esclamó Marietta tomando al fin su resolucion, como vulgarmente se dice con ambas manos; no me hableis de música esta mañana no tengo tiempo.

— ¿Y qué tienes tú que hacer mas que dar gusto á tu padre? replicó Tintoreto, cuya frente se oscurecia ya, ¿qué otra ocupación te llama, cuando mi voluntad es que te quedes? Con el pretesto de que tu salud es delicada, todo se te permite, todo se te pasa, se te deja hacer cuanto quieres, se te hecha á perder, y ya es tiempo de que esto se acabe.. ¿qué vas á hacer en tu cuarto? Mirarte al espejo, adornarte, alisar tus cabellos negros, ponerte un corsé nuevo, ó arrimarte á la ventana para ver deslizarse las góndolas sobre el canal. Siempre estás repitiendo; <estoy haciendo el retrato de la condesa Grimani; voy al palacio Grimani, vengo del palacio Grimani.> Mucho quisiera ver el retrato de la princesa! Que cortezon! Que pastel debe ser!!…

— Pero, padre mio, ¿acaso una mujer no puede pintar tan bien como un hombre?

— No, señora impertinente, no; ¿puede una mujer estudiar anatomía? ¿cogerá un muerto para despedazarle y cortar sus miembros?… ¿se atreverá siquiera á mirarle de frente?

— Pero almenos puede limitarse á retratar… observó tímidamente Marietta.

— Mas… sí… pero estas niñas, Dios me perdone, tienen siempre una provision de observaciones de reserva para hacer desesperar á todo el mundo.

— Vos no sois aquí mas princesa que yo, señorita, ni mas duquesa que vuestro hermano que trabaja como peon desde que amanece. Vos sois una simple particular descendiente de buenos y honrados Tintorero, y si hay un pintor en la familia, como dice mi querida madre, esto no es salir de los colores… con que así, id á buscar vuestra guitarra, y si no podeis cantar, al menos tocareis, señora… tocareis… y no me irriteis mas la bilis.

No habia medio de hacer una observacion, se levantó, descolgó la guitarra con el lazo, y se puso á preludiar.

Pero su espíritu vagaba por otra esfera; su imaginación pasaba del cuadro de su hermano al retrato que la ocupaba; veia al padre Ambrosio volver a revelar á Tintoreto la vida disipada de su hijo con solo pronunciar una palabra; oia las pretensiones que la condesa Grimani le haría por su negligencia; y sus lágrimas, que no se cuidaba de retener, corrian sobre sus manos, que se paseaban al azar sobre las cuerdas, sin producir mas que sones vagos, oscuros, sin armonía, tales en fin, que la mas ruda aprendiz los despreciaría.

¡Pero cuál se quedó, cuando de repente vio la guitarra volar en astillas! la mano que rompió la guitarra la cogió por la espalda, la empujó bruscamente fuera del taller, y la condujo hasta su habitacion, arrojándola sobre el primer mueble que halló…. Despues, todo desapareció, y Marietta pudo oir el ruido de la llave, que dio dos vueltas en la cerradura. Ni una palabra se habia oido entre ella y su padre; y la pobre niña se halló encerrado antes de haber visto siquiera levantarse la tempestad sobre la frente paterna; y solo cuando oyó la voz de su padre, que gritaba a través de la puerta, os prohibo salir en ocho dias, pudo comprender el estremo de su desgracia.

Dejémosla llorar y reflexionar sobre los medios de prevenir los mares que temia, y volvamos al Tintoreto.

(Se continuará)

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