Historia de la mujer. La invención de la música


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       En esta ocasion insertamos el artículo del escritor y periodísta José Biedma, publicado el 30 de noviembre de 1860 en la revista destinada a la educación de la juventud de ambos sexos <La Aurora de la Vida>, con el que les instruía relatándoles la invención de la música. Lo ilustramos con diversas imágenes relativas al tema: Una pintura de época griega sobre una vasija con la imágen de una flautista y el resto ejecutadas en los siglos XVII y XIX por pintores como Nicolás Poussin (Orfeo y Eurídice 1648), Gustav Klimt (La Música 1895), Sir Edward Burne-Jones (Lamento 1866) y Josephson (Espíritu del Agua 1890). 
LA INVENCIÓN DE LA MÚSICA – Idilio de Gessner

En aquellos tiempos primitivos en que las artes se hallaban todavía en su infancia, porque los hombres, sencillos en sus costumbres, solo sufrian las ligeras necesidades de la inocencia y la naturaleza, vivía una doncella la mas hermosa de aquella edad, la mejor formada acaso para sentir las bellezas de la naturaleza. Con lágrimas de alegría saludaba la aurora al dorar los verdes campos, y con tierno entusiasmo veia al sol desaparecer, sucediéndole la luna con su plateada luz. Desordenados gritos de alborozo llevaban á la sazon el nombre de cantos. Tan pronto como el madrugador gallo cantaba delante de la cabaña, anunciando la mañana -pues la doncella se habia entretenido en domesticar algunos animales, poniéndoles comida alrededor de su choza- salia de debajo del techo protector, formado de cañas y paja, y asegurado á los troncos de los árboles vecinos donde moraba á la sombra, rodeada de los pájaros que trinaban en el espeso follaje. Iba entonces á ver las praderas cubiertas de rocío y oir los gorjeos de las aves del cercano bosque. Sentábase allí contenta, y escuchaba y procuraba imitar sus cánticos. Armoniosos sonidos salian de sus labios, más armoniosos que los que entonara aún doncella alguna, y con lo que su dulce voz podia tomar en cada uno de aquellos sonidos formaba otros diferentes. <Alegres cantorcillos, les decia con arreglado son, ¡con qué dulzura resuenan vuestros gorjeos desde la cima del árbol más alto hasta el mas bajo arbusto! ¿Por qué no he de poder cantar al venir la mañana con tonos tan lindos y variados? ¡Oh! Enseñadme esos rápidos sonidos, y cantaré con vosotros á la salida de la aurora, cuando brilla el primer rayo de sol!> Decia así, y sus palabras se arreglaban sin notarlo á su cántico en acompasada, dulce y melodiosa cadencia: con sin igual asombro observaba la nueva armonía de las medidas palabras: <¡Cómo brilla la canora selva!> Prosigue inspirada: <Cómo brilla el campo bajo el rocío! ¡Oh tú que creaste todo esto, como me llenas de entusiasmo! Ahora puedo alabarte con canciones más dulces y agradables que las de mis compañeras> Cantaba así, y como si fuesen de nuevo llamados á la vida, oian los campos la nueva armonía, y los pájaros de la selva callaban y escuchaban.

Todas las mañanas iba desde entonces al bosque á ensayar el nuevo arte; pero un jóven la habia oido desde mucho tiempo antes en la espesura, donde se paraba entusiasmado entre los aromáticos arbustos, y suspiraba, y se ocultaba en lo más espero, procurando imitar sus cánticos. Una vez estaba meditando, reclinado en su arco, bajo su techo de cañas, pues habia inventado el arte de hacer arcos para matar las aves de rapiña que le robaban las palomas, á que habia hecho un nido de flexibles mimbres en el tronco de un árbol. <¿Qué es esto, decia, que siente mi pecho, que tanto inquieta mi corazon? En verdad que si veo á la doncella en la selva y escucho sus cantares, me lleno de entusiasmo y alegría; pero si no la veo ¡ay! Entonces…. Entonces el pesar se apodera de mi corazon!> Tocó al hablar así su mano distraida en la tirante cuerda de su arco, y salió de la cuerda un agradable sonido, que el jóven escuchó y repitió admirado. Enmudece y medita entonces para desarrollar la nueva invencion, y después de un instante vuelve á tocar en la tirante cuerda del arco, hecha de los intestinos de las aves de rapiña. Pero sin detenerse comenzó á cortar ramas de los árboles; dos largas y dos más cortas; aseguro las dos más cortas á las dos más largas por arriba y por abajo, y colocó cuerdas en las más cortas entre las dos más largas. Después su mano empezó a tocar, y notó la agradable diferencia de los sonidos entre las cuerdas más débiles y las más fuertes: las desató de nuevo, y arregló las diversas cuerdas en una forma armónica, y luego comenzó á tocar estremeciéndose de placer.

Apenas fué de dia, corrió á lo mas áspero del bosque á ensayar el nuevo arte, procurando imitar con los sones de sus cuerdas los armoniosos sonidos que habia escuchado a la doncella en el bosque, aprendia nuevas canciones, é iba después á la próxima fuente para imitarlas en su lira.

Una hermosa mañana estaba la doncella en el bosque, estaba sentada, coronada de flores y cantaba: <Yo te saludo, amable sol, que sales por detrás de la montaña! Ya coronan tus rayos las copas de los árboles de las más altas colinas y el flotante plumaje de la alegre alondra. Los pájaros de la selva saludan tu llegada, y>> –calló entonces mirando alrededor con atencion– <¿Qué dulce voz se mezcla á mi cántico, –esclamó admirada-acompaña á los sones de mi canción? ¿Dónde estás? ¿Por qué  callas? Canta, dulce voz! ¿Eres un alado habitante de este bosque? ¡Oh! Entonces estiende tus alas, y vuela hasta ese árbol para que pueda vete y oir tu canto.>> Después continuó asi, mirando á las copas de los árboles cercanos: <Has huido por temor? ¡Ah! ¡Nunca habia oido ese voz en el bosque! ¿Si me habré engañado? ¿Si me engañará algun sueño? Pero volveré á empezar otra cancion. <<Bienvenida seas, hermosa florecilla: ayer eras solo un capullo, ahora estás abierta: te saludan el amable céfiro y la susurrante abeja, y la pintada mariposa revolotea alegre en torno tuyo y bebe tu roció> Mientras cantaba de esa manera, se detuvo de repente, espiando en su alrededor, pues la voz habia comenzado á acompañar su cántico de nuevo.

Llena entonces de placer: <No me he engañado, la voz ha servido de eco á todos mis sonidos.>> Decia así, cuando el jóven salió de entre la maleza, coronado de flores y con la lira bajo el brazo. Tomó sonriendo la mano de la ruborizada doncella. <¡Ah, hermosa niña! -balbuceó su risueña boca con dulce acento-Ningun alado habitante del bosque te ha acompañado con estas cuerdas. Todas la mañanas he venido á escuchar tus cantares, y después he ido á lo más profundo de la selva á ensayarlos en estas cuerdas, y créelo, niña, un Dios se me ha aparecido y me ha enseñado a tocar en lo más áspero del bosque.>> La avergonzada mirada de la doncella se dirigió vacilando al jóven, y se detuvo en las cuerdas. Después mirándole la doncella: <<Me alegraría – le respondió – si acompañases con ese instrumento mis canciones, si las sirvieses de eco: ven conmigo bajo mi umbroso techo, pues se acerca la hora del mediodia: allí te daré de comer dulces frutas y beberás fresca leche.>>

Entonces se dirigieron el jóven y la doncella á la cabaña, y enseñaron á tocar y á cantar a sus amigos y amigas. Poco después se acompañaron de la flauta, que encontró Marsias en el bosque sagrado, donde la arrojó en la arena Minerva, su inventora, incomodada por las burlas de los dioses. El jóven y la doncella plantaron dos árboles en una alta colina, á cuya sombra cantaban sus hijos á sus nietos la invencion del canto y de los instrumentos de cuerda.

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