Historia de la Mujer – Mujeres célebres de la Antigüedad V


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        El historiador Antonio Pirala continúa su serie de Mujeres de la Antigüedad, dentro de la sección Instruccion. Historia de la Mujer que publicaba la revista madrileña dedicada al público femenino El Correo de la Moda, a continuacion trascribimos su cuarto trabajo relativo al tema, que se publicó en el número 33 de la 2ª Época el día 8 de septiembre de 1853. Respetamos la ortografía original.

 MUJERES CÉLEBRES DE LA ANTIGÜEDAD: HORTENSIA Y VETURIA

A ser menos interesante para nuestras amables lectoras la revista honrosa que pasamos á las mujeres que han llenado el mundo con sus hechos, la daríamos breve término, pasando á ocuparnos de otras materias asimismo instructivas; pero tan digna de su conocimiento, por su gloria, juzgamos la presente, y tanto revindica á los ojos de todos la disposición para todo de la necesaria compañera del hombre, que lejos de llevar a mal, creemos seguirán viendo gustosas los retratos, no de todas, por imposible, sino de algunas mujeres distinguidas por lo que mas embellece á su sexo, por lo de que mas se enaltece el nuestro. Pero como quiera que, aun entresacando pocas, todavía se prolongaría esta reseña biográfica mas de lo que cumple á esta publicación, abreviaremos mas y mas esta historia, tan lisonjera a nuestras amables favorecedoras, como elocuente a los que no tienen de la hermosa mitad del género humano el concepto que se merece.

La orgullosa Roma nos ha dado ya muestra de sus matronas, y hemos mirado en ellas el valor, el patriotismo, la justa altivez de sus hijos. A pasar íbamos a otro pueblo de mas remota antigüedad, tan adelantado en la civilización como desconocido, pueblo que nos presenta entre otras una mujer extraordinaria; que no hemos podido resistir la tentacion de completar el bosquejo de los últimos articulos, presentando otras romanas esclarecidas, antes de la sábia Pan-Hoei-Pan, de que eternamente se honrarán la mujer y la China. Curiosa es, además, la compendiada biografía que hoy damos de dos romanas, reservando la de otras dos para el número inmediato.

Hortensia, hija y heredera del talento y elocuencia de Quinto Hortensio, vivia poco conocida por su modestia, cuando una iniquidad de los triunviros Octavio, Marco Antonio y Lépido, la dio merecida celebridad. No satisfechos con proscribir á los ciudadanos que se opusieron á su dominacion, impusieron un enorme tributo a sus esposas, en número de mil cuatrocientas, las mujeres mas ricas y distinguidas de Roma. Amenazadas con graves penas al cumplimiento de esta disposicion, en vano recurrieron á las mujeres que podian tener influencia sobre los tribunos, deshonrándose la de Antonio, que insolentemente las cerró la puerta. Ofendidas aquellas matronas, atravesaron a propuesta de Hortensia por medio de la multitud, y llegaron hasta el Foro. Ocupó aquella la tribuna, y silencioso el pueblo a la vista de tan noble audacia, dirigiéndose á los tribunos les dijo con varonil resolucion.

<Amenazadas con la miseria, hemos adoptado para evitarla el medio mas conveniente á nuestro sexo implorando la proteccion de vuestras madres y esposas; pero el indecente recibimiento de Fluvia nos obliga á venir á esta plaza pública demandandóos justicia. A pretesto de ser enemigos vuestros, nos habeis privado de nuestros padres, maridos y hermanos. Si ahora nos arrancais los bienes, y con ellos los medios de educar nuestros hijos, nos sumireis en una miseria, tan indigna de nuestra cuna, como deshonrosa para vosotros. Si nos creeis tan capaces de hostilizaros como á los desgraciados cuya muerte lloramos, proscribidnos tambien; mas si reconoceis que las mujeres no han hecho armas contra vuestras pretensiones, ¿á qué darnos parte en el castigo cuando no la hemos tenido en la ofensa?

— Decís que necesitais de nuestros bienes para concluir la guerra; ¿Cuándo la república, que ha sostenido tantas lides, ha impuesto á las matronas de Roma una contribucion como la que nos exigís? Es verdad que nuestras madres, animadas de un sentimiento heróico, viendo á la república espuesta á los mayores peligros y reducida á la extremidad por los cartagineses, ofrecieron en una ocasión contribuir á las necesidades públicas; pero aquella contribución voluntaria no recayó sobre lo necesario. Solo sacrificaron á su patria su lujo, sus joyas, sus adornos, y no tuvieron que temer ni apremios, ni violencias, ni delaciones. – Qué peligro amenaza hoy el Imperio romano? Preséntense los Partos ó los Galos al pié de nuestros muros, y vereis si igualamos en virtud á nuestras madres. Mas nunca ofenderemos á los dioses, contribuyendo á sostener una guerra civil: en vano nos pedís nuestros bienes para destrozarnos mutuamente: no los dimos ni á César ni á Pompeyo; no los exigió Mario: Cinna no los pretendió; y el mismo Syla, el tirano de nuestra patria, mas justo que vosotros, que pretendeis restablecer el órden y la paz, no se atrevió a imponernos tributo.>

Irritados los tribunos, y confundidos con las enérgicas razones de Hortensia; temerosos á la vez de que cobráran brío los oprimidos si quedaba impune aquel rasgo de valor, mandaron á los lictores las espulsasen de la plaza; pero un rumor general de desaprobación hizo revocar tan arriesgada órden, y reducir la exacción á un adelanto módico. Entusiasmadas las señoras y el pueblo, llevaron á Hortensia en triunfo hasta su casa

Veturia añadió también lustre a la historia de la república romana, honrando primero á su sexo por la severidad de sus virtudes, y salvando después la patria. Madre de Cayo Marcio, le inculcó los mas nobles sentimiento y el amor á la gloria, llevando en cambio su hijo hasta la idolatria el cariño y respeto á Veturia. Los romanos, en guerra con los Volscos, pusieron sitio á Coriolos. Rechazados, Marcio, que servia voluntario en clase de soldado, á pesar de su clase, contuvo a algunos fugitivos, y haciendo frente á los perseguidos, les derrotó y se apoderó de la ciudad. Agradecida la república, coronó á Marcio, y le señaló crecida recompensan, de que solo acepto una parte insignificante. Admiró á sus compatriotas su desinterés y modestia, y en compensación de los premios que reusára, eternizaron en su persona el hecho distinguido de la toma de Coriolos, y le apellidaron Coriolano, con cuyo nombre le señala desde entonces la historia. Dos años después pretendió el Consulado, que no alcanzó por su prevencion contra la plebe. Disgustado mas y mas de la misma con el mal éxito de su pretensión, fue acusado de aspirar á la tiranía, y condenado por e pueblo á destierro perpétuo; resolucion no menos insensanta que injusta. Irritado Coriolano contra su ingrata patria, y recomendando a su madre y esposa el cuidado de sus hijos, salió de Roma, y se refugió entre los Volscos, que alentados con el resentimiento del valeroso desterrado, declararon la guerra á Roma, confiándole su direccion. Aceptando el mando se hizo indigno el romano de la gloria adquirida en Coriolos, porque la ingratitud é injusticia de sus conciudadanos no podían cohonestar la traicion á su patria; y entonces fue cuando Veturia se hizo digna de que su nombre pase de siglo en siglo hasta la mas remota posteridad. Coriolano, triunfa en todas partes, acampó á cinco millas de la Ciudad. A su aproximación, aquellos mismos romanos que habían injuriado al héroe de Coriolos, no encontraron llenos de terror otro remedio que recurrir á su clemencia. Tuvo el Senado que enviar embajadores al hijo de Veturia; pero recibidos con dureza, é inadmisibles las condiciones que impuso, en vano se le presentó de nuevo la comisión, porque se negó á oirla. Consternados los romanos, disputaron porcion de Pontifices, augures y sacerdotes revestidos con la mayor pompa, pero ni estos personajes respetables, ni su imponente acompañamiento aplacaron al sitiador, y ya se preparaba á tomar á Roma por asalto, cuando la inminencia del peligro inspiro el único medio de salvacion. Recordando el pueblo la ternura y el respeto con que Coriolano amaba a su madre, acudió en tropel á suplicarla que le detuviese. La majestad de los embajadores del Senado, la veneracion debida á los Pontífices y augures no habian calmado el enojo de Coriolano; mas cuando se anunció que su madre, su esposa, sus hijos, y muchas matronas venian a su tienda, corrió turbado al encuentro de Veturia, y se arrojó en sus brazos. Entonces ésta, poseida de una noble indignación, le rechazó, y mirándole severa, le dijo: <Aguarda, aguarda a que yo sepa, antes de recibir tus caricias, si es mi hijo, ó un enemigo a quien hablo; si soy en tus reales madre o esclava. ¡Y para esto he prolongado tantos años mi existencia! ¿Cómo has podido talar esta tierra que te ha visto nace, que te ha criado en su seno? Por grande y justo que uese tu resentimiento ¿Cómo no se desarmo tu ira al pisar el territorio de Roma? Cuando la gran Ciudad se ofreció á tus ojos ¿no se te ocurrió decir: dentro de aquellos muros está encerrado todo lo que hay mas querido para mi en el mundo: mi hogar, mis dioses, mi madre, mi esposa y mis hijos? ¡Ah! Si yo no hubiese sido madre, Roma no se veria sitiada!… Si no hubiese dado á luz un hijo, podria morir libre, y lo seria tambien mi patria. Mas ya no cabe mas deshonra para tí, pena mayor para mí: soy la mas desgraciada de las mujeres en haber vivid tanto, porque sea cualquiera la suerte que me está reservada, no la sufriré largo tiempo. En cuanto á ti, piensa en la suerte de tus hijos, de tu mujer: o su esclavitud, ó la muerte.> La dureza de su madre, y el llando de los demas triunfaron; y arrojándose Coriolano en brazos de Veturia, esclamó sollozando: ¡Oh Roma, yo sacrifico á mi madre la injuria que has hecho! Has alcanzado Veturia una victoria que me será muy funesta!>– Alzó el campo, y Roma hizo la paz con los Volscos. Las matronas vistieron de luto, y la república erigió un tempo A la fortuna de las mugeres donde triunfó Veturia de su hijo, templo en que solo tenian derecho á entrar las señoras. El Senado, ademas, deseando perpetuar tan importante acontecimiento, decretó un voto de gracias a Veturia, mandó á los hombres que en todas partes cediesen el paso á las mujeres, y permitió que añadiesen estas algun otro adorno á su peinado, con cuyo motivo dice Mr. Tomás: <Forzoso es confesar que las modas actuales están muy lejos de traer origen tan noble.>

¡He aquí la poderosa influencia de la educación de las madres!… A la que dio Veturia á su hijo, debió su salvacion la señora del Universo, y el Orbe sus destinos. Si hubiese sido aquella descuidada, no habria existido la Ciudad de los Césares,y se habria cambiado la suerte del mundo.

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2 pensamientos en “Historia de la Mujer – Mujeres célebres de la Antigüedad V

  1. Me ha conmovido mucho lo que dice Veturia a su hijo, ya ves tú. Es muy poético, pero a la vez tiene muchas cosas de verdad ese discurso.
    Por otra parte, creo que don Antonio Pirala merecería figurar mucho más en los manuales de historia; pocos como él han hecho tanto por defender y (por decirlo con su lenguaje) “honrar” el trabajo y la fortaleza de las mujeres.
    Era un precursor de movimientos progresistas que luego tomaron relevo. Y lo fue sin alharacas; haciendo lo que sabía: escribir sobre la mujer y contar las cosas que conocía.
    Te agradezco que pongas estos textos; son amenos, interesantes, curiosos y muy entretenidos de leer.

  2. Ambas historias me han parecido edificantes. La verdad es que muchos pensarán que la mujer no tuvo un papel relevante en el pasado y sin embargo estamos conociendo ahora la realidad. Es muy interesante el indagar en esas vidas.

seguicollar

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